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Robar el Louvre en siete minutos asegura una película. Pero “mover la mercancía”, eso sí que es para profesionales.

Francia está histérica. Un coro de políticos salió a convertir el inaudito episodio en un símbolo de la decadencia nacional. Como dice un agudo columnista de Le Monde. No robaron parte de las joyas de la Corona de la Galería de Apolo.

Robaron el Louvre. Robaron el alma de Francia.

Con un botín con un perfil tan alto, los ladrones se enfrentan recién ahora, en realidad, a la parte más complicada del plan.

Esto es, a no ser que haya sido un operativo por encargo. De ser así, entregado el invaluable tesoro, se termina la historia. Desde ya que estará destinado a la contemplación privada.

Pero si no fue ése el caso, los ladrones deberán descender al mercado negro del arte, con sus salvajes descuentos, en los que lo primero que se pierde en el camino es el valor histórico de las piezas.

Lo que se paga es el valor material. Ni más ni menos.

Ocho joyas y 9.000 piedras preciosas para volver a cortar

Según dicen, los delincuentes no parecían ser muy experimentados.

Pasaron por alto el famoso Diamante Regente, considerado una de las piedras preciosas más bellas del mundo, justo a unos pasos del resto de las joyas que se llevaron. Y dejaron caer una corona con más de 1.000 diamantes incrustados.

Pero después de todo, lo hicieron en siete minutos. Con semejante apuro, quién puede culparlos.

Los ladrones no parecen haber reparado en el famoso Diamante Regente, considerado una de las piedras preciosas más bellas del mundo. Simplemente pasaron de largo. Pero con siete minutos, quién puede culparlos. Los ladrones no parecen haber reparado en el famoso Diamante Regente, considerado una de las piedras preciosas más bellas del mundo. Simplemente pasaron de largo. Pero con siete minutos, quién puede culparlos.

Con ocho piezas entre collares, tiaras, coronas y aros rebosantes de diamantes, esmeraldas y zafiros, lo más discreto es separarlas al buscar un vendedor.

Pero no basta. Lo que suele hacerse es desmontar de las joyas las exquisitas gemas y derretir el oro. Eso ya disminuye el valor pero vuelve menos rastreable las piezas robadas.

Los ocho items están tasados en 88 millones de euros y se estima que contiene 9.000 piedras preciosas grandes y pequeñas, que pueden ser vendidas en forma separada.

joyas III

Las dificultades no terminan ahí. El maravilloso tesoro de la Corona deberá seguir siendo “desmembrado” para poder pasar desapercibido.

Es que las gemas suelen poder ser identificadas por características como el tamaño o el peso. Así que usualmente se las vuelve a cortar al punto de que se vuelven irreconocibles.

En cuanto al oro, una vez derretido no hay manera de identificarlo y este año su precio se disparó casi 60%. De todos modos, la cantidad de metal que contiene una joya no ameritaría hacer del oro el objetivo del robo.

No importa donde se roben, los diamantes terminan en Amberes

La gran pregunta es, entonces, cuánto pueden llegar a obtener los ladrones después de todo este proceso de “desarme”.

Expertos consultados por Bloomberg apuntan que normalmente podría esperarse un tercio del valor original, pero en casos como éste, de tan alto perfil, podría llegar a ser una cifra tan baja como una décima parte del precio de mercado.

En los últimos 10 años, empezó a despuntar una nueva tendencia en los robos a museos, con las piedras preciosas desplazando a los cuadros.

En la industria se dice que no importa donde haya sido robado un diamante, siempre termina en el mismo lugar: Amberes.

Amberes es conocida como la capital mundial del diamante. Alrededor del 80% de los diamantes en bruto del mundo pasan por la ciudad.

Un distrito de apenas tres manzanas con más de 60 cámaras de seguridad y una tradición que se remonta al siglo XVI. Se lo conoce como Diamantkwartier (Barrio del Diamante) y suele apodárselo Square Mile.

Imposibles de vender, piezas robadas reaparecen en lugares públicos

Pero a veces nadie quiere “quemarse”.

Hubo casos de piezas de arte robadas que terminaron apareciendo abandonadas en lugares públicos o reaparecieron décadas más tarde. Casi como si los ladrones se hubieran dado por vencidos, incapaces de “colocarlas”.

Bloomberg recuerda el caso del robo en 2018 de una serie de joyas de la monarquía sueca que fueron encontradas no mucho después sobre un tacho de basura en una barrio de Estocolmo.

En otras ocasiones los bienes robados terminan siendo usados para algún tipo de negociación como una condena más corta de un miembro de la banda.

Pero más allá de que ahora a los ladrones les llevará seguro más de siete minutos lograr que esas joyas se conviertan en dinero, la humillación francesa no se acaba.

Para empeorar las cosas, la directora del museo, quien declaró ante el Senado la semana pasada, reconoció que hay muy pocas cámaras en las calles y el perímetro del museo, y además son viejas.

Incluso aseguró que le pedirá al ministro del Interior la instalación de una estación policial en el interior del Louvre.

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