Malvinas es probablemente uno de los últimos consensos argentinos. Sin embargo, el acuerdo sobre la causa no elimina la disputa, la desplaza hacia quién la representa, cómo se la defiende y qué nos queda todavía en común.
Durante unas horas ocurrió algo extraño en la Argentina. Se presentía de qué íbamos a discutir antes de saber qué se iba a decir. Javier Milei había anunciado que hablaría por cadena nacional sobre Malvinas. Faltaban todavía dos días para el discurso, no se conocían las medidas y parte de la conversación pública ya estaba en marcha. Periodistas cuestionaban el uso de la cadena. El Presidente les contestaba en X y calificaba Malvinas como un tema "SAGRADO". Parte del foro empezaba a interpretar el movimiento como oportunismo electoral o giro nacionalista o regreso a una política de Estado. El discurso todavía no se había pronunciado, pero las opiniones sobre el tema ya habían pronunciado su veredicto.
Uno podría sacar de ahí una conclusión reconfortante. Malvinas es quizás la última vaca sagrada argentina. Tenemos pocas. O, al menos, muchas menos que antes.
La universidad pública puede ser orgullo nacional y privilegio corporativo. Todo a la misma vez, dependiendo de quién hable. Los sindicatos son columna vertebral de la justicia social o una mafia. La Policía puede encarnar la solución a la inseguridad o la represión. El campo puede ser la patria productiva o una oligarquía con 4x4. Incluso la Selección, ese bastión eficaz de argentinidad, consigue producir polémicas que sirven de abono para la grieta.
Malvinas parece resistir.
La propia Constitución Nacional no sólo afirma la soberanía argentina sobre las islas, sino que define su recuperación conforme al derecho internacional como un objetivo "permanente e irrenunciable del pueblo argentino". Hay deseos políticos, hay políticas de Estado y además está esa palabra, irrenunciable. En política irrenunciable es casi un oxímoron, ¿no? Es casi lo contrario de la praxis política. La política consiste precisamente en negociar, modificar, conceder, resignar. Lo irrenunciable queda afuera del "mercado" de ese arte de lo posible.
¿Puede una posición irrenunciable ser siempre la mejor respuesta en una realidad dinámica, donde cambian los escenarios, aparecen nuevas oportunidades y las decisiones deben tomarse con información incompleta? ¿No existe el riesgo de que convertir un objetivo en un principio absoluto termine confundiendo la defensa de una causa con la obligación de sostener una única estrategia, incluso cuando las circunstancias aconsejan revisarla?
Podría parecer una buena descripción de Malvinas. Hasta que uno mira lo que pasó esta semana. Porque apenas apareció Milei, la supuesta vaca sagrada empezó a ser examinada según quién la estaba llevando del bozal.
Un mismo discurso, lecturas opuestas
Después del discurso, Patricia Bullrich habló de un paso histórico. Daniel Filmus celebró que el Presidente volviera a hablar explícitamente de soberanía. Dirigentes del peronismo cuestionaron su pasado de elogios a Margaret Thatcher y denunciaron oportunismo. Desde la izquierda se interpretó la iniciativa en clave de alineamiento con Estados Unidos. Es decir, bastante gente coincidió con el título Malvinas al mismo tiempo que encontró la manera de seguir discutiendo sobre Milei.
Ahí aparece una distinción interesante. No discutimos tanto si las Malvinas son argentinas. Discutimos quién tiene derecho a decirlo, con qué antecedentes, mediante qué estrategia y con qué intenciones.
Una encuesta nacional de Aresco realizada antes de la cadena encontró una transversalidad que hubiera sido difícil imaginar en prácticamente cualquier otro tema: nueve de cada diez consultados se ubicaron en alguna de las posiciones favorables a continuar el reclamo, incluso cuando no creían que pudiera resolverse. Al cruzar las respuestas con el voto presidencial de 2023, el apoyo siguió por encima del 90% tanto entre votantes de Sergio Massa como entre quienes habían votado LLA y JxC.
Ese dato permite refutar parcialmente la tesis de la vaca sagrada. La de la posición inamovible, digo. Porque lo verdaderamente sagrado no necesariamente produce silencio ni armonía. Malvinas puede seguir siendo sagrada precisamente mientras discutimos ferozmente acerca de quién tiene derecho a hablar en su nombre.
Las religiones saben bastante de esto. Compartir a Dios nunca impidió discutir sobre los sacerdotes y vicarios, así como creer en un solo dios no nos pone de acuerdo en que si es uno, debería, por lógica, ser el mismo.
Quizás con Malvinas ocurra algo parecido. El acuerdo está en el sustantivo Malvinas, pero la pelea empieza con los verbos. Reclamar, negociar, sancionar, persuadir, aislar, fortalecer, esperar. Y se vuelve todavía más encarnizada con los sujetos. Quién reclama, quién negocia, quién tiene autoridad moral para invocar una historia que no empezó con él.
El pedido de tregua
Por eso, creo que hubo algo paradójico en el final del discurso presidencial. Milei pidió una "pausa" en las diferencias y llamó a dejar las armas políticas de lado para mostrar un frente común en este tema. En uno de los sistemas políticos más entrenados para transformar cualquier asunto en una prueba de identidad, el Presidente de la confrontación pidió suspender momentáneamente la confrontación.
Podemos desconfiar de la intención. En política conviene hacerlo de vez en cuando. Pero la idea merece sobrevivir a quien la pronunció. Hay símbolos que una sociedad necesita conservar porque le permiten reconocer una parte común a todos. No importa que todos interpreten exactamente lo mismo de la misma manera. Importa más que puedan compartir, aunque sea momentáneamente, la sensación de comunidad.
Quizás ésa sea una función poco mencionada de Malvinas. No resolver nuestras diferencias, sino permitirlas. Una democracia no necesita que todos pensemos parecido. Necesita algo más modesto y más difícil. Necesita que los que piensan distinto sigan creyendo que forman parte del mismo "nosotros".
Para discutir impuestos, jubilaciones, seguridad, género, educación o el tamaño del Estado hace falta una condición anterior a todas esas discusiones. Es necesario aceptar que hay una comunidad, que hay un nosotros, dentro del cual vale la pena discutir esas diferencias. Si somos irreconciliables, no hay solución conjunta. Solo mi victoria sobre la de los otros.
Argentina se ha vuelto extraordinariamente eficaz construyendo identidades desde el desacuerdo. Somos libertarios, peronistas, radicales, kirchneristas, anti esto, anti aquello. Muchas veces sabemos con mayor certeza en contra de quién estamos que con quién estamos.
Malvinas, en una de esas, conserva otra clave y nos permite permitirnos un nuestro sin antes preguntar de quién viene. No hace falta convertirla en una vaca sagrada que nadie pueda tocar. Eso sería empobrecerla. Se puede discutir la estrategia, revisar los errores del pasado, separar la reivindicación de la soberanía de la tragedia de la guerra, así como cuestionar gobiernos, gobernantes y desconfiar de quienes intenten apropiarse del símbolo.
Probablemente esa sea la prueba de un consenso maduro. Que ya no sea algo sobre lo que está prohibido discutir o disentir, sino algo que podemos debatir sin dejar de reconocernos porque una sociedad no necesita ponerse de acuerdo en todo para mantenerse unida.
Necesita ponerse de acuerdo en algunas pocas cosas para poder soportar el desacuerdo sobre todas las demás.