Moderados, poco dados a salir a manifestar a la calle si no son c

onvocados por algún político, y habituados a criticar sentados desde algún sillón, los uruguayos parecen haber empezado a recurrir al instrumento de las marchas callejeras cuando algún problema les golpea la puerta o pasa muy cerca de su casa.

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Las movilizaciones ocurridas a lo largo del 2011 y en el comienzo del 2012 han tenido como meta principal la protesta ante hechos vinculados con la violencia en las calles.

Pero no sólo por seguridad se manifiesta la gente. También fueron motivo de reclamo el apaleamiento de un perro cometido por menores con problemas psiquiátricos, el apoyo de padres de la fundación Peluffo Giguens al médico Ney Castillo e incluso se armó una esmirriada protesta contra la construcción del estadio de Peñarol en el Parque Roosevelt.

Ayer de noche se realizó una nueva marcha en Camino Carrasco y Alejandro Gallinal para repudiar el asesinato de una familia en una casa de Malvín Norte donde tres personas fueron encontrados con sus cráneos destrozados con inusitada saña (ver Cronología). ¿El de las movilizaciones es un fenómeno más o menos espontáneo, que llegó para quedarse?

Según el sociólogo Gustavo Leal, pese a que la gente parece moverse en forma independiente del devenir de los partidos políticos, hay un hilo conductor que los une. Por ejemplo, la campaña de recolección de firmas lanzada por Pedro Bordaberry (Partido Colorado) y por sectores del Partido Nacional para bajar la edad de imputabilidad ha alentado varias de estas marchas.

Además, dijo Leal, esos movimientos tienen una clara “focalización” y, no son impulsados por un interés más general. Es decir, se comete un crimen en el barrio Pocitos y se movilizan los vecinos de Pocitos; si ocurre en Malvín Norte, la mayoría de los participantes de la protesta serán de esa zona.

“No creo que se pueda afirmar que la gente se empieza a organizar por fuera de los partidos políticos. Este tipo de movilizaciones son muy episódicas. Es más un grito de bronca que una carrera. No parecen tener continuidad”, señaló Leal a El Observador.

La desaparición de la joven Nadia Cachés en Canelones es, tal vez, el único episodio que ha generado un movimiento con determinada continuidad en el tiempo. Esta muchacha desapareció el 13 de diciembre de 2010 dejando muy pocos rastros, y un mes después se realizó la primera marcha en su nombre. Y, cada tanto, familiares, amigos y vecinos se reúnen para pedir que se aclare su desaparición.

Las redes sociales.
Mayormente, las movilizaciones contra la inseguridad fueron convocadas por internet. Fue por ese medio que comenzó a propagarse el llamado a la marcha que terminó juntando más de tres mil personas en Carrasco el pasado 1 de diciembre.

Cierto es que, luego de que el padre del joven convocante matara a su hija confundiéndola con un ladrón, el reclamo cobró mayor notoriedad y el terrible episodio influyó directamente en la cantidad de gente que se reunió en Arocena y Schroeder.

También vía internet se llegó a reclamar el linchamiento de los adolescentes que mataron a palos a un perro en Nueva Palmira a mediados de noviembre. Por ese medio, incluso, fueron publicadas las fotos de los menores involucrados y la dirección de su domicilio en donde decenas de personas se hicieron presentes para repudiar a los protagonistas del hecho.

Otro perro, al que una vecina prendió fuego en Flor de Maroñas, fue el detonante de un “escrache” frente a la casa de la mujer ubicada en Campoamor y Veracierto.

“En la sociedad hay mucha bronca y malestar y eso muchas veces se expresa en este tipo de protestas que tienen, claramente, un corte barrial, de cercanía”, señaló Leal.

Miedo.
Por su parte, la socióloga Verónica Filardo coincidió con su colega acerca del carácter barrial de las protestas. “Yo no veo ningún movimiento social con una organización consolidada. Lo que hay son movilizaciones en las que participan personas que tienen vinculaciones entre sí. En general se trata de vecinos, familiares o amigos los que se juntan”, señaló Filardo.

La profesional dijo que es evidente que las distintas movilizaciones no han tenido ningún tipo de coordinación y expresan, más específicamente, un “miedo popular” que trasciende las clases sociales y que abarca, más que nada, a los habitantes de las zonas urbanas.

Además de esas movidas de ocasión promovidas mayormente por el problema de la inseguridad pública, hay otras que ya tienen su tradición en Montevideo como las que se realizan alrededor del Palacio Legislativo cada vez que se trata una ley de despenalización del aborto o las que llaman la atención sobre la violencia doméstica que, por estos días, ha engrosado las crónicas policiales. También hubo protestas callejeras, que luego se diluyeron, protagonizadas por madres de adictos a la pasta base.
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