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La productividad del siglo XXI ya no se mide solo en horas trabajadas ni en gigabytes procesados. En la economía de la atención, lo que comemos puede definir el éxito o el agotamiento. La ciencia de la neurogastronomía —que estudia cómo el cerebro reacciona a los alimentos— se cuela en los comedores corporativos, las políticas de recursos humanos y hasta en los presupuestos ministeriales.

El cerebro, una fábrica que nunca apaga las luces

El cerebro humano consume el 20 % de toda la energía del cuerpo, aunque pese solo un 2 % del total. Es, literalmente, una máquina de pensar que necesita combustible de calidad.

Los picos de glucosa generados por comidas ultraprocesadas o con exceso de azúcar —bollería, refrescos, pan blanco o pasta refinada— provocan una euforia mental breve seguida de un descenso del 40 % en la capacidad de concentración, según un estudio del Instituto Europeo de Nutrición Cognitiva.

Por el contrario, los menús que combinan proteínas magras (como pescado azul o pollo), carbohidratos complejos (avena, quinoa, legumbres) y grasas saludables (aguacate, aceite de oliva, nueces) aumentan un 25 % la atención sostenida y la toma de decisiones racionales.

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El aceite de oliva virgen extra sube un 4,1% en supermercados.

La nueva política empresarial

Las grandes compañías ya lo entendieron. Google y SAP rediseñaron sus cafeterías para ofrecer opciones ricas en omega 3 y vegetales de bajo índice glucémico.

En España, BBVA y Telefónica incorporaron “corners saludables” en sus sedes, y el Banco Santander lanzó un programa de “mindful eating” para ejecutivos. El Banco Mundial estima que las empresas que integran programas nutricionales reducen hasta un 25 % las bajas médicas y mejoran un 12 % su productividad operativa.

El caso de BrainFuel Labs en España

Un caso emblemático es el de BrainFuel Labs, una startup española que ofrece menús corporativos personalizados. Sus platos —controlados en glucosa y diseñados según el tipo de trabajo— se sirven hoy en estudios de arquitectura, medios de comunicación y fintechs. “A los creativos les damos más carbohidratos complejos; a los programadores, más proteína y hierro”, explican desde la empresa.

Pero no todos pueden comer para pensar. Según el Ministerio de Consumo, una dieta saludable cuesta un 25 % más que una basada en ultraprocesados. En España, tres de cada diez trabajadores comen frente al ordenador, muchas veces con lo primero que encuentran en una máquina expendedora.

Las diferencias nutricionales empiezan a traducirse en diferencias cognitivas: mejor comida, más foco, menos errores. La brecha alimentaria se convierte así en una nueva forma de desigualdad laboral, donde la concentración y el rendimiento dependen del poder adquisitivo.

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Una dieta rica en antioxidantes puede proteger el cerebro del daño oxidativo.

La neurogastronomía llega a la política pública en Europa

El fenómeno empieza a salir del mundo corporativo. En Francia, el Gobierno lanzó un plan piloto de comedores públicos inteligentes para trabajadores estatales.

En Dinamarca, las guarderías aplican menús neurogastronómicos para mejorar la atención infantil. En España, la Universidad de Navarra y el Instituto de Salud Carlos III investigan cómo la alimentación influye en el rendimiento académico.

Incluso en América Latina hay avances: Uruguay incluyó la educación alimentaria en la reforma educativa de 2024, y Chile evalúa incentivos fiscales para empresas que implementen programas de alimentación saludable.

Temas:

neurogastronomía Alimentos

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