La noticia fue un terremoto para el planeta Iberoamérica.
El 24 de febrero pasado, con un comunicado muy breve, Telefónica le anunciaba al Ibex 35 (y al mundo, bah), que vendía su filial de Movistar en la Argentina.
El presidente de Telefónica ya lleva seis meses en su puesto. Mientras diseña el nuevo presupuesto, se prepara para competir en el continente, y se aleja de Argentina y la América Latina de habla hispana.
El 24 de febrero pasado, con un comunicado muy breve, Telefónica le anunciaba al Ibex 35 (y al mundo, bah), que vendía su filial de Movistar en la Argentina.
Eran las 8 de la mañana en Madrid, pero en Buenos Aires eran las 3AM y todos los ejecutivos que manejaban la compañía se enteraron de la noticia recién cuando llegaron a sus escritorios. El secreto es dinero, y es poder.
El comprador fue Telecom, la empresa estrella del Grupo Clarín, por 1250 millones de dólares, unos 1190 millones de euros. ya tenía el 40% del mercado, y ahora pasaba a tener el 70% de las telecomunicaciones.
Y todo el establishment argentino se enteró. Héctor Magnetto, el CEO leyenda del grupo mediático, estaba de vuelta dando batalla en las grandes ligas. Mensaje para Carlos Slim y para Elon Musk, el dueño de Starlink.
El gobierno de Javier Milei salió enseguida a gritar que activaría la ley de defensa de la competencia para evitar el hecho consumado, pero, como dijeron a la semana siguiente los directivos de Telefonica en Madrid: "El dinero ya está en nuestra cuenta; no es nuestro problema". Quien quiera oír, que oiga.
La lápida de la telco española en América Latina se cerró días después, cuando también se desprendieron de sus empresas en Colombia y en Perú. Solo se quedaron en Brasil.
El objetivo de la nueva conducción es fortalecerse en España, prepararse para la guerra con las tecnológicas de EEUU y China y, de ser posible, llegar a ser la primera empresa de telecomunicaciones de Europa.
No será fácil. Los competidores son varios y son duros. La alemana Deutsche Telekom; la británica Vodafone, la francesa Orange y Telecom Italia. Pero la carrera está lanzada.
El nuevo presidente de Telefónica, el catalán Marc Murtra, ya no es nuevo porque lleva seis meses de gestión y debutó en su puesto resolviendo a toda velocidad la huida del mercado hispano de América Latina.
De excelente vínculo con Pedro Sánchez, Murtra se concentró en diseñar el próximo presupuesto para la batalla europea y en fortalecer uno de los flancos que mejor ha defendido en su trayectoria empresaria: maximizar el valor de la acción de las compañías que dirige.
Y los números hasta ahora le sonríen. El viernes 17 de enero, cuando el gobierno socialista destituyó a José María Alvarez Pallete, las acciones de Telefónica valían 3,97 euros. Conocida la noticia de su reemplazo por Marc Murtra, el mercado tuvo algunos días de zozobra pero de a poco fue recuperando la calma.
El último viernes, mientras Madrid ardía a 38 grados centígrados, la acción de Telefónica cerró con un valor de 4,50 euros, casi un 14% más del valor que tenía cuando asumió.
Hacía tres años que la acción de Telefónica agonizaba sin pode quebrar la barrera maldita de los 4 euros. Por eso, Murtra se puede vanagloriar de que las Consultoras Big del mercado, como Morgan Stanley o JP Morgan, hayan pasado de recomendar la venta de sus papeles a promover su compra.
Por eso, a este ingeniero industrial de origen catalán, pero nacido en Blackburn, se le reconocen las dotas de buen comunicador que le permitieron mejorar también el valor de las acciones de Indra, la empresa tecnológica de defensa que lideró durante tres años.
Hay quienes pronostican un pronto desembarco de Telefónica, bajo el mando de Marc Murtra, en el territorio de la tecnología de la defensa y de la ciberseguridad asociado de algún modo a Indra, pero esa es una fantasía del mercado español que todavía no ha pasado al universo de la realidad.
Por lo pronto, Marc Murtra y su equipo llevan estos seis meses en Telefónica estudiando el campo de batalla.
Nada es seguro en estos tiempos de incertidumbre en los que tallan los temperamentos impactantes como los de Donald Trump, el del argentino Javier Milei y el del también sorprendente Pedro Sánchez.
La única certeza del futuro que viene es que la guerra ocurrirá, económica o de las otras.
Y que siempre el estar medianamente preparados es el plan más sensato.