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Conviene aclararlo desde el principio, por si alguien llega despistado: al Descenso Internacional del Sella se puede ir sin saber remar, sin haber tocado una piragua en la vida y sin la menor intención de mojarse. De hecho, así va la inmensa mayoría.

Cada primer fin de semana de agosto, entre Arriondas y Ribadesella, unas 300.000 personas se congregan para presenciar una de las competiciones de piragüismo más prestigiosas del mundo. Y, acto seguido, dedicarse a lo que de verdad las ha llevado hasta allí: comer y beber al aire libre como si no hubiera un mañana.

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La carrera de verdad y la otra: el metro cuadrado que todos quieren perpetuar

La parte deportiva tiene su épica, no seamos injustos. Todo empezó en 1930, cuando a un grupo de amigos se le ocurrió bajar el río en canoa y aquello, en lugar de quedar en anécdota, se convirtió en leyenda. En 2025, ya en su 87.ª edición, más de 1.300 palistas de 25 países se lanzaron al agua para cubrir los veinte kilómetros que separan Arriondas de Ribadesella. El himno de Asturias, las gaitas, el legendario tren fluvial siguiendo la prueba como una serpiente: todo muy emocionante.

Pero la competición seria, la que de verdad genera tensión, se desarrolla en tierra firme. Concretamente en los Campos de Ova, donde se monta una de las mayores comidas campestres de España. Allí la disciplina consiste en llegar temprano, plantar la nevera en el sitio de siempre, el que la familia ocupa desde hace tres generaciones, y defender el territorio con la dignidad de quien hereda un derecho sagrado. Manteles, cestas, sillas plegables, tortillas envueltas en el infaltable papel de plata y un despliegue logístico que ya quisieran tener más de uno. Hay familias que llevan tantos años en el mismo metro cuadrado de césped, que casi habría que darles la escritura.

Asturias entera cabe en una tabla

Y entonces se desata el banquete. La fabada comparte protagonismo con los tortos de maíz coronados de picadillo o huevo frito; las empanadas, de atún o de carne, viajan de mano en mano todavía tibias; los quesos del Principado, del Cabrales más temperamental y primo del Stilton inglés, al cremoso y ahumado Gamoneu, se despliegan sobre tablas junto al chorizo casero y las casadielles y los bollos preñaos, los dulces más típicos y tradicionales de la repostería asturiana.

Fabada.

No hay técnicas de emplatar, y está claro que nadie las necesita. No significa que falte refinamiento: ese mismo Cabrales que se unta en un pan horneado en el día, es el que triunfa en restaurantes con estrella, y maridan con sidras de alta calidad.

Tortos de maíz.

El lujo es otro: comer bajo el cielo asturiano mientras una banda de gaitas suena a lo lejos y se confunde con el murmullo del río que acompaña a pocos metros. La cocina popular recordándonos, como siempre, que sigue siendo uno de los grandes patrimonios de la gastronomía de España.

Cabrales.

El honor de una región, cincuenta litros de identidad al año

La verdadera reina de la jornada es la sidra. Y atentos a este dato. El asturiano medio bebe alrededor de 50 litros de sidra al año, el consumo per cápita más alto del mundo, según el Consejo Regulador de la DOP Sidra de Asturias. Para situarnos: la media española apenas roza los dos litros, y el asturiano triplica incluso al sediento y resistente irlandés. Cincuenta contra dos. En diciembre de 2024, la UNESCO declaró la cultura sidrera asturiana Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

El gesto del escanciado -elevar la botella por encima de la cabeza y dejar caer el chorro contra el borde del vaso- no es postureo ni una pose para la foto de IG. Tiene su lógica: el golpe contra el cristal oxigena la sidra natural, despierta sus aromas y suaviza la acidez. Incluso el último culín, ese que se arroja al suelo con gesto solemne, tenía en la antigüedad una función práctica: limpiar el vaso para el siguiente parroquiano que bebía de él. Una bebida de manzanas autóctonas fermentadas que lleva siglos acompañando la vida rural del norte y que, en el Sella, corre por miles de botellas hasta convertir el paisaje en un único y gigantesco brindis colectivo.

Lo que de verdad queda

Hay un detalle que lo resume todo. Desde hace décadas, muchos asistentes guardan los collares de flores de papel que lucen ese día. Aparecen años después en un cajón, en la guantera del coche o en la casa del pueblo. Sin costo económico ya que no valen nada, las convierte precisamente por eso, en algo que vale mucho: son el testimonio de que hubo un verano, una mesa de productos locales seleccionados, una tarde en la pradera compartida y varias botellas abiertas entre amigos.

Quizá esa sea la auténtica victoria del Sella, y no la del cronómetro. La que permanece cuando las gaitas descansan, el río recupera su ritmo y uno vuelve a casa con la certeza de haber conjugado las mejores cosas de la vida, un buen plato, una sobremesa larga y alguien con quien brindar. Es un podio que se recuerda mucho más tiempo que cualquier medalla y que nos reclama ir a por ella!

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