5 de septiembre 2026 - 9:30hs

El 9 de junio de 2026 el banco de inversión Jefferies publicó un informe singular. Su equipo de análisis del sector químico afirmó que Aristóteles, el filósofo griego muerto hace 23 siglos, enseña a invertir en la era de la inteligencia artificial (IA). Y debajo del adorno clásico hay algo más viejo que la filosofía griega, un vendedor que elogia su propia mercadería.

Primero, el informe dice que hoy muchos fondos de inversión ya no deciden con personas, sólo usan programas de IA que leen miles de noticias, balances y mensajes en redes sociales. Con ese material construyen una historia, por ejemplo, la IA necesitará enormes centros de datos, por lo tanto conviene comprar acciones de empresas eléctricas. Jefferies sostiene que los precios no se mueven por los números de las empresas sino por la fuerza de esas historias. Cuanta más gente cree, más sube el precio; pero cuando la fe se agota, el valor se derrumba.

El informe describe el ciclo de toda historia de inversión en seis etapas. Nace como una idea que suena loca y luego aparecen datos que la confirman. Después, se populariza para más tarde llegar a la euforia, cuando ya nadie pide pruebas. Siguen las primeras grietas, cuando las malas noticias se ignoran. Y al final llega el agotamiento y todos venden a la vez. Nada de esto es nuevo, ocurrió con internet en el año 2000 y con las hipotecas en 2008.

Lo nuevo, según Jefferies, es la velocidad. Antes una historia tardaba entre seis y 18 meses en conquistar al mercado; pero con la IA tarda semanas porque las máquinas se leen entre sí y se copian. Una compra, otra detecta la adquisición y la sigue. Las subas son más violentas y las caídas más súbitas. Quien llega tarde no invierte, solo financia la salida de quien llegó temprano.

El informe señala además un defecto real de estos programas, porque las máquinas se enamoran de sus propias historias. Si alguien les ordenó buscar señales de que un sector subirá, encontrarán siempre razones para creerlo. Ante una mala noticia no admiten el error, sólo lo reinterpretan como algo pasajero. Así mantienen viva una historia muerta y al inversor atrapado en ella.

Jefferies concluye que las máquinas sirven para seguir una historia pero que solo los analistas humanos advierten cuándo la historia cambió. Por lo tanto, los humanos, son insustituibles, según este informe.

Sin embargo, el autor de este trabajo es un equipo de analistas humanos de un banco que vende análisis hecho por personas. El producto de Jefferies compite de manera directa con los programas que el informe examina. La conclusión del estudio coincide con lo que el negocio de Jefferies necesita que el mundo crea. Eso demuestra que el juez es parte del pleito y así, un informe sobre la inutilidad de los taxis escrito por el gremio de los cocheros puede contener verdades, pero nadie debería leerlo como ciencia.

Este género de documento tiene el estilo de la propaganda moderna, perfeccionado por los aparatos de comunicación del Estado chino. No consiste en mentir, sino en decir verdades seleccionadas que conducen siempre a la misma conclusión conveniente. Se exhiben datos reales, se citan autoridades prestigiosas y se admiten defectos menores del propio bando para simular imparcialidad. Y el conjunto desemboca, como por azar, en la tesis que el emisor necesitaba desde el principio. Jefferies cita a Aristóteles como los comunicados de Pekín citan estadísticas verificables. El adorno es real, pero la dirección está comprada de antemano.

Hay una ironía final que el propio informe no advierte, Jefferies acusa a las máquinas de aferrarse a un marco fijo y de interpretar toda evidencia dentro de ese marco. Acto seguido propone su propio marco fijo de seis etapas y promete una lectura del mercado entero a través de él. El médico padece la enfermedad que diagnostica y si las máquinas defienden sus historias hasta más allá de la muerte, los analistas defienden narrativas de su propia necesidad con idéntica obstinación. La diferencia es que la máquina no cobra comisión.

En este punto quedan tres ideas. La primera, los mercados se mueven por historias y las narraciones hoy las fabrican máquinas a velocidad inédita. En segundo puesto, esas máquinas tienen un defecto grave y documentado, la lealtad ciega a su propia tesis. Y la tercera, cuando alguien le explique quién es insustituible, mire primero quién firma. En los mercados, como en la propaganda, el mensaje más peligroso no es el falso, sino el verdadero que alguien necesitaba contar.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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