En la actualidad, la dificultad para el encuentro se profundiza con el uso de redes sociales, convertidas muchas veces en escenarios de violencia simbólica y manipulación. En Fratelli Tutti, el Papa advierte sobre el riesgo de que estos espacios, en lugar de fomentar el diálogo, se conviertan en “esferas cerradas” donde cada persona solo recibe información que refuerza sus prejuicios. En lugar de puentes, internet se llena de muros invisibles que nos aíslan del otro.
Francisco ha insistido en la necesidad de construir “puentes” en lugar de levantar “muros”. En su prédica, esta metáfora no es solo un llamado al diálogo interreligioso o político, sino una verdadera estrategia para salir del encierro de las identidades rígidas y encontrar caminos de encuentro en la diferencia. Frente a una época de crispación, donde las posiciones se radicalizan y el adversario es tratado como enemigo, la construcción de puentes aparece como una tarea política urgente.
Desde un ámbito muy distinto, Michel Foucault, en sus últimos cursos en el Collège de France, exploró la idea del gobierno de sí como una práctica de libertad. Para él, la ética no se reduce a normas impuestas, sino que implica un trabajo personal de autoconstrucción, un ejercicio de autodisciplina que permite vivir de acuerdo con principios elegidos conscientemente. En otras palabras, gobernarnos a nosotros mismos es el primer paso para poder gobernar con y para los demás. A su vez, este Foucault vuelve a la Grecia antigua, para recordarnos que el oráculo de Delfos no solo insistía en el “conócete a ti mismo” , sino fundamentalmente en “cuídate a ti mismo” o también “gobiérnate a tí mismo”, como primer paso para ser libres.
Si el Papa Francisco propone una política del encuentro, figuras como Elon Musk representan su contracara: una política del ego, donde el poder se construye desde la acumulación de seguidores, la espectacularización permanente y la manipulación algorítmica. Musk encarna lo que podríamos llamar la egopolítica, un modelo en el que el liderazgo se define por la imposición de una visión personalista y tecnocrática del mundo, sin mediaciones ni consensos.
Desde su compra de Twitter (hoy X), Musk ha demostrado cómo las redes sociales pueden convertirse en un espacio dominado por el capricho de unos pocos. Lejos de la promesa de democratización digital, lo que emergió es un sistema de control opaco donde el dueño de la plataforma puede amplificar o silenciar voces a voluntad. Mientras Francisco advierte sobre el peligro de los muros digitales, Musk construye su propio feudo, donde el discurso se ordena según sus intereses personales y empresariales.
Un Papa argentino, con raíces la justicia social, que nos recuerda que la política no puede basarse solo en la aniquilación del otro. Su llamado a la “cultura del encuentro” no es ingenuo ni neutral: es un gesto profundamente político, que desafía tanto a quienes promueven la grieta como a quienes se atrincheran en posiciones intransigentes.
La pregunta sigue abierta: ¿Cómo salir de la lógica del enfrentamiento permanente? Gobernarnos para no ser esclavos de nuestras emociones más destructivas y construir puentes para no quedar atrapados en una espiral de odio. Foucault y Francisco, en sus propias tradiciones, nos ofrecen herramientas para una convivencia más humana. Depende de nosotros tomarlas.