Donald Trump en Davos: el realismo transaccional contra la "dulce decadencia" europea
Entre discursos pirotécnicos y una lógica implacable, Trump desembarcó en el Foro de Davos con una agenda que expone la fragilidad. El mensaje fue claro: en un mundo sin reglas, la seguridad tiene un precio.
Conocedor de la dinámica de estas reuniones, se encargó de ir sembrando las semanas previas con todo tipo de discursos pirotécnicos. Groenlandia era la frutilla del postre.
El acuerdo en la OTAN era un final anunciado. La dura retórica trumpista fue una maniobra para obligar a los líderes europeos a encarar la realidad, rompiendo el hechizo de esos discursos nostálgicos que hace tiempo dejaron de explicar su lugar en el mundo.
Hay algo que ya debería estar más que claro: el “amigo americano” que palmeaba la espalda mientras repartía dinero fácil y consentía con paternalismo ya no está dispuesto a seguir haciéndolo. Al menos, no gratis.
Trump no concederá nada en función de un pasado glorioso. Va incluso más allá: no se cansa de exponer la debilidad europea, pero también se ocupa de marcarles una agenda realista, indispensable si pretenden salir de la dulce decadencia por la que transitan.
El desafío de los representantes del Viejo Continente no es solo tratar con la volcánica personalidad del estadounidense, sino entender que su discurso encarna una realidad que Europa apenas ha empezado a asimilar tras la traumática experiencia en Ucrania.
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El estilo Trump: autenticidad y transacción
Trump se encuentra en el momento más activo de un "stand up global".
Cada posteo o declaración es más disruptiva que la anterior. El mandatario transmite mensajes en diversos niveles, expresados incluso de forma contradictoria.
Así les habla a los europeos, a los rusos y a los chinos; a los demás países, a los grandes empresarios, a los organismos internacionales, a las redes sociales y, sobre todo, a su base electoral.
Posiblemente, este último sea el recado más importante de todos los que envía.
Al cumplir un año en la presidencia, su mirada comienza a posarse cada vez más en las elecciones legislativas de noviembre.
La caída en los sondeos y las divisiones en la base del MAGA amenazan su control del poder legislativo.
Por eso, Trump se dedica mucho a su electorado, sobre todo cuando busca responder a una pregunta que no es menor: ¿de qué le sirve a Estados Unidos haber arrestado a Maduro, bombardear a los iraníes o enfrentarse a los europeos en Groenlandia?
Para su público, el mensaje es: “Fuimos a Venezuela por el petróleo”, “queremos Groenlandia por seguridad nacional y recursos”.
Trump sabe que los derechos humanos o el medio ambiente no impactan entre sus votantes. Y a él mismo no le interesan demasiado.
Luego está la dimensión del espectáculo. Trump opera bajo una autenticidad radical en la que cada escena devora a la anterior: Maduro encarcelado se vuelve una noticia de archivo en el preciso instante en que Groenlandia captura el centro de la gravedad política
Emmanuel Macron advirtió —algo tarde— la teatralidad del momento. Con una estética que evocaba a Jean-Paul Belmondo, el francés apeló al discurso agresivo que se aflojará en la mesa de negociación.
Tal como hizo Trump al descartar el uso de la fuerza para tomar Groenlandia o con la aplicación de aranceles. En el mismo Foro de Davos, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, validó esta lógica al agradecerle por lograr que los aliados “den un paso adelante”.
Rutte incluso fue más allá. Anunció el compromiso de alcanzar una inversión mayor en defensa para 2035 y reconocer que la histórica molestia de Washington por la falta de aporte europeo era justificada. Música para los oídos de Trump.
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La ley de la selva y Groenlandia
El presidente Macron dijo: "Vamos a un mundo sin reglas".
Seguramente no estaba en París el día que los terroristas atacaron el Bataclán o a la revista Charlie Hebdo.
Los líderes europeos parecen no querer aceptar que el mundo sin reglas está entre nosotros hace mucho tiempo.
Y si no hay reglas, será la violencia lo que definirá la lucha por el poder y al ganador del torneo por el nuevo orden global. Bajo esta lógica llevada al extremo, EEUU prioriza cuidar su seguridad territorial y el control de recursos estratégicos que no puede producir.
Es en este punto donde el reclamo sobre Groenlandia adquiere un sentido estratégico.
Para Trump, hay un problema de seguridad: hay presencia rusa en la zona y China busca entrar con sus métodos más sofisticados y apropiarse de tierras raras y otros minerales.
Además, el deshielo del Ártico, al habilitar rutas comerciales más baratas y rápidas, le otorga a la isla —hoy en manos danesas— un plus, como un activo militar y económico indispensable en tiempos de crisis.
En este punto, Trump se posiciona como un realista duro y dueño de una lógica implacable.
¿Quién puede defender la isla de Groenlandia, la más grande del mundo, con sus más de 55.000 kilómetros de costa y sus grandes recursos?
Es imposible garantizar su vigilancia contando solo con las fuerzas de Dinamarca.
Y hasta ahora, los daneses no lo han hecho. Europa tampoco. Es más, no parecen muy interesados en hacerlo ahora ni mañana. Este desinterés es el que saca de quicio a Trump.
Otro ejemplo se vio en la reciente cesión del archipiélago de Chagos a Mauricio por parte de Gran Bretaña.
La decisión incluyó la isla de Diego García —sede de una estratégica base estadounidense— y se tomó sin siquiera consultar previamente a Washington.
Londres podrá verse aún como una potencia decimonónica, pero su referente actual es el fracaso de Hong Kong y no la épica de la Armada Invencible. Allí, los británicos pactaron una transición que China debía respetar hasta 2047.
Hoy, las prisiones de Hong Kong rebosan de disidentes.
Se han suprimido las libertades de expresión, prensa y reunión. Con miles de exiliados y opositores trasladados a Beijing para juicios sin garantías internacionales, la realidad ha invalidado cualquier promesa británica.
¿Cómo va a cumplir Gran Bretaña lo que firma en las Islas Mauricio si no pudo hacerlo en Hong Kong?
Ante este panorama, resulta difícil comprender bajo qué lógica se pretende que Estados Unidos se comporte como una ONG destinada al bienestar mundial y no como la potencia hegemónica que es y que pretende seguir siendo.
Mientras el Viejo Continente sigue refugiado en su nostalgia, Trump ha dejado claro que Estados Unidos no se quedará a bordo de un barco que se hunde por elección propia.
Europa parece no comprender que el ciclo de la cortesía diplomática ha quedado atrás.
Ni siquiera una derrota de Donald Trump en noviembre hará que regrese.