2 de julio 2026 - 12:42hs

Hay cargos que construyen presidentes. Otros consolidan liderazgos, amplían influencia y convierten a quienes los detentan en candidatos naturales para disputar el poder. La Jefatura de Gabinete parece responder a una lógica opuesta. Diego Santilli es vigésimo tercer jefe de ministros desde que la reforma constitucional de 1994 rediseño el organigrama del Poder Ejecutivo. El destino de sus antecesores no promete bronce, más bien todo lo contrario.

El cargo que fue ejercido por primera vez en 1995 por Eduardo Bauzá, acumuló a lo largo de la historia reciente de la democracia dirigentes de enorme peso político, pero ninguno logró saltar desde ahí a la Presidencia. La excepción que confirma la regla es Alberto Fernández, y todos sabemos los costos de esa aventura. Más allá de eso, la historia en términos generales muestra una secuencia llamativa: la oficina más poderosa después de la del presidente también parece ser la que más rápido consume las aspiraciones de quienes la ocupan.

La reciente designación de Diego Santilli, con 13 gobernadores y el jefe de Gobierno porteño en su asunción, vuelve a poner esa paradoja sobre la mesa. La intención de relanzar un Gobierno, la apuesta a la trayectoria y el famoso “músculo político” son parte de una ecuación que se repite a la hora de buscar dirigentes para ese cargo.

En ese marco, Santilli no es la excepción. El nombramiento llegó en un momento delicado para el Gobierno de Javier Milei. Después de meses de tensiones políticas, dificultades legislativas y una gestión que atravesó un desgaste altísimo. Un trimestre completo de desprestigio y caída de imagen al compás de las sospechas de corrupción sobre el exjefe de Gabinete, Manuel Adorni.

En ese contexto, la Casa Rosada decidió reemplazar al también exvocero por un dirigente con experiencia territorial, capacidad de negociación y vínculos construidos durante décadas dentro del sistema político. La lógica que rodea a la decisión se puede discutir. El peso del año electoral por venir y la necesidad de destrabar el Congreso juega a favor de la elección de una figura como Santilli. Un hombre de la política, de la casta, que entiende el juego del poder y que no tendrá como principal objetivo la “batalla cultural”, sino aceitar el andamiaje para el que el Gobierno puede cumplir con sus objetivos a corto y mediano plazo.

Más allá de eso, Santilli no sólo recibe un cargo. También hereda una historia. Y la revisión de ese pasado reciente no dibuja un horizonte florido.

Los jefes de Gabinete en la Argentina

Cuando los convencionales constituyentes debatieron la reforma de 1994 imaginaron una figura inspirada, en parte, en los sistemas parlamentarios europeos. El nuevo jefe de Gabinete debía funcionar como un coordinador político con responsabilidades propias, administrar la marcha cotidiana del Estado y servir como nexo permanente entre el Poder Ejecutivo y el Congreso. El famoso e incumplido artículo 101 de la Constitución le impone la obligación de concurrir mensualmente al Parlamento para informar sobre la gestión del Gobierno y responder las preguntas de diputados y senadores.

La intención era clara: limitar el hiperpresidencialismo argentino sin alterar el sistema presidencial. Pero como siempre, por lo menos en la Argentina, entre el espíritu de la norma y su ejecución hay una gran distancia.

La Argentina nunca terminó de construir un verdadero jefe de Gabinete con autonomía política. Construyó, en cambio, un funcionario obligado a administrar decisiones ajenas, explicar conflictos propios y asumir responsabilidades que casi siempre exceden sus atribuciones reales.

En concreto, el jefe de Gabinete negocia con gobernadores, enfrenta al Congreso, intenta contener internas, administra crisis, conversa con empresarios, recibe reclamos sindicales y responde por cada conflicto que atraviesa el Gobierno. La voz más buscada para analizar la agenda y comunicar lineamientos futuros. Un combo que solo genera desgaste, por lo menos dentro del devenir de la Argentina.

La exposición es grande, el poder momentáneo también. Sin embargo, la recompensa en términos políticos suele ser escaza.

Los que antecedieron a Diego Santilli

La lista de nombres que anteceden a Santilli, más allá de Adorni, impresiona por su volumen político. Eduardo Bauzá inauguró el cargo durante el menemismo. Jorge Rodríguez concentró influencia en los últimos años de esa administración. Rodolfo Terragno intentó darle contenido institucional durante el Gobierno de Fernando de la Rúa. Chrystian Colombo quedó asociado al derrumbe de la Alianza.

Antonio Cafiero, Humberto Schiavoni y Luis Lusquiños atravesaron la crisis institucional de 2001. Jorge Capitanich ocupó el puesto en dos oportunidades. Aníbal Fernández, Juan Manuel Abal Medina, Marcos Peña, Santiago Cafiero, Juan Manzur, Agustín Rossi, Nicolás Posse, Guillermo Francos y ahora Diego Santilli completan una nómina integrada por dirigentes que, en distintos momentos, aparecieron como figuras centrales de la política argentina.

Sin embargo, ninguno consiguió convertir ese recorrido en una candidatura presidencial exitosa. La única excepción aparente lleva el nombre de Alberto Fernández. Su gestión lejos de desestimar la hipótesis, la confirma.

Fernández llegó a la Casa Rosada en 2019 después de haber abandonado la Jefatura de Gabinete una década antes. No alcanzó la Presidencia porque el cargo hubiera fortalecido naturalmente su liderazgo. Llegó porque Cristina Fernández de Kirchner tomó una decisión política extraordinaria y lo eligió para encabezar una fórmula destinada a reunificar al peronismo. Su llegada respondió a una estrategia de construcción electoral, no a una evolución institucional propia de la Jefatura. El desenlace tampoco ayudó a prestigiar el cargo.

Su administración terminó con una economía profundamente deteriorada, una inflación que pulverizó el poder adquisitivo, una coalición fracturada, un Estado debilitado y una derrota electoral que expulsó al peronismo del Gobierno nacional. La única experiencia presidencial surgida desde la Jefatura concluyó, paradójicamente, como el mayor argumento para quienes sostienen que ese despacho jamás funcionó como una verdadera escuela de presidentes.

Los casos Peña y Massa

El caso de Sergio Massa también merece una lectura particular. Su paso por la Jefatura fue breve. Más tarde construyó el Frente Renovador, presidió la Cámara de Diputados, asumió el Ministerio de Economía y llegó al balotaje presidencial de 2023. Estuvo más cerca que cualquier otro dirigente de romper la tendencia. No pudo hacerlo. Perdió frente a Javier Milei y confirmó que la experiencia acumulada en ese despacho tampoco alcanza para garantizar el acceso al máximo poder.

Quizá ningún ejemplo resulte tan ilustrativo como el de Marcos Peña. Durante los cuatro años de Mauricio Macri ocupó un lugar que ningún otro jefe de Gabinete había conseguido desde el retorno democrático. Coordinó la gestión, definió estrategias políticas, administró la comunicación oficial y concentró un nivel de influencia que lo convirtieron en el hombre más poderoso del Gobierno de la gestión Cambiemos.

Sin embargo, aquella centralidad desapareció el mismo día que Cambiemos perdió las elecciones. El episodio dejó en claro que en el caso del jefe de los ministros, más que en ningún otro, el poder viene con el cargo y se va con el.

Sin capital político propio

Los jefes de Gabinete ejercen el poder, los administra y lo representan, pero no pueden transformarlo en capital político propio. Así lo marca la historia, del 94 hasta hoy.

La Jefatura de Gabinete parece contener en sus entrañas una contradicción imposible de resolver. Si el Gobierno tiene éxito, el reconocimiento recae sobre el presidente. Si la gestión fracasa, el jefe de Gabinete comparte el costo de manera inevitable. El primero acumula autoridad. El segundo absorbe desgaste. La lógica funciona con una precisión casi matemática.

Quien ocupa ese despacho recibe exposición pública permanente, pero nunca monopoliza el mérito. Asume responsabilidades enormes, aunque muchas decisiones importantes nacen en otro lugar. Explica medidas que no siempre diseña. Defiende estrategias que, en ocasiones, ni siquiera controla. La cercanía con el presidente multiplica la visibilidad. También reduce los márgenes para construir una identidad política autónoma.

En ese marco, parece estar claro que la Jefatura de Gabinete no destruye carreras, las congela. Las convierte en herramientas al servicio de un proyecto ajeno. La condena a administrar tensiones presentes lo aleja de la posibilidad de prometer futuro, algo que los consultores señalan como clave a la hora de ir a las urnas como candidatos a la primera magistratura.

Diego Santilli conoce esa historia, la vivió desde dentro del sistema político desde su primera incursión a principios de los 90 de la mano del Gobierno de Carlos Menem. El Colo, como lo llama la política, también sabe que su llegada responde a una necesidad específica del presidente. Los Milei, Karina y Javier, necesitan un político profesional.

Necesita alguien que dialogue con gobernadores, reconstruya vínculos parlamentarios, administre conflictos internos y transforme la confrontación permanente en gobernabilidad. En otras palabras, el presidente comprendió que la segunda mitad de su mandato exigirá habilidades diferentes a las que lo llevaron hasta la Casa Rosada.

Está claro que Santilli puede ofrecerlas. Su trayectoria así lo demuestra. Fue legislador porteño, ministro de Justicia y Seguridad de la Ciudad, vicejefe de Gobierno, diputado nacional y ministro del Interior. Conoce el funcionamiento del Congreso, mantiene relaciones fluidas con buena parte de los gobernadores y posee un estilo negociador que contrasta con la impronta disruptiva del presidente.

El futuro por ahora no parece un problema. Las cartas están sobre la mesa y una democracia que esta pariendo un nuevo orden todo puede pasar. Sin embargo, ahí está la historia reciente, con 22 exjefes de Gabinete que vieron erosionar su carrera política desde un despacho en la Casa Rosada.

La discusión por ahora no gira alrededor de las aspiraciones personales de Santilli, pero en algún momento lo hará. En ese marco, la historia pesa. La etapa que comienza servirá, entre otras cosas, para ver si el cargo todavía permite construir liderazgo o si su propia dinámica termina neutralizando a quienes lo ocupan.

La suerte de Santilli está atada a la del Gobierno. Es obvio. Pero más allá de eso, no es lo mismo administrar poder que gestionar mecanismo que operan con el único fin de controlar daños. No es lo mismo llevar la impronta de un Gobierno que administrar los posibles daños de las consecuencias de sus actos.

Se sabe, todos lo que rodea a la jefatura de Gabinete emana poder. El solo posicionamiento en ese despacho derrama influencia, exposición y capacidad de decisión. Pero nada de eso, por si solo, produce liderazgo. Más bien todo lo contrario.

El jefe de Gabinete número 23 ya comenzó su gestión. El desafío es hacer funcionar la maquinaria política de un Gobierno que paralizó su gestión hace por lo menos tres meses. Más allá del éxito o el fracaso en esa empresa, la mirada también está puesta más allá.

Santilli era hasta hace horas un posible candidato. Era un dirigente destinado a pelear los lugares más altos en las listas del año próximo. A partir de ayer, todo es incertidumbre. Veremos, de aquí a poco, si el flamante jefe de Gabinete puede romper una secuencia que lleva más de tres décadas o se suma de manera inexorable a una extensa lista de dirigentes talentosos que ocuparon el segundo despacho más importante de la Casa Rosada y, que pese a eso, quedaron lejos del bronce.

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