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Por Rafael Veljanovich (*)

Soy un privilegiado futbolístico.

Pertenezco a una generación que tuvo la suerte -aunque a veces la disfracemos de mérito- de ver a Argentina jugar seis finales de Mundial. Soy de los que pudo ver a Maradona y después, como si la vida quisiera repetir el milagro por las dudas de que alguien no lo hubiera entendido bien la primera vez, nos regaló a un Messi de leyenda.

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Entonces, vivir una final de Mundial con mi país no debería sorprenderme. Ya las vi por la tele, en la cancha, en la tele, ya lloré abrazado a mi viejo, a mis hijos, ya grité solo en una cocina a las dos de la mañana.

Ya tendría que estar un poco más acostumbrado.

Pero esta vez hay algo que no encaja, algo que se mete entre la alegría y te hace pensar. El rival no es cualquiera. Es España, el país que elegí, y que me recibió con generosidad hace quince años.

Es el lugar donde aprendí a pedir un café de otra manera, donde discuto de política con amigos que antes eran desconocidos, donde tengo una vida entera construida lejos de donde nací. Y ahora resulta que ese país y el mío se van a mirar de frente, en la cancha más importante que existe.

No soy neutral -no podría serlo aunque quisiera-: quiero que gane Argentina, con todo mi corazón, sin dudarlo ni un segundo. Pero eso no me impide querer también a España, a mi manera, con el cariño de quien encontró acá una parte de su vida.

España y Argentina jugarán la final del Mundial 2026.

El mismo fútbol, sensaciones diferentes

Estoy en Barcelona, a cuarenta y ocho horas de la final, y la sensación es extraña.

En mi tierra el tiempo se detuvo, los programas de radio y televisión no hablan de otra cosa, cada bar tiene la tele puesta, la gente en la calle apenas cruza dos palabras y todas terminan en "¿y vos, cómo la ves?". Es como si el país entero contuviera la respiración.

Acá la cosa es distinta. Se sabe que hay Mundial, se sigue, hay quinielas -sus Prodes- en la oficina, pero la vida continúa con su ritmo normal. El fútbol es un tema más.

Me quedé pensando en eso: ¿cómo puede ser que dos países tan parecidos culturalmente -el idioma, los gestos, hasta el humor- vivan el fútbol de maneras tan opuestas? Creo que tiene que ver con lo que representa.

Para España el fútbol es una pasión enorme, sí, pero acá nadie necesita que un partido resuelva nada.

En cambio, para nosotros el Mundial nunca fue solamente un partido. Para nosotros un Mundial es esa manera medio desesperada y medio hermosa que tenemos de decirle al mundo "acá estamos, existimos, somos esto".

Es la alegría que junta a vecinos casi desconocidos con tus afectos de toda la vida, que une al que labura de sol a sol con el que no tiene trabajo, todos gritando el mismo gol al mismo tiempo, como si por un rato las cuentas dieran mejor de lo que dan.

Las horas más tensas

Estar lejos en un momento así, te obliga a mirar de frente algo que llevás adentro sin haberlo elegido del todo.

En estas horas tensas, descubrís que no importa cuántos años pasaron, cuántos cafés aprendiste a pedir, ni que ya te hayas acostumbrado a decir coger sin vergüenza. Hay una parte tuya que sigue esperando ese grito, que lo necesita como se necesita el aire.

Yo también dejé todo bastante en pausa esta semana.

La agenda, los planes, las obligaciones. A mi alrededor, creo que solo mis amigos argentinos están haciendo lo mismo. Y no importa que el resto siga de largo, porque hay cosas que uno no elige sentir. Las vive.

Desde España, vamos Argentina.

(*) Rafael Veljanovich es Productor y Consultor de Comunicación argentino residente en Barcelona

Temas:

España Argentina Barcelona Mundial 2026

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