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El desarraigo del siglo XXI tiene una crueldad silenciosa: nos permite verlo todo, pero no nos deja tocar nada. En la era de las pantallas de alta definición, la distancia dejó de ser un silencio para convertirse en una vitrina. Miramos la vida de los que se quedaron como quien observa una obra de teatro desde la última fila del paraíso: entendemos los diálogos, pero estamos físicamente fuera de la escena.

Migrar es, en esencia, aprender a habitar una contradicción. Por un lado, la construcción de una nueva cotidianidad, en mi caso en Madrid, con su urgencia y sus reglas de presente. Por el otro, esa "geografía de los afectos" que permanece anclada en Argentina, recordándonos que el tiempo de los nuestros sigue corriendo a una velocidad que no siempre podemos alcanzar.

Este conflicto deja de ser una abstracción cuando el calendario marca una fecha ineludible. Para mí, ese día es el viernes 27 de marzo y tiene nombres propios: Dani y Pol.

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Mi historia con Dani tiene un kilómetro cero muy concreto: el asfalto del microcentro porteño, en la puerta del histórico edificio de Radio Nacional. Todo sucedió en un microsegundo entre el humo de un cigarrillo a medio terminar y la complicidad de un programa quecompartíamos y que, casi como una profecía, se llamaba “Nos estamos conociendo”. Ahí nació un refugio.

Rápidamente Dani y Pol se convirtieron en mis guardianes. Su casa no es solo un techo; es el lugar de la comida rica, los vinos, los hits del pop de los 90 y 2000, los históricos de Fito y los himnos de Miranda; y esos abrazos reparadores que el mundo afuera a veces mezquina. Los vi crecer y elegirse en los detalles mínimos, consolidando un amor valiente del que hoy me toca ser testigo a la distancia.

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Cuando supe del casamiento la distancia era una idea abstracta. Compré los pasajes con la certeza de que nada me impediría estar ahí, lista para lucir mi vestido de “lady red” -integrando ese 'arcoíris de lealtad' que los novios nos asignaron a las amigas- y llorar, como buena hija del melodrama noventero, frente a ese "sí, quiero" que tanto esperaba acompañar.

Pero emigrar es una hoja de ruta que se escribe sobre la marcha. Una vez establecida en España, la realidad impuso sus propias reglas. Los contratiempos de empezar de cero me obligaron a lo impensado: ver cómo esa fecha, que antes era un destino, se convertía en una coordenada lejana. Tuve que ceder mi lugar en el arcoíris, lidiando con el peso de una ausencia que no fue elegida.

Sin embargo, esta crónica no es sobre lo que perdí, sino sobre lo que ellos construyeron y los trajo hasta acá y de cómo, frente a una ola migratoria que en Argentina ya lleva años, me enfrento -como muchos- al desafío de querer estar sin poder poner el cuerpo para estrechar los brazos o la mirada para compartir la complicidad de un micromomento.

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Este viernes mi vestido rojo se queda en el placard, pero mi corazón estará con ellos, en ese salón con vista al río que va a vibrar de música y amor.

Estar presente es, ante todo, un acto de voluntad y de memoria. Es entender que el hilo invisible que trazamos hace 10 años sigue tirando con la misma fuerza. Acompañar su unión desde este lado del océano es mi forma de devolverles un poco del refugio que ellos me dieron.

Porque aunque otra "lady" lleve el rojo esa noche, esta testigo que los vio convertirse en este amor sólido, celebra con ellos en cada latido, sin importar el huso horario ni los 10.000 kilómetros que nos separan.

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