A cuatro semanas de las elecciones de medio término (midterms), que definirán el control del Congreso, Donald Trump recurrió a una carta de emergencia ante una de las principales preocupaciones de los electores: eliminó las restricciones al uso del “diésel rojo” en las carreteras de Estados Unidos para intentar frenar el precio del combustible. La medida busca abaratar un insumo que incide de manera determinante en la economía, al ser utilizado por camiones de carga, embarcaciones, trenes y maquinaria agrícola.

El “diésel rojo” es idéntico al convencional, pero está exento de impuestos porque tradicionalmente solo se utiliza en tractores o maquinaria de construcción e industrial, y no en camiones que circulan por rutas. Para facilitar los controles se tiñe de rojo en las refinerías con un aditivo especial.

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Al ampliar su alcance a las carreteras, Trump busca mitigar la escasez del combustible y propiciar un alivio en sus costos, beneficiando directamente a los transportistas que movilizan todo tipo de mercancías, desde aparatos electrónicos hasta la cosecha de los agricultores.

Durante un acto de campaña en Nebraska, Trump ironizó sobre el combustible: “Durante muchos años, los vehículos agrícolas, la maquinaria de construcción y otros vehículos todoterreno han utilizado lo que se conoce como diésel teñido de rojo. ¿Saben qué es eso? No sé qué diablos es, pero sea lo que sea, se supone que es muy bueno”, dijo, antes de remarcar que es “exactamente igual al diésel normal”.

El diésel alcanzó un récord de 6,53 dólares por galón a finales del mes pasado y actualmente se ubica en torno a los 6,32 dólares, según la Asociación Estadounidense del Automóvil, lo que representa un salto de 72% en los últimos doce meses.

La exportación

Antes de habilitar el diésel rojo, Trump evaluó una alternativa mucho más drástica: prohibir las exportaciones de combustible de Estados Unidos para inundar el mercado interno y forzar una baja de precios.

Sin embargo, la medida fue descartada ante la advertencia de ejecutivos de la industria petrolera, quienes señalaron efectos contraproducentes. Al no poder vender al exterior, las refinerías se verían obligadas a almacenar el excedente y, una vez llenos sus tanques, tendrían que reducir la producción. Ese ajuste impactaría en toda la cadena: las refinerías organizan sus procesos para obtener distintos derivados del crudo y, al recortar la actividad, también disminuiría la elaboración de gasolina y combustible para aviones.

La opción terminó archivada tras gestiones del sector petrolero con la Casa Blanca y un acuerdo alcanzado la semana pasada con las potencias del G7. A cambio de que Washington frenara la amenaza de cortar sus exportaciones, el bloque de las economías más avanzadas acordó liberar 100 millones de barriles de crudo y diésel de sus reservas estratégicas.

La operación, coordinada por la Agencia Internacional de Energía (AIE), se extenderá durante cuatro meses e incluirá una inyección sustancial de diésel en los primeros 20 días para descomprimir la escasez global.

La disrupción

El encarecimiento del diésel responde, en primer lugar, a la escalada en el precio del petróleo que las refinerías procesan para elaborar combustibles. Desde que Estados Unidos e Israel atacaron a Irán en febrero de este año, el barril se ha mantenido en niveles elevados y actualmente se ubica en 101 dólares, lo que representa un salto de 53% respecto al valor previo al inicio de la guerra.

Como respuesta al ataque, Teherán intensificó el hostigamiento sobre el estratégico estrecho de Ormuz, el paso marítimo por donde circula la quinta parte del petróleo mundial. Y si bien Estados Unidos logró restablecer en las últimas semanas más del 75% del tráfico a través de convoyes navales, los precios no ceden: los buques transportan muy pocos combustibles refinados como el diésel y el barril continúa presionado por la incertidumbre bélica.

La infraestructura del Medio Oriente ha pagado un alto costo por la guerra: refinerías en Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e Irak sufrieron averías críticas tras oleadas de drones y misiles de Irán y grupos afines como los hutíes de Yemen. En paralelo, los constantes ataques con drones desde Ucrania sobre las refinerías rusas agravan el cuello de botella que impide transformar el crudo en diésel.

Estrecho de Ormuz

Asia representa otra pieza clave en el tablero global del combustible. Buena parte del petróleo sin procesar que logra salir de Medio Oriente arriba a puertos de China, Japón y Corea del Sur; sin embargo, tras refinarlo, estos países restringen la exportación de diésel y almacenan el excedente.

De acuerdo con las proyecciones de la firma de inteligencia de mercado Kpler, una normalización del suministro está descartada para lo que resta del año y no se vislumbra hasta bien avanzado 2027. Los analistas de la consultora advierten que, aun si se sostienen los flujos actuales en las rutas marítimas, tomará meses reparar las refinerías bombardeadas y reponer los cientos de millones de barriles que la guerra sustrajo del mercado global.

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