Peñarol jamás imaginó que aquella tarde. Era Liverpool el rival. Era un viejo conocido el golero a vencer. El aurinegro fue una y otra vez. Pero no pudo con Juan Guillermo Castillo. La gente pasó de mirarse incrédula a buscar dirigentes en el Palco a los cuales insultar. La salida fue un pandemonium para los presididos por Juan Pedro Damiani. Los hinchas no entendían cómo Castillo atajaba en Liverpool y ellos estaban penando por sus goleros. A partir de ese momento se instauró el síndrome de un arco que no tiene paz.
Un arco sin paz
La contratación de un golero por parte de los aurinegros se transformó en un teleatro en el cual desfilaron varios actores y del cual se desconoce el final
