La imagen del estadio es la más pura expresión del vacío y el dolor que generó el empate de Uruguay ante Venezuela. Todavía no puedo creerlo. Luis Suárez tampoco, por eso queda tirado en el piso, mientras los futbolistas venezolanos celebran como si se hubieran consagrado campeones de América. Eso me genera una sensación extraña. Demasiado extraña, porque –despojado de toda pasión– es muy difícil que me involucre emocionalmente con un equipo, pero por primera vez en mucho tiempo me voy con bronca del Estadio Centenario. Con mucha bronca. Pero no soy el único: miro para el costado, y percibo la misma sensación en todos. Sin excepciones. La peregrinación en silencio y mirando el piso, me conduce hacia la salida sin ganas de esbozar palabras. Cada vez siento más bronca. ¿Por qué Tabárez no realizó antes los cambios? ¿Por qué otra vez con Venezuela? ¿Por qué a Uruguay le faltó fútbol, respuestas anímicas, individualidades que resolvieran lo que no pudo hacer el equipo? Porque cuántas veces uno sacó la cara por todos. Porque podía jugar mal uno de los tres exitosos delanteros, pero no los tres el mismo día. Tal vez soy algo injusto con Diego Forlán, que anotó el primer gol, pero pareció quedarse sin resto físico para jugar el segundo tiempo, y Tabárez no se dio cuenta que ya no corría todo lo que necesitaba su equipo, que no hacía los relevos como solía hacerlos cuando tenía suficiente fortaleza física como para generar fútbol, convertir y transformarse en el jugador más importante en el aspecto táctico. No puedo creer que además de Forlán, Suárez y Cavani, también el Ruso Pérez anduviera mal. Que el equipo quedara rengo, porque Maxi Pereira dejó el alma, como siempre, pero jugó solo, y al fútbol no se juega en circuitos individuales. Ni Messi es autosustentable. Para colmo de males Venezuela jugó con la inteligencia que caracteriza a Uruguay, y con las mismas armas con las que los celestes hicieron caer a los más grandes en los dos últimos años, con mucha actitud, con un equipo bien compacto, con un 4-4-2, y sin fisuras. Eso me da más bronca, porque parecía obvio que los venezolanos iban a venir a hacer eso. El visitante realizó un planteamiento muy oportuno, durmió el partido al extremo (¡el golero Vega se tomó su tiempo para cambiar los guantes pocos minutos después de iniciado el juego!) y llevó a Uruguay a la desesperación, al descontrol, lo sacó y evitó que los celestes jugaran. Sin continuidad en el fútbol, nada funcionó en los celestes. Porque la convicción que tiene Uruguay acerca de sus fortalezas es la mejor carta de presentación que tiene desde que en los últimos tiempos los dirigidos por Tabárez empezaron a enderezar la historia. La única vez que lo hicieron, cuando le dieron orden al balón (Diego Pérez, Álvaro Pereira y Forlán), terminó en el gol del delantero de Inter. Pero fue solo eso.
Uruguay recibió de su propia medicina
Venezuela jugó como lo suele hacer la celeste, con mucha actitud, defensa, inteligencia y forzando el error del rival; el equipo de Tabárez estuvo desconocido y empató
