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La política argentina discute por estos días si el momento del gobierno es una crisis real, un microclima mediático o una campaña de desinformación. La conversación tiene algo de meteorología. Algo de querer pronosticar si la tormenta existe o si solo estamos mirando nubes.

Pero la política rara vez cambia por tormentas súbitas. Muchas veces cambia por pequeñas escenas. Un gesto. Una frase. Una imagen. Por ejemplo: un funcionario que pasa por un acceso preferencial en un aeropuerto.

No hay nada necesariamente ilegal en eso. En muchos casos es apenas una cortesía administrativa, una forma de agilizar la agenda de alguien que tiene reuniones, viajes y decisiones encadenadas. El Estado está lleno de esos pequeños atajos logísticos. Y sin embargo, en la Argentina actual, esos gestos pesan más de lo que parecen.

Este gobierno llegó al poder con una palabra que reorganizó toda la conversación pública: la casta. Cuando una palabra se vuelve el centro del relato político, también se convierte en una lente cultural. A través de ella se empiezan a leer miles de gestos cotidianos del poder. Un acceso especial deja de ser solo un acceso especial. Se vuelve un símbolo.

El problema es que la casta es una palabra mucho más difícil de definir de lo que parece. Si la casta fuera simplemente un grupo de personas privilegiadas, el problema sería sencillo: bastaría con reemplazarlas. Cambiar nombres, caras, trayectorias. Renovar el elenco. Pero la experiencia política, no solo en Argentina, sugiere algo más incómodo.

La casta podría no ser un grupo de personas. Podría ser una cultura del poder. Una cultura hecha de hábitos, protocolos y pequeñas jerarquías que organizan la vida cotidiana del Estado. Cosas que no aparecen en ninguna ley pero que estructuran el funcionamiento real de cualquier aparato político. El chofer que espera. La puerta lateral. La agenda que se reorganiza sola. El trato deferente.

Muchas de esas cosas no nacen como privilegios. Nacen como herramientas para que el sistema funcione. Un funcionario que pierde horas en trámites burocráticos probablemente gobierna peor que uno que puede moverse rápido entre reuniones, aeropuertos y oficinas. Pero las herramientas del poder tienen una característica curiosa. Con el tiempo dejan de sentirse como herramientas. Empiezan a sentirse normales.

La mutación silenciosa

Ahí ocurre una mutación silenciosa que atraviesan casi todos los funcionarios, de cualquier signo político. Primero aparece la incomodidad. El funcionario que llega observa esas facilidades con cierta extrañeza. Incluso puede rechazarlas. Después llega la justificación: "esto no es un privilegio, es parte del trabajo". Y finalmente aparece la naturalización. Ya no hay nada que explicar. Las cosas simplemente funcionan así.

Es un proceso silencioso. Nadie lo decide explícitamente. Pero ocurre. Por eso tantas revoluciones políticas terminan pareciéndose, al menos en ciertos gestos, a aquello que venían a reemplazar. No necesariamente porque todos se corrompan. Muchas veces ocurre algo más simple. Las instituciones también educan.

El poder tiene su propia pedagogía. Y ahí aparece una pregunta incómoda para cualquier proyecto político que haya prometido terminar con la casta: ¿la casta es el hombre o es el cargo? Si fuera solo el hombre, bastaría con cambiar a las personas. Si fuera solo el cargo, nadie podría escapar a su lógica.

Probablemente la verdad esté en un punto intermedio. El poder funciona como un campo de fuerza gravitacional cultural. Quien entra en él no necesariamente pierde sus convicciones, pero empieza a moverse dentro de una estructura que lo precede. Y esa estructura está hecha de distancias. Distancia en el trato. Distancia en los accesos. Distancia en las explicaciones.

En un país como Argentina, esa distancia siempre genera tensión. Nuestra cultura política tiene una relación ambigua con la jerarquía. Necesitamos autoridad, pero desconfiamos profundamente de los privilegios. Queremos gobernantes fuertes, pero también queremos sentir que siguen siendo "uno de nosotros". Es un equilibrio inestable.

Por eso la discusión actual sobre si hay crisis, microclima o desinformación quizá esté mirando el problema desde el lugar equivocado. Los climas políticos muchas veces cambian cuando cambian los signos del poder. No necesariamente cuando cambian los indicadores económicos ni cuando aparecen grandes escándalos. A veces alcanza con pequeñas escenas que empiezan a repetirse y que lentamente modifican la percepción pública de la distancia entre gobernantes y gobernados.

Y ahí aparece una paradoja interesante. Un gobierno que llegó prometiendo combatir a la casta puede terminar enfrentándose a un problema más sutil. Y tenga que convivir con ella. Porque la casta, en muchos casos, no es un enemigo que se derrota de una vez. Es un ecosistema de hábitos que rodea al poder. Uno entra al gobierno creyendo que va a combatir a ese enemigo. Pero el verdadero riesgo aparece cuando empieza a habitar el mismo espacio que el enemigo.

El verdadero enemigo

En política existe una expresión muy conocida: dormir con el enemigo. Suele usarse para hablar de alianzas incómodas, de acuerdos tácticos o de convivencias forzadas. Pero en el poder esa metáfora puede tener otro significado.

El enemigo no siempre es otro dirigente, otro partido o la oposición. A veces el enemigo es más silencioso. Es la costumbre. Es la facilidad. Es el momento en que los gestos del poder dejan de incomodar.

Por eso el problema político de escenas como la de Adorni no es necesariamente el privilegio en sí. El problema es el símbolo que encierran. Porque el poder tiene un riesgo particular: uno puede entrar decidido a combatir ciertas prácticas… y terminar acostumbrándose a ellas.

No de golpe. De a poco. Hasta que un día el funcionario sigue siendo el mismo, el discurso sigue siendo el mismo, pero el entorno ya cambió su forma de mirar el poder.

Y ahí aparece el verdadero peligro. No el de enfrentarse al enemigo. Sino el de descubrir, demasiado tarde, que uno no solo habita el mismo espacio, sino que hace tiempo empezó a dormir con el enemigo sin siquiera notarlo.

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Manuel Adorni

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