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Hace unos días se hizo viral una historia de Instagram de Juana Repetto en la que se mostraba desbordada por eventos de su vida cotidiana y la crianza de sus hijos. La actriz e influencer decía:

“Les juro que estoy agotada, me está pasando de todo. Estoy cansada, frustrada, angustiada. Mi casa es un quilombo. Mi vida es un quilombo. Grace, que es la señora que trabajaba en casa, nos abandonó, nunca más volvió”.

Después, como suele hacer en sus descargos, agregó una serie de confesiones totalmente desafortunadas. Juana no parece conocer el límite de lo público y lo privado. Tampoco el alcance de los white people problems ni el respeto por el trabajo de otro ser humano. Al revelar el origen principal de su angustia dijo: “Estoy agotada de lavar pantalones cagados”. La lluvia de comentarios negativos no se hizo esperar:

Más allá de su falta de pudor y tilinguería, Juana instaló un tema que desvela a muchas mujeres y a muy pocos hombres: el servicio doméstico.

El mundo se divide entre la gente que depende de ese servicio y los que pueden prescindir alegremente de él aunque puedan pagarlo. Por supuesto, me encuentro en el primer grupo y envidio mucho a los que integran el segundo.

Lorena viene a mi casa dos veces por semana y cuando escucho, en los días que le toca venir, la puerta abrirse, se apodera de mí una paz mental. En la serie Según Roxy estaba muy bien descrito ese sentimiento cuando Roxy presentaba a Kerly, su empleada doméstica. Después de alabarla y decir que no podía vivir sin ella, Roxy declaraba: “Hay gente que ama los fines de semana, yo amo los lunes cuando se escuchan las llaves en la puerta de casa y Kerly ya está en casa”.

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La contracara de esto es el fatídico mensaje de WhatsApp en cuentagotas:

No importa el motivo, el día ya está arruinado. Todo lo que planeaste hay que recalcularlo. Si tenés hijos pequeños, directamente considerás tirarte por la ventana. Habría que hacer un tratado de psicología sobre la sensación de orfandad que provoca el faltazo de la empleada doméstica a “algunas” personas.

El humorista Moldavsky contaba que el estado de ánimo de su mamá dependía totalmente de la presencia o no de la empleada. En la familia había un momento de festejo o zozobra que puedo identificar claramente. María o Kerly tenían ropa y ojotas que usaban para la faena. Las dejaban en la casa de sus empleadores para no llevar y traer. Los viernes, una vez que se cerraba la puerta, la mamá de Moldavsky corría al lavadero y, si la empleada había dejado sus pertenencias, había festejo familiar: ¡María iba a volver el lunes!

La relación laboral en el servicio doméstico y su complejidad en Argentina

Ya lo decía el título del libro de Jessica Fainsod, editado por Sudamericana en 2008: Se nos fue María y mi vida es un caos. Superado el albur de la asistencia diaria a la jornada laboral, cuando tenemos una relación estable y satisfactoria con la empleada, el siguiente pedido a Dios es que no se vaya.

Esta relación laboral tan particular es mucho menos frecuente en los países desarrollados, mucho más extendida en las clases altas latinoamericanas, y en Argentina todavía es algo que la clase media, aunque en menor medida que antes, puede permitirse.

Más allá del país, la forma de contratación, de si la empleada usa uniforme, si la llaman con la campanita (¡horror!) o almuerza con sus empleadores en la mesa familiar, siempre la naturaleza de la relación conlleva una extrañeza. Una persona con la cual la mayoría de las veces solo nos conecta un número de celular comparte nuestra cotidianidad e intimidad. Ella sabe mucho de nosotros y nosotros poco de ella. Aunque le preguntemos por su familia, nos interese su salud, la ayudemos a conseguir un turno o le regalemos la ropa que ya no usamos, siempre estaremos del otro lado. Muy pocas veces se franquea esa desigualdad y nos transformamos en familia de ella, como nosotros creemos que ella es parte de la nuestra. Tuve la suerte de ser testigo de casamiento de Alicia y de que Angélica viniera a mi casamiento. Ambas progresaron desde que dejaron de trabajar en casas de familia. Alicia es repositora de supermercado y Angélica se recibió de técnica radióloga y luego dio un vuelco a su vida: se fue a vivir a Bariloche y es instructora de yoga. Lamentablemente son excepciones a vidas de sacrificio que no redundan en mejoras tangibles para ellas.

Sería muy sano poder pensar el vínculo como una relación laboral, en la que uno necesita un servicio, la persona le pone un precio, lo brinda, cobra y no experimentamos ninguna culpa ni ejercemos ningún maltrato. La dificultad mayor para que esto suceda, más allá de las diferencias de clase, es que la relación se da en el hogar, puertas para adentro. Eso la hace única y unilateral en algún sentido.

Será por eso por lo que la ficción en todas sus formas le ha dedicado muchas obras a representar este vínculo. Algunos ejemplos conocidos: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín, la idealización del rol en las novelas de Andrea del Boca como Celeste y Estrellita mía, la de Natalia Oreiro en Muñeca brava, la Nina de Avenida Brasil, Celsa y Antonia de la serie Nada. Las películas argentinas Cama adentro y Bajo el mismo techo exploran una variante extrema de esta relación laboral extraña: la empleada con cama adentro.

Mi favorita es la película de Claude Chabrol de 1995, La Ceremonia, donde la relación se lleva al extremo de la tragedia y los vencidos se transforman brutalmente en vencedores.

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Hace unos años, Gustavo Noriega escribió sobre Roma, la gran película de Alfonso Cuarón, y supo poner en palabras la delicada ecuación que conlleva este trabajo:

El del servicio doméstico "cama adentro" es un fenómeno eminentemente latinoamericano: probablemente la única situación en que personas de diferentes clases sociales conviven cotidianamente en el hogar. Los que pertenecemos a la zona privilegiada de ese encuentro sabemos bien de la distancia única que se establece entre empleadores y empleada (uso el femenino porque prácticamente el 100% del servicio doméstico son mujeres): una mezcla de lejanía e intimidad desconcertante. El espectro de palabras posibles con que se describe esa relación es muy amplio: desde indiferencia y crueldad hasta demagogia e inclusión, pasando por todas las formas de mala conciencia que pretenden licuar en la vida cotidiana una relación de poder. Por supuesto que ese espectro no excluye el afecto sincero ni la empatía. El del servicio doméstico "cama adentro" es un fenómeno eminentemente latinoamericano: probablemente la única situación en que personas de diferentes clases sociales conviven cotidianamente en el hogar. Los que pertenecemos a la zona privilegiada de ese encuentro sabemos bien de la distancia única que se establece entre empleadores y empleada (uso el femenino porque prácticamente el 100% del servicio doméstico son mujeres): una mezcla de lejanía e intimidad desconcertante. El espectro de palabras posibles con que se describe esa relación es muy amplio: desde indiferencia y crueldad hasta demagogia e inclusión, pasando por todas las formas de mala conciencia que pretenden licuar en la vida cotidiana una relación de poder. Por supuesto que ese espectro no excluye el afecto sincero ni la empatía.

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Lo que Gustavo describe en este párrafo lo experimenté vivamente cuando murió Hilda, la señora que cuidó a mi hijo Elías desde que tenía meses hasta que entró a la sala de dos del jardín de infantes. Hilda vivía en Florencio Varela, viajaba casi dos horas diarias para llegar a Boedo y otras dos para volver a su casa. No faltó un solo día y siempre llegó a horario. Yo sabía que tomaba entre dos y tres colectivos para llegar. Poco tiempo después de trabajar con nosotros, enfermó de cáncer. Tuvo algunas internaciones y murió algunos meses después, a los 61 años. Fuimos a despedirla a su velorio, a pocas cuadras de su casa. Viajamos en auto, atravesamos en un vehículo confortable el trabajoso camino que ella había recorrido durante dos años. Ese día entendí la dimensión de la distancia que separaba su casa de la mía y supe que le voy a estar eternamente agradecida.

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