El Financial Times publicó un perfil extenso de Sir Christopher Hohn, gestor británico de fondos de cobertura, fundador de The Children’s Investment Fund. Un fondo de cobertura o hedge fund es una inversión privada que genera rentabilidad con estrategias avanzadas de mercado. Hohn administra 77.000 millones de dólares concentrados en quince posiciones globales y su firma generó en 2025 ganancias netas estimadas en 18.900 millones de dólares, la mayor cifra anual registrada por un fondo de este tipo en la historia. Es, según el propio diario, lo más cercano que tiene el Reino Unido a Warren Buffett.
El reportaje pertenece a la serie principal del diario, The Big Read y es una pieza estelar. Así, dos corresponsales experimentados entrevistaron al sujeto durante seis horas en su despacho de Clifford Street, en Londres. El producto resultante merece examen detenido porque revela algo más inquietante que el comportamiento del entrevistado.
Hohn corrige al periodista para aclarar que no cree en Dios, sino que lo sabe, según dice, y recita como un místico hindú con los ojos entrecerrados, bañado por la luz que entra por la ventana. Explica sobre la conciencia de Dios y que cualquiera puede conocerla cerrando los ojos en la oscuridad. Asimismo, refiere vidas pasadas compartidas con su segunda esposa, doctora de Harvard, quien confirma a los periodistas que en su tercera cita él saltó por la habitación exclamando que ya la conocía. Habla con sus amigos durante una hora seguida sobre asuntos espirituales y luego les envía cuarenta enlaces por correo. También construyó un retiro de 480 acres en Carolina del Norte y financió una escuela dirigida por una clarividente septuagenaria, Zulma Reyo, alojada en una mansión blanca sobre las colinas de Mallorca. Se suma que cofundó LightEn, organización benéfica que distribuye millones de libras anuales para promover lo que sus propios documentos describen como la encarnación del alma.
Esto es proselitismo activo financiado con miles de millones
Llamemos a las cosas por su nombre. Las afirmaciones del señor Hohn carecen de toda base verificable porque nadie regresa de vidas anteriores o reconoce almas previas en cócteles. De la misma manera, nadie sabe lo que es Dios cerrando los ojos. Estas son creencias indistinguibles de las que cualquier servicio psiquiátrico clasificaría como ideación delirante si fueran sostenidas por una persona común. Por otra parte, la religión y sus derivados modernos reciben desde hace siglos una excepción cultural respecto del juicio racional ordinario. Esa salvedad no se sostiene en evidencia sino en costumbre y en el peso institucional de quienes la repiten.
El Financial Times conoce esto perfectamente. Sus editores no creen, presumimos, que sus propios cónyuges hayan sido sus parejas en encarnaciones medievales o que sus reporteros financieros toman decisiones de cobertura consultando con sus guías clarividentes. Sin embargo, cuando el sujeto que afirma estas cosas administra 77.000 millones de dólares, los mismos editores y reporteros abandonan el escrutinio. Visitan los retiros y registran las declaraciones con respeto solemne. Asimismo, validan a la esposa como interlocutora legítima sobre encarnaciones pasadas. Al final, dedican dos columnas enteras del Big Read al material espiritual. Cuando concluyó el intercambio el propio periodista es interrogado por el entrevistado sobre sus creencias y confiesa en el texto que respondió de manera nerviosa tras lo cual Hohn ríe y corta la llamada.
La inversión jerárquica queda registrada sin comentario. Quien tiene capital interroga y quien tiene la libreta responde turbado.
Hagamos un ejercicio simple. Imaginemos al mismo hombre, las mismas frases, sin patrimonio. Un empleado administrativo que en una entrevista laboral corrige al reclutador para aclarar que no cree en Dios sino que lo sabe, que reconoció a su pareja actual de vidas anteriores, que tiene una maestra clarividente en Mallorca que le explica sus encarnaciones previas. Es de esperar que ese currículum vaya al descarte. Si insiste, el departamento de recursos humanos sugerirá una evaluación profesional. Y si insiste en la calle, alguien llamará a un servicio de emergencia.
Las mismas palabras pronunciadas por el gestor de 77.000 millones de dólares reciben tratamiento periodístico solemne en el diario líder mundial de información financiera. La asimetría no es accidental porque la fortuna no compra solamente bienes y servicios, sino que provee el marco interpretativo con que los demás procesan tus declaraciones. La misma frase activa el protocolo psiquiátrico pronunciada por un indigente y el hagiográfico cuando un millonario la propone.
La historia ofrece suficientes advertencias. Adolf Hitler dominó durante años el continente europeo entero y su éxito político, militar y económico fue inmenso. Nadie sostiene hoy que esos logros demostraban la lucidez del sujeto. El resultado material no es prueba de la salud mental del actor, sino de las circunstancias estructurales que permitieron el resultado. La confusión entre éxito y cordura es el error más viejo del periodismo de personalidades, y el Financial Times incurre en él con una placidez que sorprende.
Más grave que la conducta del entrevistado es el comportamiento del medio y la del lector. Los comentarios al pie del reportaje celebran al personaje. Muchos aplauden sus donaciones climáticas, su financiación de Extinction Rebellion y sus aportes contra la malnutrición infantil. Pero nadie pregunta cómo un hombre que asegura haber reencarnado y dialogar con la conciencia universal puede tomar decisiones racionales sobre 77.000 millones de dólares ajenos. Están ausentes los cuestionamientos sobre si las pensiones de los inversores institucionales que confían en TCI saben que su gestor identifica almas previas en cócteles. La beneficencia, por generosa que sea, no transforma una alucinación en verdad revelada. Sólo convierte a un sujeto adinerado en un sujeto adinerado y generoso, nada más.
El Financial Times falló en esta pieza por publicarla sin marco crítico, sin contraste, y la pregunta elemental que cualquier periodista de policiales le haría a un sospechoso que asegurara haber vivido antes, ¿qué pruebas tiene usted de lo que dice?
El silencio sobre esa pregunta distingue al periodismo financiero contemporáneo del periodismo serio. Este último permite que el sistema productivo global descanse, en parte sustancial, sobre intuiciones que en cualquier otro contexto requerirían atención médica. Y consagra una asimetría cuyo nombre verdadero todos conocemos porque la diferencia entre un excéntrico y un enfermo es aproximadamente 1.000 millones de dólares.
Hohn lo sabe. Por eso interroga y corta la llamada cuando se acaba el aire.
Las cosas como son.
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