15 de enero 2025 - 15:13hs

Roberto Moldavsky es más que un humorista. Es un narrador nato que transforma los momentos más simples de la vida cotidiana en risas compartidas. Con Luis Majul, Moldavsky revisa los capítulos más importantes de su vida: desde los días en el barrio de Once vendiendo camperas hasta llenar teatros con su humor ingenioso y auténtico. A lo largo de la entrevista, reflexiona sobre la familia, el impacto de las redes sociales y cómo sus referentes, desde Olmedo hasta Woody Allen, lo ayudaron a construir su identidad artística.

-Roberto, ¿cómo te definís?

Diría que soy un buen tipo, sociable, familiar, con una fuerte adicción al hidrato de carbono. La panera es mi perdición. Pero más allá de eso, creo que soy buen amigo y buen padre. Valoro mucho a mi familia y mis amigos, son pilares en mi vida. También me gusta la gente; soy alguien muy sociable y siempre trato de buscar lo positivo en los demás.

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-Tu creatividad es innegable. ¿Cómo nace un chiste o una rutina en tu mente?

Siempre empiezo con un cuaderno y una birome. Soy de escribir todo a mano, como un ritual. Después lo paso a la computadora. A veces uso el celular para grabar ideas que surgen en momentos insólitos. Por ejemplo, el otro día estaba en la cama con mi pareja y me puso los pies helados abajo de los testículos. Agarré el teléfono y grabé: "Vamos a congelar espermas". Fue a las seis de la mañana, pero sabía que eso tenía que estar en el show.

-¡Qué buena anécdota! ¿Y cómo incorporás temas de actualidad en tus espectáculos?

Es fundamental para mí. Por ejemplo, en Uruguay, durante el show "Playa Chivito y Moldavsky", metí un segmento sobre Wanda Nara e Icardi. Todo empezó con las metáforas que usa Mauro, como la famosa "hamburguesa". En el escenario decía que hasta podrían sacar un combo "Wanda". Pero lo que más me divierte es explorar los puntos de vista más insólitos de cada tema. Es un desafío constante.

-¿Qué significa para vos haber pasado por diferentes etapas de vida?

Cada etapa fue una vida diferente. Desde vender camperas en Once hasta vivir en un kibutz en Israel, pasando por esta nueva vida como humorista. El kibutz me enseñó a vivir sin la presión constante de la plata, y eso me permitió ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando volví a la vida en Once, con todo lo que implica la guita, tenía una mirada más relajada. Ahora, en esta cuarta vida, hago lo que amo y siento que estoy en el lugar donde siempre quise estar.

-¿Qué rol jugó tu familia en tu camino al humor?

Mi casa era un lugar lleno de cultura y comida. Mi papá, judío ruso, y mi mamá, árabe, vivieron una fusión muy especial. Una vez hicimos una competencia en casa entre comida árabe y rusa: los árabes ganamos, por supuesto. Además, mis hijos son mis mayores críticos y colaboradores. Siempre les pido que vean mis espectáculos antes de lanzarlos. Galia, mi hija, es feroz en sus devoluciones, y mi hijo es un excelente editor.

-Hablemos de Gerardo Rozín, alguien importante para vos.

Gerardo fue un amigo entrañable. Nos conocimos tarde, pero fue una amistad que valió por años. Hasta vino a dormir a mi casa en Mar del Plata, algo que nunca hacía. Él siempre decía que era el tipo que más creía en mi talento, y eso me marcó profundamente. Gerardo era un puente entre mundos, alguien que entendía el humor y la música como pocos.

-¿Y tu experiencia con Jorge Lanata?

-Trabajar con Lanata fue una experiencia única. Cuando transmitíamos desde su casa, siempre llegaba 30 o 40 minutos antes para charlar con él. Hablábamos de arte, de Israel, de cosas de la vida. Recuerdo que una vez le dije que tenía que dejar de fumar porque no estaba en una isla; lo que le pasara a él afectaba a todos los que lo queríamos. Me respondió con su clásico humor ácido, pero sé que lo sintió. Lanata es alguien que siempre deja enseñanzas, incluso en los momentos más simples.

-Sos muy abierto con tus influencias. ¿Quiénes te inspiraron en el humor?

Olmedo, sin dudas. Él rompió la cuarta pared, improvisaba y hacía cosas que en ese momento nadie se animaba a hacer. Tato Bores también fue un maestro, sobre todo en el humor político. En el humor judío, Woody Allen marcó un antes y un después. Su capacidad para combinar comedia y drama es única. Él puso en la mesa las neurosis judías, la culpa, los psicólogos, todo eso que es tan propio de nuestra cultura.

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-¿Cómo manejás las redes sociales, especialmente las críticas?

Es un terreno complicado. Como decía Miguel Granados, "los malos son los que más escriben". A veces la gente no quiere opinar, sino herir. Pero aprendí a no engancharme. Mi hija pasó un proceso difícil por esto y siempre le digo: "Si alguien busca lastimarte con un comentario, ignoralo". Igual, no voy a mentir, hay días que me jode.

-Si pudieras tomar un café con alguien de la historia, ¿a quién elegirías?

Mordejai Anilevich, el líder de la rebelión del gueto de Varsovia. Fue un héroe que luchó contra los nazis con apenas 21 años. Sería un honor escuchar su historia directamente de él. También pienso en Belgrano; creo que sería fascinante escuchar lo que diría sobre nuestro país hoy.

-¿Qué es lo que más disfrutás de tu trabajo?

Hacer reír. Es mágico ver a alguien sonreír gracias a algo que dijiste. Es una conexión única. Además, el humor tiene esta capacidad de unirnos, de romper barreras. Me siento muy afortunado de poder hacer esto.

-¿Qué pensás del estado actual del humor en Argentina?

Está más vivo que nunca, pero ahora lo vemos mucho en las redes. Hay estandaperos increíbles como Pablo Sanjiao y Connie Ballarini. Las chicas como Malena Guinzburg o Dalia Gutmann están rompiendo esquemas con un humor que antes no se permitía tanto en mujeres. La televisión debería recuperar programas de humor porque hay mucho talento ahí afuera.

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