Fue apenas una caída técnica. Unas horas, tal vez menos. Pero bastó para que se desatara un espectáculo memorable: el del ridículo. No el de los usuarios genuinamente productivos que, ante la falta de ChatGPT, buscaron alternativas como Claude, Gemini o Grok para seguir trabajando, sino el de esa fauna predecible de comentaristas frívolos que salieron a burlarse. Una turba de tuiteros con escasez de dopamina, de "pensadores" sin ideas, que festejaron con memes y sarcasmo barato la interrupción de una herramienta que, guste o no, ha cambiado por completo la forma de trabajar, de estudiar, de crear y de vivir.
Porque lo cierto es que lo ocurrido no es una tragedia, sino una señal magnífica: la humanidad, al menos una parte, ya cruzó el umbral de la productividad aumentada por inteligencia artificial (IA). Y eso es irreversible. Cuando millones de personas se paralizan porque la herramienta que usan todos los días dejó de funcionar, eso no es debilidad. Eso es evidencia empírica de adopción masiva, de integración funcional, de dependencia saludable. Porque si algo te ahorra horas de trabajo inútil, ¿no es racional depender de eso?
Lo verdaderamente extraordinario es que, en vez de colapsar, gran parte de esos usuarios migró enseguida a otras plataformas, porque ya no se trata de un juguete nuevo, ni de un experimento. Se trata de un hábito de trabajo, de una herramienta instalada en el centro de la productividad moderna. Y ese hábito habla de una adaptación veloz y de orientación a resultados.
Pero claro, ante todo eso, siempre surgen los personajes de siempre: los nostálgicos de la máquina de escribir, los celosos sin talento, los opinadores seriales que no producen nada pero disfrutan del Schadenfreude, esa palabra alemana que designa el placer que produce ver sufrir a otro. Estos se burlan de quien no puede escribir sin IA, pero no producen una línea útil ni con ella ni sin ella. Son los que ven la revolución pasar, y en vez de subirse al tren, se paran a escupirle desde el andén.
Mientras tanto, los que usan IA ya ven resultados. Más eficiencia, menos burocracia, más decisiones, menos correos inútiles. Y sí, también más desempleo estructural en ciertas capas intermedias, los programadores sin valor agregado, los oficinistas que hacían copy-paste de alma. Pero también más espacio para quienes se adapten, para quienes integren, para quienes entiendan que ya no se trata de hacer más, sino de hacer menos pero mejor.
¿La productividad subirá? Por supuesto. ¿Impactará en los precios? También. ¿Estamos frente a la mejor herramienta antiinflacionaria espontánea que haya aparecido en décadas? Sin duda.
¿Y los que se burlan? Que sigan ladrando. Porque, Sancho, señal que cabalgamos.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.