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Un empresario decía el lunes en el megaevento que realizó el diario Clarín que "ojalá lo que está pasando le sirva (a Javier Milei) para bajar el dedo acusador y aprenda a escuchar". Se trató del comentario más benévolo que se escuchó en el Salón Dorado del Teatro Colón, con referentes del círculo rojo que están entre el enojo y la desilusión, tratando de imaginar hacia dónde pueden derivar estos tiempos turbulentos, donde el inversor de la economía real solo necesita certidumbre. "Nadie tiene un plan B", escuchó decir El Observador.

Esa noche todavía el secretario de Finanzas, Pablo Quirno, no había anunciado la intervención directa desde el Tesoro en el mercado cambiario. El lunes, en algunas entidades el dólar había superado la banda. Y en la Rosada la inquietud se olía, una angustia propicia para la mala toma de decisiones, que este Gobierno suele tomar sin consultar a los "expertos en crisis" ni a sus manuales. "No los necesitamos", fue la síntesis que sonó en el primer piso de la Rosada. Y tal vez tengan razón: su modelo fue difícil de comprender en su ascenso y en su instalación luego de la victoria, nadie puede asegurar seriamente que no puedan superar esta dramática coyuntura. Milei se mantiene firme de carácter, contra viento y marea, como si nada lo sorprendiera.

La anécdota del chofer y la comunicación divina

Juan González, periodista de Noticias, publicó ayer en su cuenta de X que "un importante joven libertario ayer -por el lunes- contó ante un grupo de empresarios esta historia: 'Javier anda diciendo que habló con el UNO y que este le dijo que iba a estar todo bien'". El joven libertario sería Iñaki Gutiérrez, a quien el chofer de Milei le habría dicho que Dios le habló y que todo iba a estar bien. "Se lo contó el chofer al pibito", es lo que circuló en ambientes empresarios.

Como sea, el gran objeto a derrotar es el kirchnerismo. A los libertarios los mueve ese deseo que encaja a la perfección con su propio electorado de los centros urbanos, o en provincias dominadas por la producción y el emprendedorismo, como es el caso de Córdoba, Mendoza o Santa Fe. Se trata de una estrategia electoral, pero también de un método.

Con rusticidad, y sin poder dar muestras de una exitosa gestión, lo que tiene el Gobierno es montar un escenario de guerra, por eso apelan al consejo de Ramón "Nene" Vera, un conocido kirchnerista de Moreno que dice haberse vuelto libertario gracias a su hija, y que puso a disposición el único club de ese distrito con un dueño que le responde. Los otros, más de 50, están alineados con el Movimiento Evita y específicamente con la intendenta Mariel Fernández. Nadie se anima a garantizar la seguridad presidencial, ni el ministro de Seguridad bonaerense ni la controvertida Casa Militar.

Pero el electorado de esas localidades sumergidas en la pobreza y el narcotráfico, ¿quiere guerra? ¿No prefiere un presidente que brinde esperanza? En el camino van dejando varios dirigentes más apegados a las formas, a trabajar en esos distritos arrancando con el grupo de electores "aspiracionales", promoviendo valores republicanos y una red de organizaciones que busque soluciones acompañados por la presencia del Estado. "Es un esquema que desplegó María Eugenia Vidal, ¿de qué le sirvió? Si ellos juegan con fuego, hay que responder con fuego, sino te pasan por arriba", le dijo un nuevo afiliado a LLA en la provincia de Buenos Aires a esta cronista.

Las expectativas para septiembre

Ganar en septiembre se parece mucho a una quimera. Voceros oficiales hicieron trascender que esperan una derrota que puede ir de 5 a 8 puntos, un pronóstico que se diferencia notablemente con el del Presidente, quien al periodista Louis Sarkozy que lo entrevistó el viernes último, le dijo que "es a todo o nada, y eso implica (que van a) tratar de destruir el programa económico en el Congreso a hacer manifestaciones violentas en la calle, o intentar matarme", pero el kirchnerismo "puede quedar herido de muerte el 7 de septiembre".

Tranquilo, hablando con el tono de un Jefe de Estado con experiencia y visión del mundo, también le explicó la importancia de la "batalla cultural". "Si la gente está convencida de que la solución pasa por tener Estado, las medidas no serán populares", declaró, haciéndose cargo de que en las encuestas la población no está demasiado conforme con la virtual desaparición del Estado que a él le gustaría. Un cambio se percibe. Por lo menos, lo reconoce.

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