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El presidente Javier Milei jamás estuvo del todo de acuerdo con descongelar los sueldos de los escalafones más altos de la administración pública; incluso llegó a haber discusiones dentro del Gabinete. Esas ideas y vueltas quedaron expuestas en el giro de último momento en donde el jefe de Estado optó por mantener freezados sus ingresos y los de Victoria Villarruel.

El aumento de sueldos para el Presidente hasta los Directores Nacionales fue una decisión que se tomó hace dos semanas, con el aval de Javier Milei. Incluso varios miembros del gabinete deslizaron que, ante dos años de congelamiento de sueldos, lo mejor era otorgar esas sumas en tramos. Se llegó a estipular que se haga en tres partes para así maquillar un poco lo que sería un incremento cercano al 100%. Cuando se filtró la noticia comenzaron los problemas.

Javier Milei congela su sueldo pero habilita las subas desde ministros hacia abajo

El ruido no fue sólo hacia afuera. Dentro de la Casa Rosada se activó una discusión política fina: cuánto valía sostener el gesto “anti casta” y cuánto costaba, en la práctica, administrar un Estado con salarios de cúpula que quedaron descalzados frente a la inflación y frente a los sueldos del sector privado. En ese debate jugó un rol central el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, que desde 2024 venía empujando la idea de mantener el congelamiento como símbolo. Fue él quien, en los primeros meses de gestión, le llevó la propuesta a Milei con un argumento simple: la señal tenía que ser hacia arriba, y no hacia abajo.

Milei “compró” esa lógica por convicción y por utilidad. Convicción porque el Presidente entiende que su capital político está atado a la ruptura con las liturgias del poder. Utilidad porque la motosierra, en su narrativa, necesita un correlato personal. Pero el Gobierno también aprendió que ese tipo de gestos, si se vuelven rígidos, abren un problema de funcionamiento. Y ahí apareció la otra mitad del gabinete: la que mira la gestión y no sólo la épica.

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Javier Milei habilitó la suba de sueldos para sus ministros y mantiene congelado el de Victoria Villarruel.

Luis "Toto" Caputo le ganó la pulseada a Federico Sturzenegger por los sueldos

El que encabezó la avanzada para destrabar el tema fue el ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo. En su mesa lo plantearon como un asunto de competitividad estatal: con los salarios congelados se volvió cada vez más difícil seducir a perfiles técnicos del sector privado para que se sumen a áreas sensibles del Estado. No se trataba únicamente de ministros o secretarios: el congelamiento arrastraba a toda la pirámide alta, y empezaba a generar una rotación silenciosa o, peor, una imposibilidad de cubrir posiciones clave.

En paralelo, el congelamiento había generado una trampa administrativa que complicaba la vida cotidiana del oficialismo. La regla de que nadie puede cobrar más que un ministro terminó jugando en contra de la propia construcción de equipos. Parte del personal profesional que desembarcó con La Libertad Avanza —especialistas que dejaron el sector privado o consultoras— quedaba atado a un techo salarial que, con el paso del tiempo, se volvía cada vez menos defendible. Eso también frenó la distribución de unidades retributivas: cuando se intentaba recomponer sueldos por esa vía, el tope operaba como un candado. El Gobierno se encontraba con una paradoja: quería ordenar y profesionalizar, pero su propia bandera le impedía pagar.

Milei caputo

Javier Milei habilitó la suba de sueldos para sus ministros y mantiene congelado el de Victoria Villarruel.

Las tensiones dentro del gabinete por la suba de sueldos

Esa tensión expuso otra grieta, más política que técnica. En el llamado triángulo de hierro —la secretaria General, Karina Milei, y el asesor presidencial Santiago Caputo— no estaban de acuerdo con que el sueldo del Presidente se descongele. El temor era claro: si se abría la puerta, la foto se volvía inevitable. Y en un clima social todavía marcado por el ajuste, el gesto podía licuar parte de la narrativa oficial.

El argumento que terminó imponiéndose fue que el Estado no puede funcionar si la conducción se transforma en un voluntarismo. Pero la política, en este Gobierno, se define por señales. Y ahí se explica el giro final que se cocinó cuando la noticia se filtró y empezó a escalar. Milei, junto al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, más Karina Milei y Santiago Caputo, terminó de cerrar la salida intermedia: el descongelamiento regirá para la estructura desde ministros hacia abajo, pero no para el Presidente ni para la vicepresidenta.

Javier Milei aprovecha para dejarle una "gentileza" a Victoria Villarruel

Ese recorte, hacia adentro, fue leído como una síntesis de las dos posturas. La gestión necesitaba recomponer la escala alta para evitar el vaciamiento silencioso. La política necesitaba preservar el gesto fundacional. En ese equilibrio quedó también la vicepresidenta Victoria Villarruel, con un agregado: el congelamiento de sus ingresos fue sostenido como otra señal de tensión. En el oficialismo lo dicen en voz baja: mantener el sueldo de Villarruel en el mismo estado que el de Milei es una manera de cubrirse frente a la crítica, pero también de marcar que la relación sigue atravesada por desconfianzas.

En la Casa Rosada, sin embargo, intentaron vender la decisión como una “gentileza” hacia Villarruel. El razonamiento es casi doméstico: a diferencia de Milei, la vice no cuenta con una residencia oficial y con todos los gastos asociados cubiertos, por lo que el congelamiento puro podía volverse más difícil de justificar. En el entorno presidencial lo plantearon como un gesto de equilibrio institucional. Pero en la lectura política, el mensaje fue más ambiguo: el Gobierno sostiene a Villarruel dentro del encuadre general, pero sin concederle autonomía ni centralidad.

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Javier Milei habilitó la suba de sueldos para sus ministros y mantiene congelado el de Victoria Villarruel.

Los problemas de los ministros para conseguir profesionales del sector privado

La secuencia dejó otra enseñanza para el oficialismo: el problema no fue sólo el contenido, sino la filtración. La discusión interna había avanzado con el esquema de tramos —tres partes para evitar el impacto de un salto nominal cercano al 100%—, pero cuando el dato se conoció, el Gobierno perdió el control del relato. Y cuando Milei pierde el control del relato, se pone incómodo. Su estilo no tolera grises mal comunicados: o es una decisión política cerrada o es un error.

Por eso, más allá del aumento en sí, lo que se terminó discutiendo fue quién manda en las señales del Gobierno. Sturzenegger defendiendo el congelamiento como bandera; Caputo empujando la recomposición como necesidad de gestión; Karina y Santiago blindando la simbología presidencial; Adorni oficiando de articulador para cerrar la salida. Y Milei, una vez más, eligiendo un punto intermedio para evitar que la discusión se transforme en una herida abierta.

Javier Milei vuelve con el discurso "anti casta"

En el fondo, la escena resume una tensión que va a repetirse: la administración libertaria quiere seguir hablando de ajuste, pero necesita un Estado que funcione. Y para que funcione, tiene que pagar. La pregunta que queda es cuánto margen tiene Milei para sostener el discurso “anti casta” cuando la agenda se le llena de problemas concretos: reclutamiento, profesionalización, retención de cuadros y ordenamiento de incentivos. Esta vez eligió preservar su propio congelamiento como escudo. La próxima, probablemente, el costo político sea más difícil de maquillar.

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