16 de agosto 2025 - 9:21hs

El núcleo del fracaso de Irán, de Hamás, de Hezbolá y de los hutíes no es ni étnico, ni religioso en el sentido clásico. No son del mismo pueblo, no profesan la misma rama del islam, no comparten historia, lengua, ni territorio. Lo que comparten es algo más profundo y más destructivo: organizan su política, su estrategia y su guerra alrededor de un ente inexistente. No es que confíen en algo que rara vez se manifiesta, o que adopten una cosmovisión metafísica. No. Hablan, actúan y mueren por un amigo imaginario. Ese amigo se llama Alá, o Dios, o Jehová, da igual. Ninguno de ellos existe. No están en ningún campo de batalla, no salvan a nadie, no protegen, no castigan. Son construcciones mentales sostenidas por el deseo, por el miedo y por el adoctrinamiento, pero no tienen existencia objetiva. Y el precio de esa ilusión es altísimo.

La diferencia estructural entre estos grupos y un país como Israel está en el método. Israel puede tener creyentes, incluso muy fervorosos, pero el Estado no toma decisiones guiado por plegarias. Las Fuerzas de Defensa de Israel no consultan libros sagrados antes de ejecutar una operación. Consultan radares, imágenes satelitales e inteligencia. No hay una figura invisible en su cadena de mando; hay datos, hipótesis y simulaciones. Mientras del otro lado hay rezos, cánticos, gritos en árabe proclamando la grandeza de algo que no aparece, que no actúa y no responde; entre tanto, del lado israelí hay planificación quirúrgica y fría. Y cuando llegan los misiles, cuando caen las bombas, no hay alá, no hay intervención divina. Solo hay muerte y desilusión. El grito desesperado de "Alá Akbar" mientras se derrumba un edificio no es un acto de fe, es la expresión final del engaño: se esperaba una mano invisible que no vino, porque nunca estuvo.

El problema no es creer. El problema es organizar la vida colectiva, las instituciones, la estrategia militar y la estructura del poder sobre la base de una mentira. No hay dioses ni voluntad superior. No hay otra voz que la del propio fanático hablándose a sí mismo. Y cuando se entra en guerra bajo ese sistema de pensamiento, se entra en inferioridad por falta de anclaje en lo real. Lo que destruyó a estos grupos no es solo el enemigo externo, sino la arquitectura de autoengaño que los mantiene en movimiento. La religión no es aquí una guía espiritual: es un GPS roto que apunta a un destino que no existe. Y cuando se sigue un camino trazado por una voz ficticia, la única certeza es el desastre.

Esta es una diferencia brutal. Israel actúa con cálculo. Ellos actúan con fe. Israel mide las consecuencias. Ellos esperan milagros. Y los milagros no existen, como no existe el dios al que invocan. La guerra, en ese contexto, no es solo un enfrentamiento armado: es un choque entre la razón y la fantasía. Y la fantasía, por muy armada que esté, siempre pierde.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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