Los equipos de rescate buscan sobrevivientes entre los escombros de edificios y viviendas destruidas por los dos potentes terremotos que sacudieron Venezuela el miércoles, dejando hasta ahora 188 fallecidos y 1.500 heridos. Quienes lograron salir con vida comienzan a dimensionar la devastación, a relatar las horas de mayor angustia y a enfrentar las consecuencias que deja el desastre. Son testimonios narrados a El Observador.
A media hora en auto de la capital queda el estado La Guaira, una franja de 170 kilómetros de costa donde decenas de edificios quedaron destruidos. Entre ellos, Residencias La Riviera, que aunque sigue en pie, está inhabitable por la magnitud de los daños.
Residencias La Riviera en La Guaira
Ciro Suárez, abogado de 55 años, cuenta que se encontraba en su apartamento tipo estudio de La Riviera cuando comenzaron los movimientos. “Creo que eran las seis, seis y cinco, y de pronto todo empezó a sacudirse de una forma brutal”, recuerda. La sacudida duró entre 30 segundos y un minuto, tiempo suficiente para que televisores y muebles se desplomaran y el edificio se convirtiera en un caos.
“Fue dantesco”, dice. Logró salir hacia un área que podía servir de salvaguarda junto a algunos vecinos, mientras observaban cómo otros edificios se derrumbaban y se producían explosiones de gas. Suárez esperó una réplica para poder atravesar las torres de su residencia, temiendo que se le vinieran encima, pero al no sentir nuevos temblores decidió moverse. Junto a otros vecinos organizaron la evacuación: había niños pequeños llorando, desesperados, con miedo.
Al salir, se encontraron con el edificio prácticamente destruido y el entorno reducido a escombros. Luego buscó a su hijo y a la madre de este en la urbanización Las Colinas, en Catia La Mar, a pocos kilómetros. Allí, el edificio donde vivían se desplomó, pero sobrevivieron. “Se salvaron por un milagro, porque no hay otra razón”, afirma.
Edificios en Catia La Mar, la Guaira
EFE
Ahora vienen días duros. “Estaba alquilado, todo lo que tenía en el apartamento lo perdí. Por ahora voy a quedarme en casa de un amigo en Caracas, pero tengo que encontrar otro alquiler”, relata.
La Guaira no es ajena a los desastres. Hace 27 años, un deslave la arrasó y cobró la vida de miles de personas. Hoy vuelve a ser escenario de otra tragedia. Es un estado clave no solo por las playas y hoteles que los caraqueños visitan los fines de semana, concentra además uno de los principales puertos del país y el aeropuerto internacional de Maiquetía, que permanece cerrado por los graves daños en su infraestructura.
La réplica
Lety Flores, que vive de limpiar apartamentos, estaba en su casa en Las Minitas, un barrio humilde de Caracas, cuando comenzó el terremoto. “Parecía que se me iba a caer la casa encima, yo solita con mis perros”, recuerda.
Al salir corrió hacia la calle y se refugió en la cancha del barrio, donde ya se había reunido una multitud de vecinos. “Estaba toda la gente afuera”, dice. Pero el frío y el viento la hicieron volver un momento a su casa, pese al temor de nuevas réplicas.
“Dicen que otra vez va a replicar. Yo voy a dormir con la puerta abierta. Cualquier cosa me voy corriendo”, explica con miedo.
Derrumbe de edificio en el municipio Chacao
EFE
Las grietas
En el este de Caracas está Chacao, corazón financiero de la capital, con torres de oficinas y cerca de 700 edificios entre residenciales y comerciales. Ayer, mientras las calles permanecían vacías por el feriado en Venezuela, que festejaba el aniversario de la Batalla de Carabobo, tres edificios residenciales se desplomaron en medio de los sismos.
Más allá del impacto inmediato de esos derrumbes, el recorrido por la zona dejó al descubierto daños severos en numerosos inmuebles: algunos no podrán volver a ser habitados y otros requerirán reparaciones de gran envergadura.
En Los Palos Grandes, una zona del municipio Chacao, se levanta el edificio Estoril, donde los vecinos observan con temor las grietas que recorren las paredes, el impacto visible en las columnas, los destrozos en el cuarto de bombas y los escombros acumulados en las escaleras.
La silla de ruedas
José Ignacio Carpio estaba en el apartamento de su madre, en Maripérez una urbanización de clase media, viendo el partido entre Brasil y Escocia del Mundial del Futbol. “Ahí me gusta porque es tranquilo, nadie me molesta”, cuenta. Fue entonces cuando sintió el temblor desde el inicio. “Al comienzo parecía leve, pero fue creciendo, de menos a más, hasta que se volvió brutal”, recuerda.
Su primera reacción fue correr al cuarto de su madre, que está en cama desde que se fracturó la pelvis hace dos años. “Me agarré del marco de la puerta, porque el edificio se movía muchísimo. Se caían los vidrios, los objetos, todo se quebraba. La sensación era que el edificio se iba a partir”, relata. El sismo alcanzó su máxima intensidad y se prolongó tanto que le pareció eterno. “Yo solo pensaba: que se termine, que se termine”.
Municipio Chacao, Caracas
EFE
Cuando finalmente cesó, vistió a su madre, la acomodó en la silla de ruedas y la bajó por las escaleras junto a su esposa, sus hijas y su tía. “La bajé como un saco de papas, lo importante era salir del edificio”, recuerda. Afuera, los vecinos se reunieron en la plaza Colón, a dos cuadras, para ponerse a resguardo. “Fue una noche de miedo, todos pensando que el edificio podía desplomarse”, relata.
Desde 2014, Venezuela permanece sumergida en una crisis que pulverizó su economía y redujo a un tercio la producción de petróleo, su principal fuente de riqueza. La inflación se mantiene en tres dígitos anuales, buena parte de la infraestructura ya exhibe un deterioro profundo y la capacidad del Estado es mínima, con servicios de rescate debilitados. En este escenario, la recuperación tras los terremotos se perfila como un desafío enorme.