Entonces, en lugar de hacerle otra pregunta, Agustina acertó de lleno: "... ¡Tenés un hijo!"
Asombrado, su padre respondió: “¿cómo adivinaste?” Agustina, quien había explorado todas las terapias posibles, reconoce: “Voy a parecer esotérica. Pero cuando lo dijo sentí que me bajaba la presión, que se me abría el pecho y me salía como una luz blanca que nos envolvía. Para mí fue un momento de sanación de ambos. El tipo estaba sanando su historia. Se estaba evitando el cáncer, todo tipo de males. Me los estaba evitando a mí también, porque él me había ocultado un secreto”.
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Agustina D’Andraia es una influencer de 35 años, cuenta con 270 mil seguidores en Instagram (@agusdandri), su red favorita. Es, además, la única hija de Marcelo, arquitecto, y Cecilia Gurruchaga, perito calígrafa, un matrimonio de clase media del barrio de San Cristóbal. A los tres años, sus padres se separaron y comenzó a vivir en familias ensambladas. “Una historia muy enquilombada”, describe sin rodeos. A los 14 años, su madre tuvo a su hermana Guillermina. Y un año después, su padre tuvo a Franco con su nueva pareja, María José. Sin embargo, Agustina siempre mantuvo una buena relación con este último. “Yo, con mis búsquedas desde mis 15 años, siempre me sentí la oveja negra, la que venía a romper el patrón, la distinta, la que hacía todas las terapias para buscar el origen de mis problemas, el miedo a la carencia”, explica.
Experimentó con psicoanálisis, ayahuasca, constelaciones familiares, biodecodificación, tantra, tarot y registros akáshicos, entre otras prácticas. También incursionó en el periodismo en la revista Para Ti: “Cuando había una nota a una chica que sacaba demonios, por ejemplo, yo la pedía. Probé cosas que funcionaron y otras que no”. Luego, se sumergió de lleno en el fitness. Ambas pasiones se fusionaron cuando dirigió la revista “Para Ti Fit”. Empezaron a conocerla como “La chica Fit”, y hasta escribió libros sobre el tema: el año pasado lanzó “Fitness espiritual”.
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El secreto de su padre
Ahora, en ese domingo de enero de 2024, se encontraba cara a cara con su padre en un bar. A pesar de la falta de enojo por el ocultamiento, aún estaba procesando la revelación de la existencia de un hermano durante toda su vida. Aún quedaban por desvelarse los detalles.
“Yo veía que me salía una luz blanca. Me paré y empecé a decirle ‘gracias, gracias, gracias, pa’, parecía un pai umbanda. ¿La verdad? Era el día más feliz de mi vida. Agradecía y lloraba, era como si me hubiera regalado un departamento. Me agarró una cosa como de película de Disney, ya me veía con mi hermano en Navidad… Hasta que me dijo: ‘¿te puedo contar toda la historia?’”, relata Agustina, y se adentra en la parte más difícil de su narración:
“Entonces empezó a decirme ‘¿vos te acordás que papá siempre te cuenta de sus novias y todas sus historias? ¿Te acordás que te hablé de Marcela, mi primera novia, la de la infancia? Y desde ahí sentí compasión por él, porque vi que desde siempre estuvo sufriendo esto”.
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Marcela fue la novia del padre de Agustina muchos años antes de conocer a su madre, y por supuesto, antes de que ella naciera. Su padre asistía a un colegio religioso, mientras que Marcela estaba en uno de monjas. Era hija de un marino con carrera militar. Estuvieron juntos alrededor de cuatro años. Y, de repente, parecía que Marcela estaba enferma, que tenía un quiste. Pero no era eso...
Agustina continúa: “Los dos tendrían 18 años. Y un día , ella llamó a papá y le preguntó si podía ir a su casa. Debo decir que el relato que conozco es el de mi padre, habrá que ver cuál es el de Marcela, porque a estas cosas siempre se le ponen subjetividad. En definitiva, estaban la mamá y la abuela y lo sentaron a la mesa. Marcela miraba para abajo. Su papá, navegaba. Entonces le dijeron: ‘Bueno Marcelo, el quiste tiene patas’. Estaba embarazada de cinco meses. Y les trazaron un plan: se tenían que ir a vivir a Mar del Plata, casarse y tener al niño”.
Marcelo había iniciado sus estudios de arquitectura. Sus planes para el futuro se vieron sacudidos por la propuesta de la familia de su novia, quienes trazaban su destino. "Él pensaba que no era el momento de tener un hijo ni de casarse. Les hablaban como si fueran niños. Papá entró en shock y sólo dijo ‘voy a llamar a mis papás y hablen todo ustedes’. Así que fueron mis abuelos con un cura. Los padres de Marcela se pusieron firmes: el niño va a nacer, no hay opción, y les repitieron su plan. Papá seguía en shock y dijo ‘es lo mismo que esté o no’, se fue a su casa y nunca más tuvo contacto con su novia".
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La vida continuó. Marcelo no tuvo noticias de Marcela ni del embarazo. Literalmente, desapareció de sus vidas. Hasta que cuatro meses después sonó el teléfono en su casa. “Atendió y le dijeron ‘fuiste papá de un hermoso nene. Pero tenemos prohibido decirte dónde está’. Y colgaron. Entonces, mi padre decidió dar vuelta la página”.
Marcelo nunca dejó el barrio. Siempre vivió cerca de San Juan y Entre Ríos. Su ex novia, en cambio, desapareció. Era una época sin redes sociales ni Internet. Marcelo aceptó resignado, nunca hizo ningún esfuerzo por encontrar a su hijo. El bloqueo duró hasta que una mañana ocurrió un encuentro inesperado. Agustina aún no había nacido, pero sus padres ya estaban casados. “Papá salió a trabajar y en la vereda estaban Marcela con su hijito, que en ese momento tenía 7 años. Ella le dijo ‘que tal, acá está tu hijo. Él te quería conocer. Nos vamos a vivir a Australia, así que es probable que no lo veas nunca más’. Entonces -esto me lo cuenta papá- le dio una tarjeta y le dijo ‘siempre me podés buscar, soy tu papá’”.
El café de Agustina ya estaba frío. Y la imagen de su padre, también. “Yo, al principio, a mi papá lo había idealizado como el pobrecito en esta historia, porque no pudo encontrar a su hijo. Pero, hay que ver también que el que quiere, encuentra. Pasaron los años. Mi papá suprimió esta historia. De hecho, él me dijo ‘yo no mentí, yo oculté’”. Lo peor para ella fue descubrir, 35 años después de nacer, que toda su familia lo sabía: “Mis abuelos, mis tíos, todos. Inclusive mi madre y la mujer de mi otro hermano. Todo el mundo menos yo y mi hermanito chiquitito. 35 años ocultándome la historia. Yo le pregunté por qué no me lo dijo. No tiene sentido mentir. Es lo más estúpido que hay en el mundo”.
El primer encuentro
Además, esa mañana de enero también se enteró de que su padre y Federico se habían visto en 2019, algo que Marcelo tampoco le había revelado en su momento. “Antes de la pandemia, a papá le llegó un mail. Mi hermano me lo leyó, decía: ‘Hola, ¿qué tal? Soy tu hijo Federico. Te escribo porque me gustaría saber más sobre mi historia. La verdad que no me siento parte de la familia y quiero entender más sobre mi. Yo ya tengo 44 años, me va muy bien en el trabajo, tengo mi pareja, vivo en Australia y no quiero nada. Espero no incomodarte con este mail’. Y mi padre le respondió: ‘Acá estoy. Vení a Argentina. Te quiero conocer’".
Federico viajó ese mismo año para descubrir la mitad de su pasado. También, según cuenta Agustina, le dejó claro a Marcelo: “No me importa si no tenemos vínculo, no quiero nada”. Así, los D’Andraia pudieron reconstruir el rompecabezas de la ausencia. Marcela se casó con un militar y se mudaron a Villa La Angostura. Luego, se trasladaron a Perth, en Australia.
En ese momento, no hubo presentaciones. Agustina no puede evitar expresar su incredulidad: “Me da un poco de impresión. ¿Cómo sucedía todo esto en el interior de mi papá y no me dijo nada? Lo doloroso que debe ser vivir con un secreto así. La dualidad constante. Lo máximo que yo mentí fue alguna infidelidad menor y no podía vivir con eso. Imagínate con un hijo que recién conocés, pensás en decírselo a tu hija y hablás con ella pero no se lo decís. Debe ser muy fuerte. No deseo estar en los zapatos de mi papá”.
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Marcelo, que hace 44 años (la misma edad que Federico) ni siquiera propuso darle su apellido, tampoco viajó a Australia para completar la historia. “Mi papá se hizo cargo según sus estándares de hacer lo correcto. Pero nunca arriesgó. El hace pasos controlados, seguros, firmes, cortitos. Siempre toma el café en el mismo lugar, siempre se viste igual, siempre va de vacaciones al mismo sitio”.
Su padre le explicó que no quería influenciarla con su historia. “Él no se siente orgulloso de no haber reconocido a un hijo. No quería que yo creciera pensando que tenía un papá malo. O abandónico. Y la realidad es que fue abandónico con un hijo, aunque con los otros dos, mi hermano y yo, fue el papá más presente, dulce, noble y con valores. ¡No sabés lo que fue conmigo! De diez. Yo siempre pensé que si había que darle un premio a un padre, era al mío. Ahora quedó como anulado ese concurso, ¿no? Lo interesante de la historia es que, como dice Facundo Cabral, que lo amo, es que no existe bueno o malo, es bueno y malo. No hay buenos, no hay villanos. Somos todos la integración de una dualidad. Yo a papá lo tenía idealizado, y ahora lo humanicé, lo volví de carne y hueso”.
Federico planeaba regresar, pero en marzo de 2020 estalló la pandemia de COVID-19. Intercambiaban mensajes entre ellos. Marcelo le enviaba fotos de sus hijos. “Lo hacía partícipe de la familia sin serlo”, comenta Agustina. Todos los planes de reunión familiar quedaron en pausa. “Entonces papá se dijo a sí mismo ‘esperemos a que pase todo este quilombo, así no agreguemos más dramatismo’”, reflexiona.
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La pandemia pasó, pero Marcelo seguía guardando silencio con su hija. Como suele ocurrir, la verdad emergió tarde y de manera inesperada. De los dos que desconocían la historia, su hermano menor fue el primero en enterarse, y por casualidad. “Se enteró porque la mujer de mi papá, María José, que es una divina, tenía terapia por zoom y le dijo a la psicóloga ‘Marcelo tiene un hijo que va a venir’. Justo pasaba mi hermanito, lo escuchó y entró: ‘Hola, lo acabo de escuchar, no me podía hacer el boludo. ¿Puedo participar de lo que queda de la sesión?’ Así lo supo mi hermano. Como se estaba muriendo una tía, esperó una semana a que muriera y después le dijo a mi papá que lo sabía, en lugar de al revés. Es decir, mi hermano me vio a mí en el velorio de mi tía, y no me dijo nada. La última en enterarme fui yo”.
En la cafetería, Marcelo compartió con Agustina sus expectativas sobre el hijo que había reaparecido. “Él me dijo que no esperaba tener un vínculo con Federico, porque se había criado con otro padre, tenía su historia. Textual, me explicó que ‘yo no espero que venga y se siente arriba mío y juguemos a la pelota o podamos pegar figuritas en el álbum. Eso ya pasó. El amor con un hijo se desarrolla. No puedo volver atrás”.
Y luego, compartió otro dolor profundo, su incapacidad para liberarse: “Me contó que se sintió muy condicionado toda su vida. Que veía a sus amigos que arriesgaban, que emprendían, que viajaban, y él no. Y yo realmente lo sentí porque papá me crió con el mandato de la seguridad, de que hay que ser prudente y entender. Todos esos miedos me los transmitió. Entonces, yo siempre, por ejemplo, le tuve muchísimo miedo a la carencia, por más de que nunca me faltó nada. Aunque trabajo mucho, siempre lo sentí”.
Primer contacto
Por último, Agustina le solicitó el contacto de su hermano Federico y le envió un mensaje por WhatsApp. “Yo estaba como borracha, le escribí ‘hermano querido, te encontré, te estoy esperando, no te conozco y ya te amo. Cuando te despiertes, avisame, me encantaría charlar con vos’’. Mi papá me dijo, ‘pará, pará, cuidado, vos no sabés si le va a gustar’”.
Poco después, llegó la mañana en Australia. Y un mensaje de Federico apareció en el celular de Agustina: “Hola, buen día, recién me levanto y veo que sabes la noticia. Muy feliz de que sepas y con muchas ganas de ir a visitarlos por unos días”. La influencer estalló de alegría: “Ya quería verlo, empezamos a hacer videollamadas. Me puse en modo de intensidad total. Además, me di cuenta de una cosa: hermanos menores siempre se puede llegar a tener, pero si cuando nacés no tenés mayores, chau. Y acá apareció. Ya no soy la mayor. Él me escribe y me dice ‘chiquita, como estás’”.
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Después de su inicial alegría, y mientras se preparaba para su viaje a India y Filipinas, a Agustina todo comenzó a perturbarla. No su hermano, sino su familia en Argentina. “Empezaron a sacar trapitos al sol, me empezaron a decir ‘¿cómo puede ser que estés feliz, si tu padre no lo reconoció?’ o ‘quizás tu hermano no quiere tener un vínculo con vos’. Yo no quiero ser un detective privado ni un juez. A mi con la historia que me contó papá me parece suficiente. Sé lo que hizo y lo que no. En el sufismo que yo sigo, en el camino del tantra, el corazón puede transmutar el dolor en amor. El corazón tiene la capacidad de amar, perdonar y ser compasivo. Pero si lo pasas por el software de la mente, vas a juzgar, a catalogar, a criticar. Mientras pasé esta novedad por el corazón sentí amor, gratitud y empatía. Cuando lo procesé por el lado del entendimiento, me enojé con la realidad”.
Agustina pasó un mes sin hablar con su familia. Viajó, pasó unos días maravillosos con su novio indio en playas paradisíacas de Filipinas. Luego se dirigió sola a los Himalayas, donde realizó diez días de desintoxicación física, mental y espiritual, y meditación. Luego voló a Viena, donde su novio trabaja. En Europa, terminó su relación con el joven y regresó al país después de dos meses.
El encuentro tan esperado
El viernes 3 de mayo, su padre, su recién descubierto hermano mayor y el menor fueron a buscarla en auto. “Yo caminaba y me reía… Lo recibí a los besos, a los abrazos. Muy intensa. Él es más precavido. Es un amor, un dulce, es bueno”.
Su hermano "australiano" es gerente de una empresa que administra restaurantes y bares en Perth, supervisando a unas dos mil personas, y está en pareja durante 17 años. Algo que la sorprendió: “Esto es re loco, es creer o reventar, vos lo ves y es igual a mi papá, no solo físicamente. El día que nos conocimos tenían los mismos anteojos para leer sin saberlo. Y su personalidad también es igual a mi papá y a mi hermano, y según cuenta él, muy distinta a su papá de crianza y sus otros hermanos”.
Después de los saludos y la primera impresión, fueron a comer un asado. Aunque Agustina rara vez come carne, esta vez aceptó el convite. “Me pareció muy fuerte estar con mi papá y mis dos hermanos varones. Nunca había estado en esa nueva dinámica. Le dije que no nos conocíamos, pero que íbamos a ser incondicionales el uno con el otro. De los nervios, no podía dejar de hablar. Dije algunas burradas. Por ejemplo, en un momento papá se levantó de la mesa y nos dijo ‘voy al baño’, y le respondí ‘bueno, pero no nos abandones’, jaja. Federico se reía de todo, tiene un humor muy argentino, el mismo que tiene mi papá”. También se enteró de que Marcela, la madre de Federico, la seguía en Instagram sin saber que era la hija de Marcelo.
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Para completar el día, cumplieron un sueño que su padre había tenido toda su vida: llevar a sus tres hijos a la Bombonera. Desde que Agustina era pequeña, Marcelo la vestía de azul y amarillo. “Mi papá me hablaba de Boca mientras sabía que tenía un hijo varón que no podía llevar a la cancha. Estoy segura que Federico siempre estuvo en su mente y en su corazón”.
El fútbol no era precisamente la pasión de Agustina, pero ese día disfrutó del paseo. “No les iba a escupir el asado… Como no había partido, papá nos llevó al Museo de la Pasión Boquense, nos hizo todo el recorrido. Nos sacó fotos con cada cosa, nos hizo ver una película, nos contó todo, vimos las camisetas, las copas... Yo podría haber estado enojada y perderme todo esto, sin embargo, fue uno de los días más lindos de mi vida. Claro, mi papá lloraba con lágrimas y tenía carita de como de un niño feliz. Nunca le vi una cara de tanta paz. Y a Federico, aunque nos contó que era de River, también”.
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La presentación oficial de Federico ante toda la familia tuvo lugar en el cumpleaños de una tía, en Puerto Madero. Al día siguiente, Agustina se despertó, dice ella, "agotada, como si hubiera bailado tres días seguidos. Mi cuerpo no me respondía. Me di cuenta que las emociones pasan por el cuerpo y no se pueden entender. A mí se me está organizando la historia todavía".
Hoy, mientras espera ansiosa su viaje a Machu Picchu en septiembre con un grupo para hacer meditaciones, reconoce que la imagen de su padre se humanizó ante sus ojos. “No necesito que sea perfecto. Yo tuve un padre muy presente. Ojalá lo hubiera tenido Federico. Es decir, tuvimos al mismo padre, pero fue muy diferente para ambos. Para papá, lo más lindo de la vida son sus hijos. No hizo fortuna material. No le importó la fama ni viajar por el mundo. Se dedicó a mi hermano y a mí. Hoy creo que no nos dijo nada por miedo a que nos enojemos con él, a perdernos”.
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