No es la primera vez que Tabárez atraviesa por las mismas circunstancias, que visualizo como un problema aunque él interpreta (lo expresó en setiembre de 2009, ver frase publicada más abajo) que es una forma de dirigir y confiar en los hombres en los que deposita todo su crédito. Recuerdo haber realizado mención a una situación similar después de la derrota que Uruguay sufrió ante Perú en Lima en 2009, por las Eliminatorias para Sudáfrica, en un partido en el que no jugó Diego Forlán. En aquella ocasión, como el sábado ante Venezuela, el técnico se demoró en los cambios. No sé si la selección habría ganado en Lima o el sábado en el Estadio Centenario, pero hubiera probado todo lo que estaba a su alcance para intentar variar el rumbo del partido.

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Tabárez es un gran entrenador, y ese es un punto que no está en discusión. Se consagró con el gran trabajo que realizó en la selección a partir de su arribo en 2006, porque pensó en grande, apostó a un proyecto a largo plazo, detectó el problema e hincó el diente en las raíces del fútbol con el objetivo de conseguir una transformación y moldeó la selección que quería. Él y su cuerpo de colaboradores planifican como muy pocos. Visualizan las debilidades de los rivales y las fortalezas propias para encarar los partidos con convicción y firmeza. Brindan mensajes que llegan a los jugadores y los convencen de que es la mejor forma de hacerlo. Por esa razón Uruguay fue semifinalista en el Mundial, campeón de América, juega de igual a igual con todos y eso le permite ser en la actualidad una de las potencias. Sin embargo, hay un aspecto en el que considero que Tabárez sigue fallando, en la espontaneidad de resolver en pleno partido: cuando en el final del primer tiempo ante Venezuela vi las dificultades físicas que Forlán tenía para volver a posicionarse en la estructura táctica, pensé que el delantero no salía para jugar el complemento, y si lo hacía a los pocos minutos iba a ser sustituido. Eso lo creí porque el de Inter parecía haber brindado lo mejor que estaba a su alcance, y que alguno de los jugadores de reserva podía aportar algo más sustancioso. Forlán fue importante el sábado, anotó un gol y fue el que ejecutó todas las pelotas quietas, pero ante Venezuela parecía haber quedado sin respuesta física. Así se veía desde la tribuna, y seguramente desde donde estaba Tabárez, al costado de la cancha. Sin embargo, el técnico prefirió mantenerse en su posición y fue contraproducente.

El talón de Aquiles de Tabárez vuelve a ser el mismo que otras veces, la velocidad para resolver en la vorágine del partido: se demora en los cambios y deja al equipo sin chance de tomar otras opciones para conseguir su objetivo. En ocasiones, aunque se demora, como ante Corea en el Mundial por ejemplo, los jugadores de recambio igual resuelven en menos tiempo. El sábado no alcanzó.