20 de abril 2026 - 18:21hs

Intentar hacer trumpología —esa supuesta ciencia que pretende descifrar las intenciones, estrategias y próximos movimientos de Donald Trump— es, en sí mismo, un ejercicio condenado al fracaso. No porque Trump carezca de lógica, sino porque su lógica consiste precisamente en romper cualquier patrón predecible. Ese es el primer error. El segundo es aún más frecuente: juzgar a Trump por lo que dice en lugar de por lo que hace. Trump no es un político convencional; es, ante todo, un negociador. Y como tal, utiliza la retórica no como expresión de intención, sino como herramienta de presión. Su objetivo nunca fueron las formas, sino el resultado.

Por eso resulta revelador —y en cierto modo irónico— observar cómo quienes ayer se escandalizaban ante sus amenazas de «devastar Irán» hoy intentan ridiculizarlo por no haberlas ejecutado. Ambas lecturas fallan por la misma razón: toman sus palabras al pie de la letra, cuando en realidad forman parte de una estrategia de negociación. La única forma coherente de analizar esta situación es mirar los objetivos reales y medir los resultados. Y ahí el balance, hasta ahora, es claro.

Los objetivos de la ofensiva contra el régimen islámico de Irán se pueden resumir en una idea central: que dejara de ser una amenaza para la región y para el mundo. Ese objetivo general se articula en tres dimensiones concretas: el desmantelamiento de su programa nuclear, la degradación de sus capacidades de misiles balísticos y la neutralización de su red de proxies. El cambio de régimen en Irán no era en sí mismo un objetivo, sino una posible consecuencia del castigo infligido a su cadena de mando. Del mismo modo, la cuestión del Estrecho de Ormuz tampoco formaba parte de los objetivos originales, pero emerge como una derivada directa del conflicto. En la medida en que Irán lo utiliza como instrumento de presión, su apertura deja de ser un elemento táctico y pasa a convertirse en una condición crítica de estabilidad del sistema energético global.

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El reparto del poder

Y aquí la clave no es la dependencia de Estados Unidos —que no existe—, sino el control del sistema. El estrangulamiento de Ormuz golpea principalmente a China, al conjunto de Asia y a una Europa que sigue siendo estructuralmente dependiente y que, además, está en plena reconfiguración de sus fuentes de suministro. Permitir que Irán convierta Ormuz en un instrumento sostenido de chantaje no alteraría solo el mercado: alteraría el reparto de poder. Eso es lo que Estados Unidos no puede permitirse.

A día de hoy, los objetivos se han cumplido de forma clara. La capacidad nuclear militar iraní ha sido desarticulada, sus vectores de largo alcance han sido degradados de manera decisiva, y su red de proxies —con especial relevancia en los Hutíes— ha fracasado en el momento clave: no ha sido capaz ni ha mostrado voluntad de activar un hostigamiento coordinado en múltiples frentes contra Israel. Ese fallo no es táctico, es estructural. Demuestra que el sistema de proyección indirecta de Irán, en el punto de máxima tensión, no ha respondido.

Pero hay un elemento aún más determinante: Irán no solo ha dejado de ser una amenaza efectiva para sus vecinos, sino que hoy carece de una capacidad real de defensa. Sus sistemas han sido penetrados, su espacio estratégico ha quedado expuesto y su capacidad de disuasión prácticamente neutralizada. Ante esa realidad, Irán ha recurrido a su último instrumento de presión estratégica: el estrangulamiento del Estrecho de Ormuz. No un cierre formal, sino una degradación funcional del tránsito que eleva el riesgo, encarece los seguros y retrae el tráfico internacional. Ese era su único as. Y es en ese punto donde la estrategia de Trump vuelve a hacerse visible. Por un lado, eleva la amenaza —apuntando ya no solo a capacidades militares, sino a infraestructuras críticas—. Por otro, introduce un elemento característico de su método: incorporar un actor tercero que no es percibido como enemigo por la contraparte. Si en el pasado ese papel lo jugó Qatar frente a Hamás, ahora emerge Pakistán como potencial intermediario.

El primero en parpadear

El objetivo: forzar un canal de negociación indirecto y broker a deal, con la dificultad añadida de hacerlo frente a un poder fragmentado en Teherán y una cadena de mando rota en el régimen —resultado directo de los propios éxitos de la operación—. La dinámica es clara: si, ante una amenaza creíble de escalada, Irán accede a reabrir el flujo sin obtener concesiones sustanciales, el resultado es inequívoco. Habrá parpadeado primero. Y en ese caso, incluso sin un acuerdo formal, el balance sería otra victoria táctica para Trump: no solo la neutralización, por ahora, de la única capacidad real de presión estratégica de Irán, sino la reafirmación de una condición crítica del sistema: Ormuz no puede convertirse en un instrumento de chantaje sostenido.

De hecho, basta recordar cuáles eran las condiciones que Irán exigía para un alto el fuego. Teherán planteaba un final permanente del conflicto, la retirada de las tropas de Estados Unidos de la región, la capacidad de controlar —e incluso tasar— el tránsito por el Estrecho de Ormuz, el levantamiento de las sanciones y una compensación económica para la reconstrucción, además de preservar sus capacidades estratégicas fundamentales. Nada de eso ha sucedido. Y, sin embargo, ha empezado a liberar su única herramienta real de presión: el estrangulamiento del Estrecho de Ormuz. Ese contraste no es un matiz: es la prueba. Irán ha comenzado a ceder sin haber obtenido sus condiciones. Y lo ha hecho ante una amenaza creíble de destrucción masiva de su infraestructura.

Tres incógnitas, una conclusión

La incógnita, como casi siempre con Donald Trump, no es lo que ha hecho, sino lo que hará después. Una lectura rigurosa exige identificar qué elementos siguen abiertos. Primero, Irán conserva aproximadamente 441 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, potencialmente suficientes para producir en torno a una decena de cabezas nucleares. El acceso a ese material ha sido bloqueado, pero no eliminado. Segundo, el Estrecho de Ormuz, cuyo uso como herramienta de presión aún no puede considerarse definitivamente neutralizado. Tercero, el propio régimen, que seguirá siendo una amenaza mientras permanezca en pie, pese a su debilitamiento y fragmentación interna.

De estos tres elementos se deriva una conclusión clara. Si esta dinámica desemboca en un acuerdo estructural —que incluya la entrega de material enriquecido, el abandono verificable del programa nuclear militar, la limitación efectiva de sus capacidades ofensivas y de su red de proxies, y la garantía de que el Estrecho de Ormuz no vuelva a ser utilizado como instrumento de coerción—, estaremos ante una victoria estratégica completa. Si no, será otro episodio característico de su método: avanzar posiciones, alterar el equilibrio de poder, pero dejar el proceso sin cerrar.

Pero incluso en ese escenario, la conclusión de fondo no cambia. Irán pretende presentar como victoria el simple hecho de no haber sido aniquilado. Pero cuando redefine el umbral de victoria a su mera supervivencia, lo que está reconociendo es la magnitud de su derrota. El balance es inequívoco: Estados Unidos e Israel han cumplido —y en gran medida superado— sus objetivos.

Y la lectura no termina en Teherán. Este episodio expone algo más profundo: la incapacidad de China para proteger sus propios intereses estratégicos cuando realmente importa. Por eso, si estas son las «victorias» que el régimen iraní puede exhibir, en Occidente podemos aceptarlas todas. Porque no son victorias. Son derrotas que aún respiran.

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