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El clima está cambiando. Siempre habrá quien quiera negarlo. El 22 de julio de este año fue el día más caluroso en la historia del planeta, según certifica la NASA. Los españoles pueden dar fe de lo agobiante que ha sido transitar este verano.

Ni hablar de quienes han sufrido el azote del temporal que provocó el paso de la famosa DANA (sistema de baja presión), que ha puesto en alerta a 10 comunidades, con vientos feroces que arrancaron tejados y descargando tormentas con pirotecnia de rayos.

Es en ese contexto de aceleración del calentamiento global y ocurrencia de desastres naturales, que un instrumento financiero que existe hace mucho tiempo cobró últimamente un impulso enorme: los bonos catástrofe.

Tienen un nombre apocalíptico, es cierto, pero bastante certero. Así y todo, no por nada en el mercado los apodan los “cat bonds”.

El punto, en todo caso, es que sólo el año pasado se emitieron u$s 16.000 millones y el mercado ya alcanza los u$s 47.000 millones.

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El clima como cobertura financiera, super rentable

Básicamente, los bonos son una cobertura. Lo contratan las aseguradoras, reaseguradoras y los propios gobiernos. Los títulos les permiten transferir al mercado de capitales parte del riesgo.

Claro que los costos vienen en alza para los emisores. Para los inversores, existe el riesgo potencial de enfrentar cuantiosas pérdidas si se dispone que el bono debe pagarse -los contratos definen parámetros muy meticulosos en ese sentido-.

Pero si la catástrofe no ocurre, pueden obtener ganancias muy por encima del mercado.

Según Bloomberg, los “cat bond”, que hoy están obteniendo retornos del 15% anual promedio, ganaron 20% en 2023. Fueron la estrategia más rentable para los hedge funds el año pasado.

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Pocas veces se gatillan: los inversores rara vez pagan

Uno lo entiende mejor cuando lee esta estadística. Los pagos de estos bonos rara vez se disparan.

Por ejemplo, de los 30 emitidos por el Banco Mundial, uno de los jugadores importantes, alrededor de seis fueron gatillados, con lo que los inversores debieron cubrir parte o la totalidad del daño que el emisor buscaba proteger.

Por otro lado, esto ocurre debido a las condiciones tan específicas que debe reunir el evento para calificar como la catástrofe bajo cobertura.

Un ejemplo concreto. Jamaica. El huracán Beryl causa estragos. El país acaba de renovar su bono emitido en 2021 por u$s 150 millones a través del Banco Mundial. Debe pagar 60% más. Aumento del riesgo climático.

El bono catástrofe no se dispara. Los inversores están blindados por detalles técnicos llevados a su mínima expresión. El nivel de presión del aire no era el adecuado para que se concretara el pago.

Un documento elaborado por Vulnerable Twenty Group o V20 -que representa a los países más expuestos del mundo al cambio climático- asegura que es hora de evaluar cuáles son los gatillos que determinan que un inversor cubra las pérdidas.

La inquietud del grupo es que gracias a la ingeniería financiera esos detonantes se estén volviendo cada vez más acotados y rígidos. Por ende, menos frecuentes.

Buscan ampliar la carta: inundaciones y sequías

En las partes del mundo en desarrollo, donde la asistencia financiera es más necesaria, el Banco Mundial es un jugador de primer orden en este mercado.

De hecho, acaba de asumir el compromiso de incrementar sus bonos catástrofe en circulación de u$s 1.000 millones a u$s 5.000 millones en los próximos 5 años.

Uno de los desafíos que abordan en la actualidad es ampliar el espectro de desastres que cubren los bonos. La naturaleza y el deterioro del medioambiente va mucho más rápido que las finanzas.

Las catástrofes más comunes son huracanes, pandemias y terremotos pero buscan incluir inundaciones y sequías, fenómenos con creciente incidencia.

Pero incluso en algunas de las zonas más ricas del mundo no hay suficiente cobertura de seguros siquiera. La mayor parte del mundo tiene poca o ninguna protección contra las alteraciones de la propia naturaleza.

Según el índice de resiliencia a las catástrofes naturales, alrededor del 75% del riesgo global está desprotegido.

Las aseguradoras están cobrando cada vez más por riesgos climáticos.

Aunque en verdad menos de un tercio de los u$s 380.000 millones en pérdidas relacionadas con el clima que se produjeron el año pasado a nivel global estaban cubiertas, según el broker AON.

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El líder del mercado es un biofísico de Harvard

Goldman Sachs fue pionero en este mercado y en 2006 ya manejaba al menos u$s 14.000 millones en transacciones relacionadas con el clima.

El líder del equipo que estructura las operaciones se acuerda todavía del escepticismo con el que chocaron en un comienzo, como cuando hicieron una de sus primeras grandes presentaciones en 1997 sobre un bono para cubrir huracanes.

Para ese entonces John Seo, hoy líder de Fermat -la firma con la mayor colección de bonos catástrofe del mundo y un cuarto del mercado con u$s 10.000 millones bajo administración, estaba en Lehman Brothers.

Los bonos catástrofe tienden a reunir gente como Seo, lejos del estereotipo del especulador de Wall Street.

En su oficina hay revistas de meteorología por todos lados y una gran pizarra llena de ecuaciones incomprensible salvo para un doctor en biofísica de Harvard como él.

Las decisión de inversión están guiadas por modelos computarizados sobre el riesgo climático.

Su fondo se llama Fermat como homenaje a Pierre de Fermat, un matemático francés que ayudó a sentar las bases de la teoría de la probabilidad.

Por suerte España está todavía lejos de eventos de magnitud catastrófica. Pero el calentamiento global es algo que hoy se padece día a día. Ya no hacen falta gráficos con la progresión del efecto de las emisiones de carbono para entenderlo.

El ritmo con que los fenómenos climáticos escalan en brutalidad obliga a pensar en cómo afrontar las pérdidas económicas del día después. Pero sólo entre tantas otras cosas.

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