ver más

Durante décadas, la Unión Europea fue el ejemplo que los libros de relaciones internacionales mostraban con orgullo: integración profunda, instituciones compartidas y un sentido de misión histórica.

Si se quería estudiar cómo unir países diversos con un pasado trágico bajo un proyecto común, ahí estaba Bruselas, perfecta en el papel. Pero hoy ese modelo exhibe grietas demasiado visibles y profundas a la vez.

La paradoja es que la UE ha perdido centralidad geopolítica, pero ha ganado poder dentro de sus propios países. Decide demasiado sobre vidas que conoce poco.

Sobre todo, y en nombre de la eficiencia, su burocracia se ha colocado por encima de las democracias que la integran.

La crisis política que rodea a Úrsula von der Leyen es el síntoma de un sistema que navega entre tensiones, reglas enrevesadas y una sensación generalizada de que el proyecto europeo ya no genera entusiasmo entre los ciudadanos.

Obsesionados con mirar a Europa como referencia, se habla poco —demasiado poco— de otro gran experimento de integración regional del siglo XX: la ASEAN, sigla en inglés de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático.

ASEAN_Summit_BG

¿Y por Asia cómo andamos?

En paralelo a los debates europeos, existe un modelo menos rimbombante y muy influyente en su región.

Fundada en 1967 por Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur y Tailandia —a los que luego se sumaron Brunéi, Vietnam, Laos, Myanmar y Camboya—, la ASEAN reúne a más de 650 millones de personas y a algunas de las economías más dinámicas del planeta.

En las últimas semanas se incorporó Timor-Leste, el último país del Sudeste Asiático que no formaba parte del bloque y el primero del grupo de países que es reconocido internacionalmente como democrático.

La ASEAN nació sin grandes pretensiones institucionales, sin meta supranacional alguna y sin interés veraz en desarrollar un sistema regional de derechos humanos (DDHH). No tiene parlamento, ni ejército, ni una comisión con poder real de intervenir sobre sus miembros.

Lo que sí buscaban esos países (y la UE en sus inicios) era evitar que la región volviera a incendiarse.

Compartían un pasado de conflictos que derivaban de la colonización y descolonización y de la Guerra Fría, desde Vietnam hasta Pol Pot en Camboya, pasando por las grandes represiones de las dictaduras de las últimas décadas del siglo XX.

La región reúne países continentales e insulares, gigantes demográficos y microestados, monarquías constitucionales y la única rotativa (Malasia), democracias, semidemocracias, dictaduras militares y civiles, sultanatos, regímenes de partido único y de partidos comunistas.

A esta diversidad política se suma otra igual de profunda: naciones mayoritariamente budistas, musulmanas o católicas, pero todas atravesadas por una pluralidad étnica, lingüística y religiosa imposible de sintetizar en una sola etiqueta.

Y, como capa final, historias que se remontan miles de años atrás, con grandes civilizaciones, viejos imperios y tradiciones que todavía moldean la política y la identidad de cada país y sus gentes. Pero lo destacable es que todo lo antes mencionado no les impide sentarse a negociar.

image.png

Pedro Sánchez y Xi Jinping

Las reglas del juego

Mucho se habla del milagro económico del Sudeste Asiático, pero desde el principio no tenía como objetivo la unificación de mercados, solo evitar guerras y promover la liberalización comercial.

ASEAN nació, ante todo, con un sentido de seguridad colectiva. Buscaban también enfrentar mejor las imposiciones de los grandes del vecindario: China, India, Rusia y Estados Unidos, cuya presencia en las aguas del Pacífico nunca ha dejado de sentirse.

Y es ahí, en su pragmatismo descarnado, donde el bloque se vuelve más interesante.

No hay una identidad esencial. No hay un nacionalismo supranacional ni pasado cultural o religioso común. En el Sudeste Asiático ni los Estados nacionales logran representar eso.

Ese origen diverso explica el principio que marcó a fuego su identidad: la no intervención. Cada país respeta la soberanía del otro. Es diferente a la UE, que legisla sobre temas internos de cada Estado.

La ASEAN recurre al llamado “ASEAN Way”: poca formalidad, mucha flexibilidad y énfasis en no meterse en la casa del vecino. Es que ASEAN es solo un instrumento.

En las reuniones de trabajo el inglés es lengua predominante. Es más eficiente, se ahorra tiempo y dinero.

La ASEAN no ata a sus miembros ni exige ceder soberanía. Singapur negocia por su cuenta un TLC con el Mercosur. Vietnam mantiene una Asociación Estratégica Integral con Estados Unidos mientras Camboya se entrega a China y Myanmar a los rusos. Cada cual hace su juego.

Pero la crisis de fines del siglo XX estimuló un giro importante. En 2008 se firmó la “Carta de la ASEAN” en la que se formalizó la estructura organizativa. Desde entonces se fijaron normas básicas para estimular inversiones extranjeras y crear mecanismos de resolución de conflictos.

Además, formalizó acuerdos con China, India, Japón, Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur. ASEAN logró que la suma de estos países pequeños y medianos se convierta en un jugador difícil de ignorar en cualquier negociación del este asiático. Pero no todos son éxitos.

image

La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, y el presidente estadounidense, Donald Trump,

No todo es armonía en el paraíso asiático

Aunque la asociación no ha dejado de avanzar, sus miembros siguen lidiando con desafíos dentro de sus fronteras: pobreza, tensiones étnicas, corrupción, terrorismo, auge del crimen organizado, retrocesos en DDHH y, más recientemente, la creciente influencia china y rusa.

Ambas potencias, con la fuerza de la chequera, intentan seducir a varios gobiernos —especialmente a los más autoritarios— y, al mismo tiempo, alimentan disputas internas para ganar margen de maniobra. Un ejemplo es el actual conflicto entre Tailandia y Camboya.

Pero eso tampoco impide hacer negocios. ASEAN tomó la iniciativa y empujó el tratado de libre comercio más grande del mundo. Allí, desde 2022, integra adversarios geopolíticos como China, Japón, Corea del Sur, Australia o Nueva Zelanda. Todos en la mesa de ASEAN.

La receta es muy asiática: pragmatismo. La política va por un carril, los negocios por otro.

A diferencia de Europa o América Latina, donde a veces basta que un líder sea de derecha y otro de izquierda para que ni se saluden, en Asia la prioridad es que las cadenas de suministro y la integración comercial sigan funcionando, incluso entre rivales históricos.

Mientras Europa se debate en su crisis de legitimidad, el Sudeste Asiático ofrece una lección inesperada: a veces no hace falta un armado institucional gigantesco, burocracias y grandes edificios, sino un pacto político realista adaptado a la historia y a la coyuntura.

La ASEAN no es un modelo exactamente replicable en todas partes, pero sí es un recordatorio de que existen muchas formas de construir convivencia, seguridad regional e integración.

Y resaltar que, a veces, lo que Europa da por sentado e intocable no es la única manera posible de imaginar un proyecto común.

Temas:

INTEGRACIÓN Europa sudeste asiático Bruselas ASEAN Unión Europea

seguí leyendo