24 de octubre 2024 - 15:49hs

Hubo una banda de rock a fines de los 60 integrada por nueve músicos, muchos de los cuales tenían formación jazzística. Fueron furor un tiempo: su segundo álbum, publicado en 1969, logró varios hits y el premio Grammy al mejor disco del año en 1970. Un premio más si no hubiera sido que otro de los nominados era Abbey Road, de The Beatles, y, aunque ahora parezca una enormidad la falta de perspectiva histórica de los que juzgaban, lo cierto es que aquella producción de Blood, Sweat & Tears —que así se llamaba la banda— era realmente excelente. Además de algunos hits de estructura compleja y poco complaciente para con el oyente que no fueron posteriormente recogidos por las FM que apelan a la nostalgia, el álbum comenzaba con algunas variaciones sobre las Gimnopedias de Erik Satie, para después desplegar una furibunda mezcla de funk, soul, country, jazz y rock y hasta un cover de Billie Holliday. Era y sigue siendo uno de los grandes discos de rock que nos dieron los 60.

Después de ese éxito arrollador vino un tercer disco, editado en 1970, con algún éxito comparable a los del álbum anterior, y posteriormente la banda no volvió a sacar un hit y sus discos pasaron desapercibidos hasta llegar al olvido. En 1970 alcanzaron el pináculo de una carrera que acababa de empezar y en ese mismo momento se precipitó el ocaso. El tiempo pasó y hoy ya nadie se acuerda del grupo salvo algún memorioso que puede preguntar: "¿Qué cuernos le pasó a Blood, Sweat & Tears?".

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Una película reveladora sobre el destino de la banda

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Exactamente así se llama una película que, por obra gracia de la casualidad y motorizado por mi infatigable curiosidad, vi en estos días: What the Hell Happened to Blood, Sweat & Tears? Probé de ver los primeros cinco minutos a ver qué onda y me encontré un par de horas después fascinado con la respuesta al enigma: una explicación que involucraba a los países comunistas detrás de la Cortina de Hierro, al Departamento de Estado norteamericano, la Guerra Fría, a la vida tempestuosa de un cantante canadiense, al macartismo inverso del movimiento hippie, encarnado en su líder, Abbie Hoffman, y a la incapacidad manifiesta de muchos artistas para entender el mundo que los rodea. Como la gran mayoría de ustedes —por atendibles razones— no va a acceder a la película (no está ni promete estar en ninguna plataforma), procedo a revelarles esta historia que estuvo silenciada durante décadas y que deja varias enseñanzas.

El hecho es que, en 1970, en el pináculo de su fama y en el momento de mayor conflicto entre el establishment y la cultura joven norteamericana, el grupo aceptó —misteriosamente— hacer una gira, auspiciada por el Departamento de Estado norteamericano, por tres países comunistas: Yugoslavia, Rumania y Polonia. Para el gobierno norteamericano era una jugada diplomática tendiente a separar lo más posible a esos países del influjo de la Unión Soviética que un par de años antes había invadido con tanques a Checoslovaquia para abortar un movimiento juvenil rebelde. Al mismo tiempo, les permitía mostrar a los jóvenes crecientemente desencantados con la vida bajo el socialismo los productos más atractivos de la libertad. Para los países comunistas era ventajoso en el sentido de poder diferenciarse de la URSS, que en ese momento estaba siendo mal vista internacionalmente. ¿Y a la banda en qué lo beneficiaba hacer en el momento de su mayor auge una gira asociada al gobierno de Richard Nixon? Volveremos sobre eso más adelante.

El concierto en Europa del Este y la tensión política

El arreglo por la gira incluía la realización de una película, con lo cual disponemos de filmaciones hasta este momento inéditas de las actuaciones del grupo en Europa del Este, y también registros de la vida cotidiana y de algunas reuniones entre ellos resolviendo algunas cuestiones que se iban apareciendo.

La recepción en Yugoslavia comenzó bien y se fue tornando cada vez más fría, sin demasiadas repercusiones y, hasta en un caso, como si fuera un honky tonk bar de la América profunda, con el premio de que les arrojaran latas de cerveza en señal de repudio. La cosa cambió en la parada siguiente, en uno de los países con las libertades más restringidas del bloque soviético: la Rumania de Nicolae Ceauescu. Allí, por primera vez, realmente sintieron que detrás de ellos caía una cortina de hierro y convivían con un Estado vigilante que los seguía a sol y a sombra. Seguramente por esa opresión visible y pesada es que su juventud estaba anhelante de abrir una ventana al mundo.

Ante un estadio repleto, en la primera función, los Blood, Sweat & Tears se encontraron con un público enfervorizado, eufórico, totalmente conectado con la cultura rock y con los aires de libertad provenientes de los virtuosos músicos que desplegaban su arte en la escena. Hacia el final de un show especialmente energético, los bises se continuaron durante un largo rato y la muchedumbre comenzó a gritar: "¡U. S. A!, ¡U. S. A!". Iuesei, iuesei, respetando rigurosamente el spelling inglés y despertando las iras de la burocracia que inmediatamente dio la orden de reprimir y vaciar el estadio. Quizás por primera vez en la historia del régimen, los jóvenes reaccionaron, prendiendo fogatas en distintas zonas del estadio y resistiéndose a la acción de la brutal policía rumana.

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El concierto fue demasiado para el régimen, pero también para el gobierno norteamericano, que quería manejar la gira con pulso diplomático sin generar conflicto con las autoridades comunistas. Como bien declara en la película el historiador Tim Naftali: "Lo que mantenía unido a estos regímenes era el miedo. Miedo de la policía, miedo de los militares. Miedo de que tu vecino sea un informante. De perder tu trabajo, de perder tu departamento. De ir preso, de que te fusilen. Cuando tenés la respuesta de un público extático a un evento cultural, mucha gente se olvida de ese miedo. Pero no todos. Los representantes del gobierno rumano tenían miedo de perder sus propios trabajos. Dios mío, si Ceauescu escucha que durante mi guardia hubo una manifestación pro EE. UU. me pueden meter preso."

Las restricciones del "Manifiesto Bucarest" y el caos en Rumania

Para el segundo concierto, las autoridades rumanas pusieron en conocimiento de la embajada norteamericana una serie de condiciones, dejando en claro que la decisión de mantener el show dependía de la aceptación de todas y cada una de las demandas. La película muestra el momento en que, reunidos en la habitación de un hotel, el grupo —que tomaba todas las decisiones por votación— escucha de labios del manager de la gira lo que él llama el "Manifiesto Bucarest":

  • Más jazz.
  • Menos ritmo.
  • Menos gestos y movimientos corporales.
  • Nada de sacarse la ropa en el escenario.
  • Que no haya técnicos de pelo largo en el escenario.
  • Que no se filme.
  • Si el público hace demasiado ruido, detener el show.
  • Un máximo de dos bises.
  • Volumen más bajo.
  • No tirar instrumentos desde el escenario.

Entre risas y alguna pregunta atinada ("¿Cómo van a hacer para medir la cantidad de jazz del show?"), el grupo decidió acatar en principio las condiciones y hacer el recital. El equipo de filmación no podía llevar las cámaras para filmar, pero se encargó de cubrir todo el estadio con cámaras de fotos, registrando las mejores imágenes del evento. Por supuesto, todo se desmadró. El cantante se movió sensualmente, arrojó la maza con que golpeaba un gong a la platea, el público enloqueció, hicieron un bis más de lo pactado y la excitación de la gente llevó a que la policía militar soltara a los ovejeros alemanes con los que custodiaba la seguridad del lugar. Los músicos vieron cómo un chico que logró colarse en el backstage para pedir un autógrafo fue apaleado por los policías. El caos fue total. La banda pudo ver el comunismo en acción.

Las autoridades no querían que la delegación norteamericana se llevara las cintas donde se habían grabado no solo la actuación del grupo, sino también la acción represiva de la policía rumana. Hicieron que los rollos pasaran por los rayos X del aeropuerto para que se velaran y perdieran el contenido. Pero, como si se tratara de una novela de John Le Carré, los norteamericanos habían diseñado todo un operativo por el cual las verdaderas cintas habían salido vía la embajada y las que sufrieron las consecuencias de los rayos X eran películas vírgenes, sin contenido.

El recibimiento en Polonia y el declive en Estados Unidos

En Polonia se encontraron con un clima igualmente opresivo, con el estadio rodeado de carros militares y presencia policial en cada paso de sus movimientos, pero con un público más educado culturalmente y con altas expectativas musicales. Dieron grandes shows, con muchos bises y ovaciones de pie, pero sin desbordes que inquietaran a las autoridades comunistas.

A la vuelta de la singular gira, la banda se encontró con algo que no debería haber resultado demasiado sorprendente: el repudio del movimiento juvenil que enarbolaba las consignas del hippismo, luchaba por los derechos civiles en EE. UU. y en contra de la participación del país en la guerra de Vietnam. Los miembros de la banda fueron acusados de colaboracionistas con el gobierno de Richard Nixon en un momento particularmente álgido de la política norteamericana. La realidad que ellos habían presenciado, la de un régimen totalitario que no tendría la menor hesitación en reprimir y encarcelar a todos los músicos de rock del mundo, no le resultaba importante a nadie: según ellos, el verdadero régimen fascista era el que imperaba en EE. UU. Apenas llegados al aeropuerto, en la conferencia de prensa, el tenor de las preguntas denotaba una agresividad que habría sido impensada a principios de ese año. En su primera presentación, en el Madison Square Garden de Nueva York, el líder de los yippies, Abbie Hoffman, hizo una performance en la calle repartiendo volantes titulados "Blood, Sweat & Bullshit". En el volante los acusaba de ser "colaboracionistas de los cerdos" y llamaba a boicotear sus discos y actuaciones.

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La caída de prestigio de la banda fue notoria, la burla de los medios en general, en especial de los especializados en cultura joven, como la Rolling Stone (uno de cuyos redactores aparece en la película avergonzado de las barbaridades que escribió en aquel momento contra la banda) fue incesante. Todo coincidían en que el grupo se había vendido al gobierno de Richard Nixon y se burlaban de sus descripciones de la vida bajo el comunismo. El clima interno se puso demasiado hostil y eso tuvo repercusiones hacia la productividad del grupo. Luego del tercer álbum, ya nadie tuvo interés en la producción de la banda y, en menos de lo que canta un gallo, habían pasado de moda y quedaban en el recuerdo como el "grupo que se vendió al sistema".

El dilema de la banda: ¿por qué aceptaron la propuesta?

Ahora corresponde contestar la pregunta. ¿Qué llevó a Blood, Sweat & Tears a aceptar una propuesta con tantas contras como la que le hizo el gobierno norteamericano? La respuesta es que no tenían muchas posibilidades de negarse y la clave del asunto está en el cantante, David Clayton-Thomas, un canadiense carismático y encantador, como puede verse en el registro de sus actuaciones en los 70 y en su presencia actual en el documental.

El grupo había tenido un primer álbum presentado en 1968, pero allí el cantante y líder musical no era Clayton-Thomas sino Al Kooper, un excelso guitarrista de blues blanco que le puso su impronta al grupo pero que tenía un registro vocal estrecho y sin potencia. La banda, que se apoyaba principalmente en su línea de bronces, realmente virtuosa, decidió cambiar al cantante y buscar un reemplazante. El elegido en un casting, casi inmediatamente, fue Clayton-Thomas, y la potencia de su voz y el feeling con el resto de la banda demostró que la elección era correcta. El segundo álbum lo tiene como gran protagonista y el secreto de la enorme repercusión que tuvo.

El problema era que David era canadiense, había tenido una infancia turbulenta y alguna denuncia por violencia doméstica (que él niega como infundada). Su green card, que le permitía permanecer trabajando en los Estados Unidos, estaba en duda y al Departamento de Estado se le ocurrió un quid pro quo muy parecido a una extorsión: el cantante tendría su validación norteamericana a cambio de que el grupo hiciera la famosa gira por los países comunistas. Como había quedado claro, el éxito del grupo, en ese momento número uno en los Estados Unidos, dependía del vocalista y asegurarlo era fundamental para seguir en la senda de los éxitos. Con la única excepción del guitarrista, Steve Katz, más politizado y reticente a colaborar con el gobierno, el grupo aceptó el chantaje pensando que se trataba del mal menor. Como en una tragedia griega, los protagonistas creyeron que tenían una opción para seguir manteniendo el pacto fáustico, pero terminaron encontrándose al final del camino con el mismo final que querían evitar: el ocaso y la falta de reconocimiento popular.

El documental los muestra como un grupo sano y democrático, que tomaba decisiones en conjunto y que tenía un objetivo muy claro: hacer la mejor música posible con los elementos que contaban. Para que la tragedia cumpliera su ciclo y el grupo retornara al anonimato, se requería de la ceguera de los jóvenes contestatarios norteamericanos, que pensaban que vivían en el peor país del planeta y que no toleraban que viniera alguien del mismo ámbito cultural con la noticia de que había opciones mucho peores a la desacreditada democracia que daba lugar a Richard Nixon y la guerra en Vietnam. En la conferencia de prensa en el aeropuerto, David Clayton-Thomas dice algo revelador, pero que nadie quería escuchar: "Fuimos con la idea de conocer cuánto del 'fascismo comunista' era propaganda del gobierno norteamericano. Y me encontré con que la verdad estaba muy cerca de la propaganda". Medio siglo después, algunas discusiones sobre el mundo real se parecen demasiado a la tragedia de Blood, Sweat & Tears.

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