En 2025, el mundo quemó más gas del que consume todo el continente africano en un año. El dato surge del último Global gas flaring tracker report, el informe anual del Banco Mundial publicado el 23 de junio de 2026, que confirmó que la quema de gas —práctica conocida como flaring— alcanzó los 167.000 millones de metros cúbicos (bcm) a nivel global, el tercer aumento consecutivo y el registro más alto en seis años. El gas desperdiciado de esa manera tuvo un valor estimado de 54.000 millones de dólares: más de lo que exportó en gas licuado todo el Golfo Pérsico durante ese mismo período.
El informe, elaborado en conjunto con el Instituto Payne de la Universidad de Minas de Colorado a partir de datos satelitales, no solo cuantifica el desperdicio sino que lo pone en contexto con la crisis energética global. Más de 666 millones de personas en el mundo no tienen acceso a electricidad confiable. El gas que se quema en las antorchas de los pozos petroleros alcanzaría para abastecer a toda África. "Las tecnologías, las políticas y los mecanismos de financiamiento necesarios para capturar y utilizar el gas asociado están disponibles. Lo que falta, en demasiados lugares, es el liderazgo, la priorización y la gobernanza para ponerlos en práctica", dijo Zubin Bamji, gerente del programa de Reducción Global de Quema de Gas y Emisiones de Metano del Banco Mundial.
Nueve países concentran el problema
El fenómeno del flaring no está distribuido uniformemente. Nueve países —Rusia, Irán, Irak, Venezuela, México, Libia, Argelia, Nigeria y Estados Unidos— concentraron el 83% de todo el gas quemado en 2025, aunque producen apenas el 46% del petróleo mundial. Rusia encabeza el ranking con el 18% del total global, y encima aumentó su quema un 9% respecto al año anterior sin que su producción de petróleo creciera. México tuvo el salto más abrupto en términos relativos: un 28% más de gas quemado y una intensidad de quema —es decir, el volumen de gas quemado por barril de petróleo producido— que casi triplicó el promedio mundial.
El informe describe las causas con precisión: en Rusia, el problema se concentra en Siberia Oriental, donde los pozos siguen creciendo pero la infraestructura para aprovechar el gas asociado no los acompaña. En México, la estatal Petróleos Mexicanos (PEMEX) acumula deuda, plantas de procesamiento envejecidas y una brecha entre campos con producción creciente e infraestructura insuficiente. Las plantas de Cactus y Perdiz, mencionadas explícitamente en el informe, son focos persistentes de quema.
En el otro extremo, Kazajistán redujo su quema un 16% en 2025 y acumula una baja del 87% desde 2012, logro atribuido a regulaciones consistentes e inversión en infraestructura. Estados Unidos, por su parte, registró la mayor reducción absoluta del año: 0,4 bcm menos, equivalente a una baja del 7%. El factor decisivo fue la habilitación del gasoducto Matterhorn Express, que alivió el cuello de botella en la evacuación del gas de la cuenca del Pérmico, en Texas y Nuevo México.
El informe también introduce un indicador novedoso, el Índice de Gas de Antorcha Importado (IFG, por sus siglas en inglés), que mide a cuánto flaring quedan expuestos los países que importan petróleo crudo de naciones con alta intensidad de quema. Grecia, España e Italia encabezan ese ranking entre los países de la OCDE, por su dependencia del crudo de Irak, Libia, México y Rusia.
El caso argentino: Vaca Muerta entre el boom y el desafío
En ese mapa global de retroceso, Argentina aparece entre los países que redujeron tanto el volumen de gas quemado como su intensidad durante 2025. El informe del Banco Mundial señala el caso como un ejemplo de lo que ocurre cuando confluyen inversión en infraestructura y decisiones de política energética.
La explicación tiene nombre propio: el gasoducto Perito Moreno —antes llamado Néstor Kirchner—, que desde 2023 amplió la capacidad de evacuación del gas de Vaca Muerta, y las expansiones de la planta de procesamiento de Tratayén, que en los primeros meses de 2025 incrementaron su capacidad de procesar el gas asociado al petróleo de la cuenca neuquina. La comparación con lo ocurrido en el Pérmico estadounidense no es casual: el informe la traza explícitamente, porque ambas cuencas son desarrollos de petróleo no convencional con dinámicas similares de crecimiento acelerado que supera la capacidad de la infraestructura disponible.
El contexto local hace que la mejora sea, al mismo tiempo, un punto de partida más que un punto de llegada. El gas asociado al petróleo en Vaca Muerta creció cerca de un 45% durante 2025, impulsado por el salto en la extracción de shale oil en áreas como Bandurria Sur, Mata Mora Norte y La Calera. En enero de 2026, ese gas asociado alcanzó un récord histórico de 26,7 millones de metros cúbicos diarios. El desafío es que ese volumen creciente requiere más gasoductos, más plantas de procesamiento y más inversión en cadena para que el gas no termine siendo quemado.
En ese escenario, proyectos como Vaca Muerta Liquids —liderado por Pluspetrol— y Argentina LNG —de YPF con Eni y la emiratí XRG/ADNOC— apuntan a capturar ese gas, fraccionarlo en componentes de alto valor como etano, propano y butano, y licuarlo para exportación. Son, también, la respuesta estructural al problema del flaring en una cuenca que no para de crecer.
El costo ambiental y económico de seguir quemando
Más allá de los números de producción, el informe subraya las consecuencias ambientales del flaring a escala global. La quema de gas en 2025 generó 429 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, de las cuales 50 millones correspondieron a metano sin quemar, liberado directamente a la atmósfera. El metano es un gas de efecto invernadero cuyo impacto en el calentamiento global es varias decenas de veces mayor que el del dióxido de carbono en el corto plazo.
El informe señala, además, que las estimaciones convencionales podrían estar subestimando las emisiones de metano. Si la eficiencia real de combustión de las antorchas es del 94% en lugar del 98% que se asume habitualmente, las emisiones de metano del flaring serían el triple de lo calculado. La razón: muchas antorchas operan de manera deficiente, o directamente apagadas, ventilando gas sin quemar.
Desde 2012, el mundo quemó más de 2 billones de metros cúbicos de gas. Esa cifra supera la mitad del consumo global de gas de 2024. El costo estimado de eliminar la quema rutinaria de gas a escala mundial ronda los 70.000 millones de dólares, apenas algo más que el valor del gas desperdiciado en un solo año. La brecha entre lo que se pierde y lo que costaría evitarlo es, en términos técnicos y económicos, casi irrazonable. Lo que falta, concluye el Banco Mundial, no es tecnología ni dinero: es voluntad política.