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Por Hernán Alberro (*)

Con la reciente caída de Viktor Orbán en las urnas húngaras, Xi Jinping ha perdido a su aliado más fiel en las fronteras de la Unión Europea.

Sin embargo, Pekín no parece excesivamente preocupado. Mientras el eje de Budapest se enfría, el presidente de gobierno español, Pedro Sánchez se perfila como uno de los interlocutores más activos de la autocracia china en la Unión Europea.

Resulta, cuanto menos insólito, que los dos pilares de China en suelo europeo hayan sido polos ideológicos opuestos. Pero para Xi Jinping, el color del gato no importa mientras cace ratones.

Si Orbán ofrecía una puerta de entrada política, Sánchez ofrece una puerta de entrada estratégica y tecnológica que está encendiendo todas las alarmas en Bruselas y, sobre todo, en Washington.

El China Index, la herramienta global que mide la penetración del gigante asiático, ya lo venía advirtiendo.

Aunque España ha intentado camuflar su exposición bajo una capa de normalidad diplomática, los datos revelan una paradoja: mientras el volumen comercial se mantiene en niveles manejables, el alineamiento político y la vulnerabilidad en sectores críticos sitúan a España en el primer tercio de los países más expuestos de Europa.

Esta exposición no es fruto del azar, sino de una hiperactividad diplomática que rompe los moldes europeos.

Con este viaje, Sánchez cumple su cuarta visita a Pekín en apenas cuatro años. Es el único líder europeo que ha mantenido una frecuencia de un viaje por año durante cuatro ejercicios consecutivos, un ritmo que duplica la cadencia de potencias como Francia o Alemania.

Esta hiperactividad rompe incluso los récords históricos en España —donde Rodríguez Zapatero necesitó siete años para completar el mismo número de visitas— y supera la constancia física del propio Orbán, quien, pese a su retórica, no frecuentaba Pekín con tal asiduidad.

Esta anomalía estadística no es solo protocolaria; confirma que España ha abandonado la cautela del de-risking europeo para institucionalizar una "agenda de alto nivel" anual que la sitúa, a ojos de Xi Jinping, como el socio más previsible y estrecho de China en el corazón de la Unión Europea.

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A este despliegue hay que sumar un gesto de hondo calado institucional: la visita de Estado de los Reyes Felipe VI y Letizia en noviembre de 2025, la primera de este nivel en casi dos décadas.

Esta sintonía no se limita a la cortesía diplomática ni a las fotos oficiales, sino que tiene un impacto directo y profundo en la arquitectura interna de la seguridad nacional.

El 'coqueteo' de Sánchez ha cruzado la frontera de lo aceptable para los estándares de inteligencia occidentales al permitir que la tecnología china penetre en los núcleos más sensibles del Estado. La decisión de mantener a Huawei en el corazón de los servicios digitales de inteligencia no es solo un movimiento comercial, sino una vulnerabilidad estratégica que ha transformado a España en un vecino sospechoso para sus aliados tradicionales.

A pesar de las advertencias explícitas de la administración estadounidense sobre el riesgo de espionaje y puertas traseras, el gobierno español ha mantenido su apuesta por la tecnología de Shenzhen.

La consecuencia no se hizo esperar y ha generado preocupación en Washington y tensiones en los canales tradicionales de cooperación en inteligencia, echando por la borda una colaboración histórica que ha sido vital en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado.

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Pedro Sánchez y Donald Trump

España, en su afán por presentarse como un puente entre bloques geopolíticos, parece haber olvidado que en la puja geopolítica del siglo XXI, no se puede estar en ambos lados del eje.

Distanciarse de la retórica militarista de figuras como Donald Trump puede ser una opción política legítima, pero comprometer la integridad de la inteligencia nacional es un error estratégico de otra magnitud.

Al abrazar la cercanía con una dictadura de partido único como la de Xi Jinping, Sánchez no solo se hermana con el legado de Orbán, sino que coloca a España en una posición de fragilidad geopolítica inédita.

Los negocios son una cosa; la seguridad nacional es otra.

Mientras Moncloa celebra acuerdos comerciales, en los centros de poder de la OTAN crece la sospecha de que España se ha convertido en el nuevo eslabón débil de Occidente.

(*) Hernán Alberro es Consultor en Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

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