En la madrugada del lunes 28 de abril, pocas horas después de que el keniata Sabastian Sawe cruzara la meta del Maratón de Londres con un tiempo de 1:59:30 —el primero en la historia en terminar un maratón oficial en menos de dos horas—, Adidas abrió la venta masiva de la zapatilla que llevaba puesta. El Adizero Adios Pro Evo 3 había tenido un lanzamiento limitado el viernes previo, dos días antes de la carrera, con un precio de 500 dólares. Pero fue recién el lunes, con el récord consumado, que el público general pudo comprarlas. Se agotaron en menos de una hora. En StockX, la plataforma de reventa, ejemplares en talles grandes llegaron a ofertarse a más de 5.500 dólares. Era el mercado ratificando lo que había ocurrido el día anterior en las calles de Londres.
Y lo que ocurrió el domingo 27 de abril de 2026 fue un hito deportivo y el capítulo más reciente de una guerra comercial que lleva décadas. Una guerra en la que Nike disparó primero, financió la investigación, construyó el relato y vio cómo Adidas cosechaba el fruto.
El origen: una marca fundada contra la otra
En 1964, el entrenador de atletismo Bill Bowerman y su ex pupilo Phil Knight fundaron un proyecto empresarial increíblemente modesto y que con los años se convertiría en Nike, el gigante global. La premisa inicial era simple: las zapatillas que existían en el mercado de su época eran caras y no eran lo suficientemente buenas para los corredores. Pasaron años de experimentos caseros, fracasos y peleas hasta alcanzar la independencia y el éxito, pero la obsesión fue en esencia siempre la misma: un calzado de menos peso, más retorno de energía, mejor rendimiento. Del otro lado siempre había estado Adidas, una marca fundada oficialmente en 1949 pero con orígenes familiares que se remontan a los años '30. Y que reinaba en el mercado mundial del calzado deportivo con la sola oposición de Puma, sus rivales de la otra rama de la familia Dassler.
Nike tardó en llegar a la pelea de fondo, en volverse una amenaza real para Adidas. Pero cuando llegó, llegó con todo. En los años '70 y '80 revolucionó el mercado con modelos como las Waffle y las Air Max, redefinió el marketing deportivo con Michael Jordan y construyó una maquinaria de patrocinios que abarcaba todas las disciplinas del running. Nunca dejó de ser una marca creada y dirigida por corredores. Su maquinaria publicitaria rompió con todos los moldes en los años '90, y ya en el nuevo siglo Nike no solo fabricaba zapatillas: fabricaba cultura.
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Adidas también pasó por varios traumas familiares y empresariales, pero nunca renunció a la pelea por la cima. En el atletismo de fondo, se mantuvo como una referencia técnica. Haile Gebrselassie, el legendario fondista etíope, calzaba Adizero cuando en septiembre de 2008 batió su propio récord mundial en Berlín por 29 segundos, y los keniatas Patrick Makau, Wilson Kipsang y Dennis Kimetto repitieron la hazaña con la misma marca entre 2011 y 2014. Cuatro récords mundiales consecutivos en manos de Adidas, en la distancia que más había crecido en popularidad y visibilidad global. Y entonces Nike entendió que necesitaba un nuevo golpe de efecto.
Monza, 2017: cuando la ciencia se volvió espectáculo
En noviembre de 2016, Nike anunció el proyecto Breaking2: un intento científicamente controlado de hacer correr a un ser humano 42.195 metros en menos de dos horas. El atleta central fue Eliud Kipchoge, por entonces campeón olímpico y el mejor maratonista del mundo. El escenario elegido fue el Autódromo Nacional de Monza, en Italia, por su trazado plano y sus condiciones climáticas predecibles.
El 6 de mayo de 2017, a las 5.45 de la madrugana, Kipchoge y otros dos atletas salieron a correr. Nike había controlado cada variable: la nutrición, la hidratación, el clima, y sobre todo la formación de "liebres", corredores asistentes que se rotaban en grupos de seis en una disposición aerodinámica en flecha, bloqueando el viento para Kipchoge durante toda la carrera y alentándolo a no bajar el ritmo. Esa rotación —liebres que ingresaban al circuito en distintos momentos— violaba las normas de la federación y hacía imposible la homologación del resultado como récord oficial.
Kipchoge terminó en 2:00:25. Falló por 25 segundos. La marca no contó. Pero la zapatilla que Nike desarrolló para el evento —el Vaporfly 4%, con una placa de fibra de carbono curvada embebida en espuma de alta respuesta— demostró que algo había cambiado para siempre. Estudios independientes calcularon que el calzado mejoraba la economía de carrera entre un 2 y un 4%, lo que en una maratón se traduce en varios minutos. Ninguna zapatilla había logrado algo así antes. La industria entera tomó nota.
La carrera armamentista y el regulador que llega tarde
Lo que Nike puso en marcha no pudo contenerlo. Todas las marcas desarrollaron su versión del concepto placa-espuma, y los récords en distancias de fondo empezaron a caer a un ritmo sin precedentes. La World Athletics intentó ordenar el escenario en 2020: estableció un límite de 40 milímetros en el grosor de la suela y restringió la cantidad de placas por zapatilla, pero evitó prohibir la tecnología. La lógica fue sostener la innovación sin romper la igualdad de condiciones. El resultado fue ambiguo.
El reglamento permitió que los prototipos en desarrollo —zapatillas que aún no están a la venta— se usaran en los grandes maratones de ciudad, que son precisamente donde los atletas profesionales disputan sus ingresos y sus récords. Solo quedaron prohibidos en Campeonatos del Mundo y Juegos Olímpicos. En la práctica, el atleta con sponsor de una gran marca puede estrenar tecnología no homologada en las carreras que importan; el que no lo tiene, no.
En octubre de 2019, Kipchoge volvió a intentarlo. En Viena, en otro evento controlado organizado por el grupo Ineos, corrió 1:59:40. De nuevo sin valor oficial. La barrera psicológica estaba rota en los hechos pero no en los libros de récords, y la pregunta de cuánto había aportado el calzado y cuánto el hombre quedó abierta. En 2023, el keniata Kelvin Kiptum corrió 2:00:35 en Chicago con un prototipo de Nike y estableció el récord mundial oficial. Meses después murió en un accidente de tránsito a los 24 años. La marca seguía siendo de Nike; pero la suerte estaba por cambiar otra vez.
El Evo 3 y la noche en la que Adidas recuperó el trono
Mientras Nike acumulaba récords y relatos, Adidas trabajaba en silencio. Durante tres años, el equipo de la línea Adizero pasó por más de una docena de prototipos, testeando en laboratorios en Herzogenaurach —ciudad natal de la marca, en Baviera— y en campamentos de entrenamiento en altura en Kenia y Etiopía. El objetivo era combinar lo que parecía imposible: máxima altura de mediasuela dentro de los límites reglamentarios, amortiguación suficiente para 42 kilómetros, y una zapatilla lo más liviana posible.
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El resultado fue el Adizero Adios Pro Evo 3, con un peso de 97 gramos en el talle 8,5 (UK): el primer supershoe por debajo de esa barrera. La espuma Lightstrike Pro Evo pesa un 50% menos que la generación anterior y devuelve un 11% más de energía en el antepié. En lugar de una placa de carbono lineal, la zapatilla incorpora el sistema EnergyRim, una estructura de carbono que envuelve la mediasuela y distribuye mejor las fuerzas de propulsión. Según Patrick Nava, director general de Running de Adidas, la zapatilla mejora la economía de carrera en un 1,6%. "A este nivel —declaró Nava— eso se traduce en minutos, que en última instancia determinan si estás por encima o por debajo de la marca de las dos horas."
El domingo, Sawe y el etíope Yomif Kejelcha cruzaron la línea de llegada en menos de dos horas con el mismo modelo de zapatillas en los pies. Tigist Assefa, ganadora de la carrera femenina, también estableció un nuevo récord con el Evo 3. Tres atletas, tres récords, una zapatilla. Adidas había tomado la delantera en la carrera dentro de la carrera, y lo hizo con una zapatilla que el mundo entero conoció recién dos días antes, cuando llegó a las vidrieras en una tirada limitada que pasó casi inadvertida.
La respuesta de Nike llegó ese mismo domingo en Instagram: "El reloj fue reseteado. No hay línea de llegada", escribió la marca junto a una frase de Kipchoge, con la ubicación de la publicación fijada en Londres. Una felicitación elegante desde el bando derrotado.
Nava, en tanto, ya mira hacia adelante. "Estamos trabajando en la próxima zapatilla —declaró—. Mantener el peso liviano sigue siendo importante, pero hemos llegado a un territorio donde eso ya no tendrá el mismo impacto que en los últimos años. Estamos trabajando en otros parámetros." Sesenta años después de que Phil Knight decidiera que podía hacer mejores zapatillas que Adidas, la competencia sigue sin línea de llegada.