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La demografía uruguaya suele presentarse como una sucesión de malas noticias. Nacen cada vez menos niños, se reduce el peso de los jóvenes, aumenta la proporción de personas mayores y se aproxima el momento en que la población en edad de trabajar dejará de crecer. La consecuencia parece inevitable: menos trabajadores y aportantes, más jubilaciones, mayores necesidades de salud y cuidados, aulas con menos estudiantes y crecientes dificultades para sostener instituciones diseñadas para una población más joven y numerosa. Estas preocupaciones son reales.

El cambio en la estructura de edades plantea importantes desafíos económicos, fiscales y sociales. Pero entre reconocerlos y aceptar una interpretación catastrofista existe una diferencia fundamental. La demografía condiciona nuestro futuro, pero no lo determina. Las consecuencias de los cambios demográficos dependerán de las decisiones que tomemos en materia de educación, salud, trabajo, productividad, cuidados, migración y protección social. El problema de las lecturas alarmistas es que presentan las transformaciones demográficas como una pérdida, sin preguntarse qué avances humanos existen detrás de ellas ni qué oportunidades abren.

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En eso consisten las paradojas de la demografía uruguaya: tendencias que, vistas desde un solo ángulo, parecen anunciar una catástrofe, pero que observadas con mayor atención revelan conquistas, libertades y posibilidades de transformación. No se trata de negar las dificultades, sino de evitar que administremos como fracasos algunos de nuestros principales logros sociales.

La paradoja de la longevidad: nos alarma vivir más

Nos inquieta que Uruguay sea una sociedad cada vez más envejecida, aunque detrás de esa preocupación exista una noticia que, en el plano individual, todos querríamos celebrar: vivimos más. En 1995, la esperanza de vida al nacer era de 73,5 años; en 2005 había aumentado a 75,8 y en 2024 alcanzó los 78,3. En apenas tres décadas ganamos casi cinco años de vida. Rafael Rofman y Carola Della Paolera nos invitan a invertir la lectura habitual en su libro La revolución demográfica (1).

El paso de sociedades en las que se nacía mucho y se moría temprano a otras en las que se tienen menos hijos y se vive mucho más no es una señal de extinción, sino un avance en la calidad de vida y en la autonomía individual. Más personas llegan a edades avanzadas y permanecen durante más tiempo en ellas. La respuesta no puede ser lamentar que vivamos demasiado, sino adaptar la sociedad a vidas más largas. Esto exige un sistema previsional sostenible y flexible; un modelo de salud menos concentrado en atender episodios agudos y más orientado a prevenir enfermedades crónicas, rehabilitar y conservar la autonomía; y un sistema de cuidados que no descanse casi exclusivamente sobre las familias y, dentro de ellas, sobre las mujeres. El problema no es que Uruguay envejezca: es intentar administrar una sociedad longeva con instituciones diseñadas para vidas más cortas.

La paradoja de la fecundidad: una preocupación colectiva, una conquista individual

La fecundidad uruguaya cayó drásticamente. A mediados de los años noventa se registraban alrededor de 2,4 hijos por mujer; en 2005 eran 2,1 y en 2023 se alcanzó un mínimo histórico de 1,27. Esto angosta la base de la pirámide poblacional: nacen menos niños y, con el tiempo, disminuyen las generaciones que ingresarán al mercado laboral. Sin embargo, el mismo fenómeno tiene otro significado en la vida de las personas. La drástica caída en el número de nacimientos refleja -en parte-, algo que deberíamos celebrar: que menos adolescentes enfrentan embarazos no deseados y más mujeres pueden decidir cuándo ser madres. La fecundidad adolescente pasó de 66 nacimientos por cada mil mujeres de entre 15 y 19 años en 1995 a unos 25 por mil en 2024. También cayó fuertemente entre las mujeres de 20 a 24 años. Entre ambos grupos explicaron cerca de la mitad del descenso de la fecundidad registrado entre 2015 y 2020 Ese cambio fue favorecido por la educación sexual, la ampliación de los servicios de salud sexual y reproductiva, el acceso a anticonceptivos —incluidos el implante subdérmico y el DIU— y las políticas de prevención del embarazo no intencional.

Que una adolescente pueda evitar un embarazo que no buscó, continuar estudiando y decidir más adelante si quiere ser madre constituye un logro social. El problema aparece en la distancia entre los hijos que las personas desean y los que efectivamente pueden tener. El ideal predominante entre los uruguayos continúa siendo una familia de dos hijos, mientras la fecundidad observada es de 1,27. Una encuesta reciente de El Observador y académicos de la Universidad de la República encontró que un tercio de los uruguayos atribuye la reducción de los nacimientos a la falta de medios económicos (2). La autonomía reproductiva supone dos libertades: poder evitar los embarazos que no se desean y contar con condiciones económicas, laborales y de cuidados para tener los hijos que sí se desean.

La paradoja de la sostenibilidad previsional: faltarán aportantes, pero seguimos desaprovechando capacidades

Las proyecciones previsionales parecen alarmantes. En 2025 Uruguay tenía aproximadamente 2,5 cotizantes por cada pasividad equivalente. El BPS estima que esa relación descendería a 2,08 en 2030, 1,78 en 2050 y 1,28 en 2070. Habrá menos aportantes relativos y más personas cobrando prestaciones durante períodos más prolongados. Pero esa lectura supone que la sostenibilidad depende solamente de contar personas: cuántas aportan y cuántas se jubilan. También importa cuánto producen, cuánto ganan, cuántos empleos son formales y cuántas personas en edad de trabajar consiguen incorporarse efectivamente al mercado laboral. En 2024, la productividad laboral uruguaya representaba aproximadamente el 58% del promedio de la OCDE. Con una fuerza de trabajo que dejará de crecer, nuestro futuro dependerá menos de sumar trabajadores y más de que cada trabajador disponga de mejor educación, tecnología y capital para producir más valor. Existe, además, una reserva de trabajo que seguimos desaprovechando. En el segundo semestre de 2025, la tasa de actividad era de 72,2% entre los varones y de apenas 57,4% entre las mujeres. Los cuidados explican una parte importante de esa brecha: cuando aumenta el número de hijos, disminuye la participación laboral femenina, mientras la masculina prácticamente no cambia. Nos alarma que en el futuro falten aportantes, pero hoy muchas mujeres no pueden trabajar, o no pueden hacerlo como quisieran, porque los cuidados continúan recayendo principalmente sobre ellas. Todavía tenemos margen para actuar. La población de entre 15 y 64 años alcanzaría su máximo hacia 2033 y el número de cotizantes podría continuar aumentando hasta 2036. La próxima década será decisiva. Por otra parte, la experiencia de los países escandinavos muestra que más empleo femenino no implica necesariamente menos nacimientos. En Suecia, la fecundidad aumentó de 1,50 hijos por mujer en 2000 a 1,98 en 2010, en un contexto de elevada participación laboral femenina, servicios de cuidados y licencias parentales. La sostenibilidad previsional no depende solo de cuántos uruguayos nazcan, sino de cuántos puedan trabajar, en qué condiciones lo hagan y cuánto valor genere su trabajo.

La paradoja educativa: menos estudiantes, una oportunidad para no perder a ninguno

La caída de los nacimientos ya comenzó a impactar en las aulas. Entre 2012 y 2024, la matrícula de la educación obligatoria disminuyó en unos 47.000 estudiantes. El INEEd proyecta que entre 2024 y 2036 habrá 165.000 alumnos menos y que, hacia 2070, la reducción llegará a 313.000 (poco más de la mitad de la matrícula actual) (3).

La contracción obligará a reorganizar centros, cargos docentes e infraestructura, y permitirá liberar algunos recursos que podrían ser reasignados. Como señalan Rofman y Della Paolera en el libro mencionado, por primera vez muchos sistemas educativos dejarán de estar presionados por construir más escuelas para absorber poblaciones infantiles crecientes. Los recursos pueden dirigirse ahora a mejorar la calidad. Si el presupuesto no cae al mismo ritmo que la matrícula, Uruguay podrá aumentar la inversión por estudiante, extender el tiempo pedagógico, universalizar la educación inicial, personalizar los apoyos, mejorar la formación docente e incorporar las tecnologías y competencias necesarias para un mercado de trabajo en transformación. La caída de la matrícula puede administrarse como un ajuste fiscal o convertirse en una inversión en capital humano. En un país con cada vez menos niños, perder a uno solo dentro del sistema educativo debería ser cada vez más inaceptable.

La paradoja migratoria: atraemos migrantes, pero nos cuesta retenerlos

En un país pequeño, envejecido y con crecimiento natural negativo, la inmigración podría compensar parte de la pérdida de población y ampliar la fuerza de trabajo. Uruguay recibió en la última década un contingente importante de nuevos migrantes. El Censo 2023 registró 56.900 personas nacidas en el exterior que habían llegado durante los diez años anteriores, frente a 24.500 captadas en igual período por el Censo 2011. Los cotizantes extranjeros al BPS pasaron de 59.112 en 2017 a 93.689 en 2023. Sin embargo, esa corriente no se tradujo en un crecimiento migratorio significativo. Curiosamente, entre 2011 y 2023, el saldo migratorio total del país fue ligeramente negativo, en unas 7.800 personas. La emigración continúa siendo un rasgo estructural de nuestro país: una estimación de 2017 situaba en unos 358.000 a los nacidos en Uruguay que residían en el exterior (alrededor del 10% de la población residente). A la salida “por goteo” de uruguayos, se agrega la re-emigración de algunos extranjeros. En 2025 se registraron 36.637 ingresos y 37.139 egresos de personas de nacionalidad venezolana: por primera vez, el balance anual de movimientos fue levemente negativo (salieron más de los que ingresaron).

Entre los cubanos hubo 22.550 ingresos y 7.589 egresos, por lo que el flujo continuó siendo positivo. Si bien se trata de movimientos fronterizos, no de personas únicas, estos datos muestran que para muchos migrantes Uruguay no es el lugar donde afincarse, sino un destino transitorio, para luego irse a otros lugares. El país ofrece facilidades para regularizar la residencia y acceder a la salud y a la educación, pero eso no garantiza la construcción de un proyecto de largo plazo. El costo de vida, la vivienda y, especialmente, la dificultad para encontrar empleos de calidad y acordes con la formación limitan el arraigo. La inmigración podría ser parte de la respuesta al envejecimiento, pero en las condiciones actuales no parece ser suficiente: necesitamos que quienes llegan —y también quienes nacieron aquí— encuentren razones para imaginar su futuro en Uruguay.

Una nueva demografía exige nuevas instituciones

Las paradojas recorridas contienen una misma enseñanza: la demografía no es, en sí misma, el problema. El problema son las respuestas institucionales que damos a sus transformaciones. Nos preocupa vivir más, pero mantenemos sistemas previsionales pensados para vidas más cortas. Nos alarman las nuevas demandas sanitarias, pero conservamos un modelo asistencial diseñado para otra epidemiología. Nos inquieta que nazcan menos niños, pero no estamos aprovechando la oportunidad de invertir más en cada uno. Muchos de los cambios que describimos como parte de la crisis demográfica son avances de la humanidad. Vivimos más años. Menos adolescentes atraviesan embarazos no deseados. Las personas tienen mayor libertad para decidir sobre sus proyectos familiares. Lo que puede condenarnos no son los números de nuestra población, sino la rigidez de las instituciones y políticas con las que estamos respondiendo a estas realidades.

El Estado deberá adecuar la seguridad social a una sociedad longeva; transformar el modelo de salud para priorizar prevención, rehabilitación y autonomía; construir un sistema de cuidados que facilite la plena incorporación de la mujer al mercado de trabajo; ampliar el tiempo pedagógico en primaria y secundaria; y preparar a los jóvenes para un mercado de trabajo tecnologizado. Frente a una fuerza laboral más pequeña y envejecida, la respuesta debe ser la formación permanente, la reconversión productiva y el aumento de la productividad. La encrucijada uruguaya no se resuelve lamentando que falten niños ni temiendo que vivamos demasiados años. La transformación demográfica nos regaló más tiempo de vida y mayor autonomía para decidir. El éxito o el fracaso dependerá ahora de la audacia con la que adaptemos nuestras instituciones. Esa —y no la nostalgia por el país joven que fuimos— debería ser una de las grandes discusiones de nuestra política.

Referencias (1) Artículo con un resumen de algunos pasajes del libro disponible en: https://seul.ar/revolucion-demografica-rofman-libro/ (2) Artículo disponible en el portal de El Observador en: https://www.elobservador.com.uy/nacional/un-tercio-los-uruguayos-dice-que-cada-ve z-se-tiene-menos-hijos-por-falta-medios-economicos-segun-encuesta-el-observadory-academicos-la-udelar-n6037408?u

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