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Toda organización terrorista tiene dos víctimas: las personas que asesina y la sociedad que intenta intimidar.

El terrorismo no busca únicamente matar. Busca modificar conductas, instalar miedo y condicionar decisiones. Terrorismo viene de aterrar, de sembrar terror. Por eso, cada atentado es mucho más que un acto de violencia: es un mensaje dirigido a todos. Es, al mismo tiempo, una amenaza, una advertencia y una alarma.

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Es una amenaza porque pretende imponer una voluntad mediante el miedo. No alcanza con la destrucción material ni con el número de víctimas. El verdadero objetivo es que millones de personas cambien su forma de vivir, de reunirse, de celebrar, de expresar sus creencias o simplemente de ejercer su libertad.

Es una advertencia porque intenta demostrar que nadie está completamente a salvo. Buenos Aires, Madrid, Londres, París, Bruselas, Nueva York o Tel Aviv comparten una misma enseñanza: ninguna democracia puede creer que el terrorismo es un problema ajeno. Allí donde existe una sociedad abierta, plural y libre, existe también un objetivo para quienes rechazan esos valores.

Y es una alarma porque nos obliga a reaccionar antes de que sea demasiado tarde. No solamente con políticas de seguridad, sino también con educación, memoria y ciudadanía. La alarma no invita al miedo; invita a la responsabilidad.

Atacan una forma de entender el mundo

Los terroristas no atacan únicamente edificios, embajadas, estaciones de tren o centros comunitarios. Atacan una forma de entender el mundo. Atacan la convivencia democrática, el pluralismo y la posibilidad de que personas con distintas religiones, culturas, identidades y opiniones compartan un mismo espacio en libertad y con respeto mutuo.

Por eso resulta especialmente preocupante observar cómo, en distintos ámbitos, aparecen discursos que romantizan la violencia cuando esta se dirige contra Occidente o contra Israel. Se presentan organizaciones terroristas como movimientos de resistencia, se relativizan masacres o se justifican asesinatos de civiles bajo argumentos políticos.

Ese relato omite deliberadamente aquello que esos mismos grupos representan: la persecución religiosa, la tortura, el asesinato de personas por su orientación sexual, la opresión sistemática de las mujeres, la censura, la ausencia de libertades individuales y, en definitiva, el desprecio por los derechos humanos más elementales.

No se puede defender la democracia justificando a quienes quieren destruirla. No se puede hablar de derechos humanos mientras se relativiza el asesinato deliberado de civiles. No existe causa política capaz de convertir el terrorismo en un instrumento legítimo.

La lucha contra el terrorismo no comienza cuando explota una bomba. Comienza mucho antes. Comienza cuando una sociedad educa en valores democráticos, cuando enseña a distinguir entre una causa política y la legitimación de la violencia, cuando combate el odio antes de que se transforme en acción y cuando comprende que la indiferencia también tiene consecuencias.

La historia demuestra que el terrorismo encuentra terreno fértil cuando las sociedades minimizan las señales, relativizan los discursos extremistas o prefieren callar por comodidad, miedo o cálculo político. La indiferencia nunca es neutral. Cada silencio frente al odio deja a la próxima generación un poco más expuesta. Cada justificación del terrorismo erosiona los consensos democráticos que costó décadas construir.

Pero también ocurre lo contrario. Cada escuela que educa en libertad, cada familia que transmite el respeto por el otro, cada dirigente que condena el terrorismo sin ambigüedades y cada ciudadano que se niega a naturalizar el odio fortalece las defensas morales de una sociedad democrática.

El verdadero éxito del terrorismo

El terrorismo no mide su éxito únicamente por la cantidad de víctimas que deja. Lo mide, sobre todo, por la cantidad de personas a las que logra cambiarles la vida sin haberlas tocado.

Triunfa cuando alguien deja de expresar lo que piensa por miedo. Cuando una familia modifica sus hábitos por temor. Cuando una comunidad esconde su identidad. Cuando una sociedad comienza a aceptar la violencia como algo inevitable o a justificar aquello que hasta ayer consideraba inaceptable.

Por eso, la respuesta más poderosa frente al terrorismo no consiste solamente en investigar, prevenir o castigar. Consiste en impedir que el miedo se convierta en el lenguaje con el que organizamos nuestra vida en común.

Porque el terrorismo pretende que vivamos con miedo.

La democracia exige exactamente lo contrario: vivir con libertad, defender el pluralismo y tener el coraje de no ceder nunca frente al odio.

Esa es la respuesta más firme que una sociedad puede darle al terror.

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