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Durante años la economía argentina se explicó con metáforas médicas. Crisis, terapia intensiva, shock, estabilización. Como si el país fuera un paciente que entra y sale del hospital cada década y cada gobierno llegara con un tratamiento nuevo. Algunos bajan la fiebre, otros generan efectos secundarios, pero ninguno logra devolverle la salud del todo.

La historia reciente se podría contar justamente así. Primero vino una etapa larga de expansión fiscal. Al principio funcionó. Había recursos, los indicadores sociales mejoraban y el clima económico acompañaba. Después empezó el deterioro. El déficit creció, las distorsiones se acumularon y lo que al principio parecía un remedio terminó generando otros problemas. La fiebre empezó a subir.

Entonces llegó el médico del gradualismo. La idea era bajar la temperatura de a poco: ajustar algo, ordenar un poco, pero sin provocar un shock en el cuerpo. Durante un tiempo pareció razonable. El problema fue que, mientras el paciente todavía estaba débil, se decidió hacer una vida como si estuviera completamente sano. Bastó un viento externo para que todo el sistema volviera a desestabilizarse.

Después vino otra etapa de expansión fiscal, esta vez con pandemia incluida. Pero ya no era el mismo punto de partida. No había reservas previas ni margen político para sostenerlo demasiado tiempo. Lo que antes había sido un impulso terminó convirtiéndose en un proceso más extremo de deterioro económico y social.

Entonces llegó el tercer médico con otra receta. Nada de bajar la fiebre de a poco. Inmersión directa en agua helada, ajuste fiscal inmediato y shock monetario. La fiebre bajó: pasó de 45 a 38. El paciente ya no está delirando, pero tampoco está sano. Sigue con fiebre, pesa varios kilos menos y todavía no recuperó fuerzas.

La historia de la Argentina

En ese punto aparece una pregunta incómoda. Si uno mira los últimos veinte años de política económica argentina, la sensación es que el país probó casi todo. Expansión fiscal, gradualismo, shock, apertura, controles, emisión, ajuste. Cada etapa llegó con la misma promesa: ahora sí estamos resolviendo el problema de fondo. Pero todas terminaron chocando contra límites parecidos.

En uno de esos chats donde la economía argentina aparece cada tanto como tema inevitable, alguien tiró una frase interesante: la economía se parece muy poco a la ingeniería. No es aplicar fórmulas que funcionan. Es más bien un juego de sensibilidades sociales, decisiones políticas y gráficos que intentan explicar algo mucho más complejo.

En ese intercambio aparecieron diagnósticos muy distintos. Uno decía que el problema es el modelo. Otro respondía que el problema no es el modelo sino la secuencia. Que Argentina expande sin productividad, ajusta sin red y abre la economía sin estabilidad macro. Otro planteaba algo más incómodo, que quizás el paciente argentino está demasiado comprometido para pensar en soluciones simples, porque pasó por demasiadas manos y cada tratamiento dejó secuelas.

Visto así, el paciente argentino pasó por muchas manos. Algunas intentaron expandir el gasto para mejorar indicadores sociales. Otras quisieron ordenar las cuentas públicas antes de crecer. Algunas apostaron al gradualismo. Otras al shock. Ninguna acertó del todo, pero tampoco erró del todo. Cada una dejó algo funcionando y algo roto.

La trampa sin salida

Otro participante de esa tertulia lo resumió con una referencia cinematográfica. Citó una frase de Federico Luppi en Martín (H) para describir esa sensación de laberinto donde cualquier problema que uno intenta resolver lleva inevitablemente a otro. Argentina como una trampa sin salida.

La imagen tiene algo de verdad. Cuando uno intenta desarmar los problemas argentinos aparece un sistema de dependencias cruzadas. Hace falta crecer para estabilizar, pero hace falta estabilizar para crecer. Hace falta inversión para mejorar la productividad, pero hace falta productividad para atraer inversión. Cada solución parece depender de otra que todavía no existe.

En ese contexto aparecen las soluciones provisorias. Medidas pensadas para atravesar una coyuntura urgente: controles, subsidios, restricciones, incentivos extraordinarios. El problema es que en Argentina lo provisorio rara vez termina siendo provisorio. Se queda, se adapta y finalmente se convierte en parte del problema que intentaba resolver.

En ese mismo coro de opiniones apareció otra observación interesante. La idea de que “crecer es suficiente para resolver los problemas sociales” solo puede ser sostenida por quienes se benefician directamente de ese crecimiento. En sociedades con desigualdades profundas, el crecimiento no necesariamente se traduce en bienestar general. Incluso cuando la economía mejora, aparece otra discusión. ¿Quién se queda con ese crecimiento?

Por eso la economía argentina nunca es solo una discusión técnica. Es también una discusión sobre qué tipo de sociedad se quiere construir, cuánta desigualdad se tolera, cuánto ajuste se acepta y cuánto tiempo se está dispuesto a esperar.

Tal vez por eso la economía argentina sigue teniendo algo de enigma. No porque falten diagnósticos, de esos sobran, sino porque cada diagnóstico abre inmediatamente otra discusión. El país parece condenado a buscar la receta correcta mientras el paciente atraviesa tratamientos sucesivos. Algunos bajan la fiebre. Otros devuelven algo de energía. Ninguno termina de devolverle la salud. Y en ese ir y venir entre recetas milagrosas y soluciones provisorias, la economía argentina termina pareciéndose a una aguafuerte colectiva: un retrato lleno de intuiciones, recetas, fracasos y discusiones que conviven sin terminar de resolverse. Quizás el verdadero misterio no sea por qué todavía no encontramos la fórmula perfecta, sino por qué seguimos convencidos de que existe.

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Argentina receta crisis Modelo económico

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