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Las fronteras argentinas son mucho más que líneas que separan países. En una nueva edición ampliada de libro Fronteras, Lucía Salinas explora los márgenes de estas zonas en donde las leyes parecen difusas y las organizaciones criminales encuentran un terreno fértil para sus actividades. En diálogo con El Observador, la autora cuenta cómo llegó a investigar estos espacios, donde la vulnerabilidad de las comunidades locales y la falta de control estatal permiten el crecimiento del narcotráfico y el contrabando. Desde las historias que recoge en la frontera norte hasta las nuevas e inquietantes revelaciones sobre la frontera sur, el libro invita a conocer cómo es la vida en las largas zonas fronterizas de nuestro país y de cómo lo que sucede allí impacta finalmente en el conjunto de la sociedad.

Fronteras fue inicialmente un libro digital y también un documental, es decir, un proyecto con un formato quizás no tan habitual. ¿Cómo describirías este proyecto y cómo llegaste a él?

Sí, diría que fue un proyecto 360. Además del ebook y el documental, también tiene sus podcasts y ahora sale la edición impresa del libro, que suma historias nuevas, inéditas, y además amplía el foco: la primera edición de Fronteras se concentraba en las fronteras del norte de la Argentina, y esta nueva versión incorpora también una mirada sobre toda la frontera sur de nuestro país.

El proyecto surgió a partir de mi trabajo periodístico, leyendo expedientes judiciales en los que vi algo que se repetía: jueces federales que tenían la obligación de investigar y perseguir narcotraficantes, pero que terminaban ellos mismos detenidos por favorecer a quienes debían investigar. Eso me llevó a indagar sobre el tipo de fronteras que tenemos en Argentina, que distan mucho de la idea que uno tiene sobre una frontera que divide o separa. Me encontré con lugares donde la frontera no es eso, sino un lugar muy propicio para las organizaciones criminales, que la aprovechan para llevar adelante sus actividades. En estos espacios, básicamente, se mueven enormes sumas de dinero, ya sea con mercadería o con estupefacientes vinculados al narcotráfico.

En tu libro se percibe que la frontera es un ámbito especial, con sus propias reglas, que combinan lo institucional y también las actividades ilegales. Para mucha gente que vive en esos lugares, la frontera es su ámbito natural. ¿Cómo ves que se cruzan estos aspectos? ¿Qué particularidades tienen?

Eso es algo que, efectivamente, planteo a lo largo de la investigación. La frontera, en muchos de estos casos, dicta sus propias leyes, en gran parte debido a un Estado notoriamente ausente, que deja que el delito moldee la idiosincrasia y la vida cotidiana de muchas comunidades. Me encontré con territorios que no son sencillos, no son fáciles de entender a simple vista. Uno llega con teorías, pero la realidad se impone y te muestra lo que realmente está ocurriendo en esos lugares.

De hecho, en varias partes del libro destacás esos cruces entre vida cotidiana y las actividades del crimen organizado, lo difuso del límite entre lo legal.

Es que además el crimen organizado no es siquiera una figura que exista en nuestro Código Penal, que lo suplanta un poco con la figura de la asociación ilícita. Pero, como su nombre lo indica, son organizaciones que tienen el trabajo bien segmentado, hasta tercerizado. Funcionan como grandes empresas: construyen circuitos, rutas, y saben perfectamente a quién delegar cada parte de ese circuito para cumplir con su cometido.

Algunos de los eslabones de esa cadena son las personas que viven en los márgenes de nuestro territorio, en un estado de vulnerabilidad total, porque no hay fuentes genuinas de trabajo que les garanticen un ingreso económico. Y es muy difícil romper con eso, porque hablé con chicos que eran tercera generación de "bagayeros", o de "paseros", la gente que vive de pasar mercadería de contrabando de un lado a otro de la frontera y te decían: "Toda mi vida vi a mi abuelo hacer esto, vivir de esto". Romper esa lógica es muy complicado.

Por eso, Fronteras, tanto en el norte como en el sur del país, y esta edición impresa con Editores del Sur, viene a poner en discusión justamente eso: ¿qué mirada le estamos imprimiendo a las fronteras? ¿Es solo la de control o, en algún momento, el Estado va a volver a ocupar su lugar, restituyendo derechos?

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¿Creés que esa falta de presencia estatal se debe a falta de recursos, de interés, o a que simplemente las instituciones se resignaron a que las cosas sigan así? ¿O se trataría incluso de cierta complicidad?

Me parece que es una combinación de varios factores. Todo esto ocurre porque alguien mira hacia otro lado o, directamente, participa para ayudar. Como contaba antes, había jueces que, en vez de perseguir el delito y detener a las personas, terminaban ellos implicados, porque eran parte de la organización criminal. Después, en muchas de esas rutas, lo que sucede es que, si tenés mercadería que es contrabandeada de norte a sur del país, es porque alguien no miró o alguien hizo la vista gorda, especialmente dentro de las fuerzas federales que controlan las rutas nacionales. Camiones, colectivos, autos que transportan grandes cantidades de mercadería y nadie los detiene. La verdad es que la connivencia es un factor que está bajo investigación.

Por otro lado, hay una pregunta latente que no tiene respuesta concreta, sólo sospechas. ¿A quién termina favoreciendo esto? Porque, en realidad, el crimen organizado, y sobre todo el narcotráfico, mueve un caudal de dinero que no lo mueve nada en el mundo. Parte de ese dinero se usa para comprar voluntades. Y eso es lo que genera los problemas que tenemos en lugares como Rosario, en la provincia de Santa Fe. Esa droga viene de la frontera norte del país y cruza al menos tres provincias. Lo mismo pasa con muchos operativos que se hacen en el sur del país, con mercadería contrabandeada que viene desde Paraguay y que atraviesa el país de punta a punta.

Les he preguntado por estas cuestiones a fiscales del sur del país y me decían que veían, tanto del lado argentino como del chileno, una suerte de mutación de las organizaciones criminales. Lo que planteaban era que ahora se profesionalizaron. Es decir, cuando arman el circuito también compran empresas para lavar el dinero que generan con sus actividades ilícitas y así insertarlo en el mercado. Siguen expandiéndose con negocios ilícitos, pero tienen empresas de transporte y otras que son sólo pantallas. Esa profesionalización también se vuelve un desafío para la justicia.

Mencionabas que en esta nueva edición ampliada extendiste tu trabajo aún más a las fronteras del sur. Y justamente, la tan extensa frontera con Chile no suele asociarse en general con los casos de contrabando que suele haber con Bolivia, o lo que sucede en la zona de la Triple Frontera.

Sí, me parece que hay una realidad, y es que tanto el norte como el sur del país tienen en común que el territorio facilita ciertas actividades. En el norte, vimos cómo las organizaciones criminales aprovechan que lo que separa un país del otro es apenas un alambrado, un riacho, como en La Quiaca, o que te podés meter en el monte y ya estás en el país vecino. En la estepa patagónica pasa algo similar: hay muchos campos fronterizos que tienen parte de su propiedad en suelo argentino, en Santa Cruz, y el resto en territorio chileno, separados solo por un alambrado. La Justicia ha detectado que estos campos se convirtieron en un ducto privilegiado para las organizaciones criminales, sobre todo para el contrabando.

En esta profesionalización de las organizaciones que mencionaba antes, ya no es que usan una sola ruta para contrabandear mercadería. Tienen rutas por las que transitan lo que más les conviene en cada momento, lo que les deja más ganancia. Desde el 2020, después de la pandemia, se vio un incremento de este movimiento, que se profesionalizó y que hoy está muy instalado. Han llegado a incautar enormes cantidades de cigarrillos de origen paraguayo. Esos cigarrillos entraron al norte argentino, cruzaron todo el país y llegaron hasta Santa Cruz.

Lo que pasa es que las organizaciones van haciendo una especie de "postas", cambiando vehículos para evadir los controles en rutas nacionales donde está, por ejemplo, la Gendarmería. Así es como logran llegar. Es cierto que todo lo que se contrabandea, e incluso la droga que se comercializa en el sur del país, tiene un costo más alto que la mercadería que entra en el circuito en el norte, debido al recorrido y a los riesgos que se asumen.

En tu libro te referís por ejemplo al caso de Itatí, en Corrientes, donde el narcotráfico tiene una penetración fuerte y también se convierte en un fenómeno cultural. El cine y las series internacionales han hecho famosas a la cultura narco en México, por ejemplo, en la frontera con Estados Unidos. ¿Creés que en Argentina se empiezan a dar fenómenos similares, por más que no se les preste tanta atención?

Lo que muestran estas organizaciones en la región es que no son cárteles como los que vemos en México o Colombia. No hay una disputa territorial violenta, al menos por ahora no lo vemos en nuestro país. Lo que tenemos son clanes familiares o grupos más pequeños, pero que funcionan con una lógica empresarial, donde todo se terceriza. Eso complica mucho las investigaciones judiciales, porque ya no es tan claro quién está contra quién o quién está detrás de cada operación. Esta tercerización también se hace para dificultar aún más el trabajo de la Justicia, porque el circuito se vuelve difuso o extremadamente ramificado en ciertos momentos.

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