26 de julio 2026 - 13:06hs

Una empresa china de aspiradoras anunció en abril de 2026 un automóvil deportivo con propulsores de cohete desde una planta junto a la Gigafactory de Tesla en Berlín, con una capitalización futura de 10.000 millones de dólares y un sistema operativo automotor superior al de Bugatti. Sin embargo, la empresa nunca fabricó un auto y la instalación es todavía es un terreno baldío. Es decir, la capitalización es un cuento y el sistema operativo es una diapositiva.

Cabe destacar que el episodio de auto Dreame Nebula NEXT 01 Jet Edition resulta familiar. Evergrande prometió una flota completa de vehículos eléctricos antes de quebrar, y el conglomerado HNA quiso comprar el mundo y se disolvió en deudas. Por su parte, Luckin Coffee anunció que sepultaría a Starbucks y terminó investigada por fraude contable. Se suma DeepSeek, un destello que se opacó en seis meses. El patrón es industrial, y siempre la promesa precede al producto por años o por toda la eternidad, la diapositiva sustituye al prototipo y el comunicado sustituye al cliente.

Hace tiempo circula un argumento que se enuncia con tono de paciente sabiduría. Dice que el bloqueo tecnológico contra China termina por empujar a los chinos a innovar por su cuenta, y que el efecto neto del proteccionismo es contraproducente. El argumento atribuye la innovación a un estado de ánimo, o a una urgencia psicológica. La innovación, en esta lectura, sería un humor colectivo que el cerco occidental provoca. Sin embargo, la realidad es más simple y más cruel. El avance es función de la base de capital paciente, la libertad de investigación, la profundidad del ecosistema técnico acumulado, el flujo de talento y de la asignación eficiente de recursos. Ninguna de esas variables se modifica por decreto ni se acelera por aislamiento. La voluntad nacional o las consignas no construyen fábricas.

Lo curioso es que el mecanismo inverso sí funciona. El fantasma chino, la promesa altisonante seguida por la entrega inexistente, provoca una respuesta verdadera en quien tiene capacidad de respuesta. El inventor occidental observa la diapositiva, escucha el comunicado triunfal, lee los titulares pagados, sospecha que algo importante se pierde y entonces revisa su cronograma. Así, suma turnos en el taller, adelanta lanzamientos y refuerza el banco de pruebas. Solicita capital adicional con el pretexto de la amenaza.

El resultado es asimétrico. Quien tiene fábrica, ingenieros, proveedores y patentes opera sobre material real, al tiempo que el cuento chino le sirve de estímulo; pero quien solo tiene fábrica de comunicados queda con los textos. La distancia entre uno y otro crece en lugar de reducirse. El partido en Beijing diseñó la campaña de promesas como ofensiva narrativa contra Occidente y obtuvo el efecto opuesto al previsto ya que aceleró a sus rivales y consumió crédito interno en simulacros que no resisten contacto con el aire.

Existen contraejemplos y conviene mirarlos. Hay sectores donde el productor occidental se durmió y la sombra terminó por reemplazarlo. Por ejemplo, iRobot quebró este año y pasó a manos de su proveedor chino Picea. El caso es instructivo porque iRobot vivió dos décadas de su producto fundacional sin innovar de modo significativo. Cuando la sombra apareció con un producto físico real, el fabricante original no tenía nada nuevo para ofrecer. Esa categoría de derrota no contradice el argumento, solo lo refina. El fantasma chino destruye a los incumbentes acomodados y acelera a los inventores activos. La separación entre los dos se vuelve más nítida con cada anuncio.

También hay una lección operativa. Quien pretende usar la promesa como sustituto del producto descubre que el artículo sigue siendo necesario. Quien pretende usar el aislamiento como sustituto de la capacidad acumulada descubre que la aptitud sigue siendo necesaria. Los dos errores son simétricos y ambos parten del supuesto que la innovación es un asunto de voluntad y no de estructura. China apuesta a que la voluntad nacional bastará y Occidente cree a veces que el cerco doblegará la voluntad rival. Ambas apuestas yerran en el mismo plano.

El cuento chino no es un instrumento de competencia sino un regalo involuntario al competidor que tiene materia bajo las manos. La sombra acelera al taller y la diferencia se ensancha mientras los anuncios se acumulan.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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