23 de julio de 2023 21:59 hs

Si hay algo que España necesitaba en estas elecciones era que sus ciudadanos le enviaran un mensaje perfectamente claro.

Quién debía gobernar a partir de ahora. Qué destino debía tomar la economía. Y qué rumbo cultural debían acordar sus gobernantes y una sociedad de fuertes convicciones ideológicas y demasiados enfrentamientos en la mochila del pasado reciente.

Lo cierto es que las elecciones generales del 23 de julio no entregaron ninguna de esas respuestas.

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El ganador de las elecciones, Alberto Núñez Feijóo, no fue un gran ganador sino simplemente el que obtuvo la mayor cantidad de bancas de diputados para el Congreso.

Se quedó con 47 bancas más que Pablo Casado en 2019. El problema es que esa cantidad es insuficiente para alcanzar una mayoría que le permita gobernar, como quería, terminando con el “sanchismo”.

Solo un milagro le permitiría estructurar un gobierno con ese capital político.

Una victoria más amplia, con una coalición de derecha que hubiera impuesto sus ideas en las urnas, habría permitido que se definiera una economía más amistosa con el mercado, con menos intervención del Estado y una baja fuerte de impuestos.

Pero nada de eso sucedió. Núñez Feijóo debería convencer a los dirigentes del Partido Nacionalista Vasco para alcanzar esa mayoría inaccesible. El dilema es que los vascos no quieren saber nada con Vox, el otro socio de la extrema derecha que necesita el Partido Popular para llegar a la Moncloa. Nada parece fácil en la España de estos tiempos. 

El problema es que el resultado de la elección tampoco le deja las manos libres a Pedro Sánchez.

Es cierto que estaba de rodillas y le permitió enderezarse un poco. Pero solo podría continuar en el Gobierno si le presta sus diputados Carles Puigdemont, un ex presidente catalán que terminó preso después de intentar que Cataluña se independizara de España. Debió huir a Bruselas y refugiarse con la inmunidad de una banca europea.

Ahora Puigdemont tiene la llave para extorsionar al Presidente. Y seguro que lo hará.

Solo tiene que pedirle el indulto y otro plebiscito catalán para desatar en España la misma hoguera que desató hace seis años. Además, Sánchez viene demostrando que en cuestiones de pragmatismo no le gana nadie.

En un reflejo que es marca registrada de la Argentina, adelantó las elecciones al 23 de julio (como si se hicieran en la primera semana de enero en Buenos Aires o en Montevideo) para que se olvidaran de votar aquellos a los que no les entusiasma el ejercicio electoral. Hay que decirlo: al maquiavélico Sánchez la “argentinada” le salió espectacular.

Es Isabel Díaz Ayuso, la exitosa e irreverente presidenta de Madrid la que ha dicho que no quiere que España adopte lo modos del peronismo. Lo interpreta como un paso hacia la decadencia. Los números de inflación y pobreza de la Argentina de los últimos cuarenta años le dan la razón.

España va ahora hacia un escenario de suspenso que podría terminar en un nuevo llamado a elecciones. También tiene su cuota de incertidumbre.

Pero digamos todo. Jamás podrán igualar los cinco presidentes en una semana que la Argentina logró como récord en el triste estallido de 2001. Y es posible que tampoco consigan en España un candidato a presidente con inflación anual de tres dígitos como nos sucede con el ministro económico Sergio Massa.

En la primera década kirchnerista, Beatriz Sarlo escribió un ensayo extraordinario sobre Néstor Kirchner titulado “El cálculo y la audacia”. Tal vez deba empezar pronto a preparar su libro sobre Massa.

Quien también deberá espera a ver como se resuelve el laberinto electoral de España es el presidente de Uruguay. Como algunos otros dirigentes, Luis Lacalle Pou fue uno de los que vio cabizbajo y como ido a Pedro Sánchez durante las reuniones de Bruselas entre la Unión Europea y la Celac.

La diplomacia rioplatense en general se llevó de ese encuentro la idea de que el presidente de España estaba entregado. Pero pronto quedó claro que la ola liberal, que reina con Díaz Ayuso en Madrid y tanto entusiasma a Lacalle y a algunos dirigentes opositores argentinos, no llega todavía a la compleja diversidad española.

No fue la única sorpresa con etiqueta de España durante los últimos días.

Argentinos y uruguayos se sorprendieron el último miércoles cuando leyeron un comunicado de Inditex anunciando que le dejaban el manejo de las tiendas de Zara a los panameños de Regency Group.

Era la joya de Amancio Ortega, la que uno de los veinte grandes millonarios del mundo le dio a manejar a su hija Marta y que multiplicó sus ganancias en 2022. Pero igual dejó sus 11 locales argentinos y los 4 uruguayos para concentrarse en otras regiones del planeta.

Es un llamado de atención para el Río de la Plata, al que Solís confundió con un mar hace más de 500 años.

Un mensaje inesperado por parte de España. Un país al que evidentemente le seduce arrojarse en aguas de la incertidumbre política, pero que no duda en tomar las medidas económicas más drásticas cuando se trata de defender sus intereses.

 

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