Durante décadas, el mundo creyó que las “tierras raras” eran un problema geológico, un asunto de yacimientos y mapas mineros. En realidad, el problema nunca fue de escasez sino de disposición.
Las tierras raras, el grupo de diecisiete elementos metálicos que permiten fabricar motores eléctricos, chips, misiles y turbinas eólicas, se distribuyen en casi todos los continentes. Lo que las hizo “raras” no fue su cantidad, sino la voluntad política de ensuciarse para obtenerlas.
China entendió esto en los años noventa, mientras Occidente predicaba sostenibilidad y externalizaba sus desechos industriales, Pekín tomó una decisión estratégica al asumir el costo ambiental a cambio del dominio tecnológico futuro.
Tres décadas después, la dependencia es total, así, Estados Unidos, Europa y Japón pueden descubrir nuevos yacimientos, pero carecen del ecosistema químico, industrial y humano que China construyó con paciencia. Extraer es fácil pero refinar es lo que contamina.
Separar los metales requiere ácidos concentrados, agua en volúmenes masivos y una gestión de residuos que ninguna democracia quiere cerca de su electorado. Durante años, la comodidad económica y el discurso ambientalista se combinaron para justificar la dependencia. El resultado es la paradoja que los autos eléctricos, símbolo de una transición verde, dependen de una cadena de suministro anclada en el procesamiento más sucio del planeta.
Ahora, de pronto, el tema se presenta como una emergencia nacional. Washington promete independencia en dos años, Bruselas financia proyectos piloto y Tokio explora el Pacífico. Todos compiten por una pureza que nadie quiso producir. Sin embargo, el tiempo industrial no es el de la política. Un ciclo completo de exploración, financiación y construcción puede llevar entre seis y dieciocho años. Y ni siquiera eso garantiza autonomía ya que los imanes, aleaciones y componentes resultantes seguirán siendo más caros que los chinos.
Aquí entra la verdadera variable nueva con la inteligencia artificial (IA). Hasta ahora, el discurso sobre tierras raras se trató como un problema físico, pero la IA lo transforma en un problema de conocimiento. Los modelos de aprendizaje profundo ya identifican patrones geológicos invisibles, optimizan la química del refinado y predicen fallas en las etapas de separación. Lo más importante, simplifican la experimentación para diseñar nuevos materiales con propiedades similares. En otras palabras, la IA acorta el ciclo que históricamente hacía inviable competir con China.
No resolverá la contaminación, pero sustituye parte de los procesos por simulación y predicción, reduciendo tanto el costo como el riesgo.
El dominio sobre las tierras raras no lo tendrá quien posea las minas, sino quien entrene los modelos capaces de encontrar sustitutos, optimizar la metalurgia y predecir el comportamiento químico de materiales aún inexistentes. China lo sabe, y por eso entrena modelos sobre su base de datos mineralógica. Occidente llega tarde al juego, otra vez, confundiendo la geología con la inteligencia. La verdadera batalla por las tierras raras ya no está bajo tierra, está en los servidores.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.