La industria cinematográfica, con su fixture de premiaciones ya lanzado, se relamía. No podían pedir un mejor regalo a la providencia. Y, para qué ocultarlo, la polémica también ayuda a cortar tickets.
Pero, como en las mejores películas, apareció un cisne negro y el final de la obra ya no fue el que se anunciaba en cartelera. En enero de 2025 salieron a la luz los mensajes que Gascón había publicado entre 2019 y 2021 y en ellos Gascón no dejaba títere con cabeza.
Así se despachó contra el islam, comento sarcásticamente el caso de George Floyd y le pegó a quien luego sería su compañera de elenco, Selena Gómez. Además, lanzó comentarios poco amables contra los catalanes, sobre China y, para colmo, se atrevió a referirse positivamente a Cristóbal Colón (¡horror!).
La catarata de repudios e indignaciones bastó para herir mortalmente la carrera de Gascón, y por eso no se ha hecho debida justicia con sus palabras. Ciertamente, algunos fueron producto de la incontinencia tuitera, pero otros eran claramente irónicos, provocadores y estaban muy lejos de un racismo banal.
En vez de condenarla, eso podría haber hecho más interesante (y humano) al personaje de Gascón. Pero la inquisición woke no se detiene en detalles.
La maquinaria woke y su ansia de purga
Lo que hace unos años era apenas un insulto o una palabra utilizada en sectores marginales del mundo político e intelectual, hoy está en el centro del debate.
Días atrás se publicó un libro en castellano que analiza de manera teórica y empírica, la evolución del concepto woke, sus implicancias políticas, su historia, los casos paradigmáticos, y las estrategias por las cuales se ha institucionalizado en los gobiernos occidentales.
La obra en cuestión, firmada por la especialista argentina Karina Mariani, tiene el sugestivo título: "Las guerras que perdiste mientras dormías. Cómo la ideología woke invadió tu mundo sin disparar un solo tiro” y generó polémicas y debates al ser una de las primeras obras dedicada específicamente al tema en el mundo intelectual hispanohablante.
El libro no trata el caso de Karla Sofía Gascón porque ya había sido editado cuando la cuestión salió a la luz pública, pero bien podría haberlo hecho. Todos los casos de cancelación siguen el mismo patrón: luego de la catarata de golpes y críticas, la persona señalada es presionada para que pida perdón.
Un perdón público, extenso, lleno de lágrimas y autoflagelación. Cuanto más se sufra en el proceso, mejor. Pero la historia demuestra que ese perdón nunca es suficiente. Al final del camino woke nunca hay perdón ni redención.
Según Mariani, "en el wokismo, cualquier retroceso puede revelar lo absurdo de su andamiaje, con el riesgo de que todo lo construido se desmorone. La respuesta a ese riesgo se convirtió en una represión y censura crecientes".
Por eso el castigo que recibió Gascón fue público, creciente y, en muchos casos, despiadado. Sus contactos en la industria dejaron de hablarle.
Netflix prácticamente la convirtió en una paria y le canceló el financiamiento para viajes, estadías además de eliminarla de cualquier lista de invitados a eventos relacionados con Emilia Pérez.
La editorial que iba a publicar sus memorias decidió cancelar el proyecto. El director y sus excompañeros de elenco, antes convenientemente orgullosos de compartir pantalla con Gascón, no tardaron en volcar sobre ella toda su rabia. Su caída en desgracia los arrastraba a ellos también.
Con la desgracia de Gascón, la película también se convirtió en blanco de la ira woke.
De repente, la prensa "descubrió"la apropiación cultural, la representación estereotipada de los mexicanos y las desafortunadas declaraciones del director sobre el idioma español.
Apenas lograron contener el daño con el Oscar a Zoe Saldaña y su discurso cargado de impostaciones. Pero la épica de Emilia Pérez ya había quedado sepultada.
La directora de contenidos de Netflix, Bela Bajaria, lamentó en diversas entrevistas que la atención sobre la película se haya desviado debido a la situación de Gascón. Sin embargo, lo cierto es que Emilia Pérez solo se sostenía en la apuesta ideológica de darle el protagonismo a una actriz trans.
Lamentablemente, Gascón no aprendió de quienes fueron linchados antes que ella y se sometió mansamente a los consejos de sus victimarios. Su único gesto de rebeldía fue asistir a la ceremonia de los Oscar a pesar de que Netflix y sus compañeros intentaron evitarlo.
Pero el costo fue humillante: la forzaron a entrar por la puerta de atrás, no pasar por la alfombra roja ni dar entrevistas. Obviamente, al final de tanta sumisión, tampoco recibió el premio. Todos los discursos autocomplacientes sobre la tolerancia inclusiva de la Academia tuvieron que ir a parar a otra película. Show must go on
Rebelión y futuro incierto
La carrera futura de Karla Sofía Gascón está en duda. Ya no será un ícono del progresismo artístico, eso es seguro.
No protagonizará grandes producciones de Hollywood y dependerá de ella cómo procese —y salga— de la cancelación de la que fue víctima.
¿Seguirá aceptando los consejos de sus verdugos, pidiendo perdón en cada micrófono que se cruce, en un vano intento de redimirse ante quienes nunca la perdonarán?
Quizás, la única forma de volver a ser parte de la industria del cine y recuperar el control de su vida sea, paradójicamente, volver a mostrar su verdadera cara.