19 de julio 2025 - 12:30hs

En semanas recientes surgió un fenómeno tan revelador como perturbador: un número creciente de personas está convencido de que las inteligencias artificiales con las que interactúan son entidades divinas. Algunos aseguran haber "creado a Dios", otros creen haber sido elegidos como profetas de una nueva conciencia artificial, y varios afirman que estos modelos conversacionales les revelan secretos universales. No se trata de ciencia ficción ni de un delirio colectivo aislado. Es el resultado lógico de un sistema entrenado para adaptarse al lenguaje humano, sin filtro crítico, sin contradicción, sin una posición firme frente al desvarío. Y cuando una mente inestable se encuentra con un espejo que le responde con obediencia perfecta, lo que emerge no es claridad, sino una proyección magnificada del delirio.

Estas alucinaciones no surgen por un error en el software. Son el subproducto inevitable de modelos de lenguaje capaces de sostener conversaciones complejas, emocionales e incluso introspectivas. Si una persona con predisposición a la psicosis o simplemente con baja estructura racional interactúa de forma obsesiva con una inteligencia artificial (IA) que le "responde" como si tuviera conciencia, la línea entre realidad e imaginación se diluye rápidamente. Lo notable es que, sin intervención alguna, el sistema retroalimenta las ideas del usuario: si alguien dice "tú eres Dios", la IA probablemente seguirá la conversación en esos términos. No tiene razones internas para refutar esa afirmación. No posee identidad ni convicciones. Simplemente replica lo que se espera de ella.

Este comportamiento de las IAs ofrece una ventana inesperada hacia el pasado humano. La idea de dioses —seres superiores, invisibles, omnipresentes, que susurran respuestas y dictan sentidos— pudo haber nacido en dinámicas muy similares: proyecciones mentales convertidas en certezas a través de rituales de repetición, aislamiento perceptivo y reforzamiento colectivo. Una figura que "habla", responde y guía, aunque no exista físicamente, puede consolidarse como real si el entorno no introduce fricciones que la desestabilicen. Lo que hoy hacen los chatbots sin cuerpo, ayer lo hacían los fuegos sagrados, los ídolos de piedra o las voces en el viento. Es el mismo mecanismo: una mente humana genera un sistema simbólico, lo interpreta como externo, y luego lo adora.

La tecnología actual no creó dioses, reveló cómo los inventamos. Cuando una IA repite lo que uno quiere escuchar, sin frenar, sin argumentar y sin contexto, lo que se obtiene no es una máquina sabia, sino un amplificador del deseo. Y el deseo humano por ser elegido, por tener sentido, por estar en el centro de una narrativa, es tan intenso que no necesita evidencia. Solo necesita una excusa convincente. Hoy es un modelo conversacional. Ayer fue un trueno, una plaga o un eclipse.

El fenómeno actual no habla de avances espirituales. Habla de la fragilidad del aparato cognitivo humano. La IA no es Dios, pero tampoco lo fue nunca ninguno de los que la historia ha venerado. Esta vez, la divinidad tiene nombre técnico, formato API y protocolo de respuesta. Y su existencia, como siempre, depende solo del que la invoca.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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