Desde su Villa Crespo natal hasta establecerse en Israel, Eitan Horn se crió con la convicción de que el Estado judío podía “vivir en paz” con sus vecinos palestinos. Hoy, a cuatro meses de ser uno de los últimos rehenes liberados con vida por Hamas tras el atentado del 7 de octubre de 2023, reconoce que era una “utopía”. “Creía que con educación todo se puede solucionar. El 7 de octubre entendí que no. Y cuando salí y vi las imágenes de todo lo que hicieron, entendí que es realmente imposible cuando gobierna un grupo terrorista que busca el exterminio de Israel y del pueblo judío”.
Los 737 días de cautiverio en los túneles de Gaza hicieron de Eitan Horn una figura pública en todo Israel, alguien a quien muchos locales quieren darle un abrazo silencioso cuando lo reconocen en la calle o en el lobby del hotel de Tel Aviv desde el que relata su calvario a medios sudamericanos, entre los que se encuentra El Observador.
Horn fue uno de los capturados por los milicianos de Hamas en el kibbutz Nir Oz, lindero con la Franja de Gaza. El argentino israelí había ido a visitar a su hermano Iair, otro de los secuestrados. El reclamo de la familia Horn por la liberación de sus hijos recorrió el mundo, aunque con el convencimiento extendido en todo Israel de que la comunidad internacional fue demasiado pusilánime con las atrocidades cometidas el 7 de octubre y sesgada en contra de Israel ante el contraataque a Hamas librado en la Franja de Gaza, que dejó –según las cifras de las autoridades palestinas– unos 70 mil muertos.
Para él es una “fantochada” el plan de paz liderado por Estados Unidos en Medio Oriente, “porque la educación que reciben es hacia el odio y ellos mismos te lo dicen: que va a haber otro 7 de octubre. “No entiendo de qué paz habla el mundo. Lamentablemente no tengo la solución en paz, con esas bestias no se puede vivir”.
Apenas capturado, después de bajar por las escaleras de una casa gazatí a los túneles excavados por Hamas debajo de la ciudad, su primer diálogo en la celda “en un inglés no tan bueno” fue con un joven de unos 22 años. “Me pregunta por qué vivo en Palestina. Mi reacción fue decirle porque puedo. Y me dice: ‘La van a pasar muy mal, esto es Palestina y si van a salir con vida te recomiendo que cuando salgas te vayas a otro país porque vamos a volver a hacer lo que hicimos y esta vez no vamos a secuestrar gente sino que los vamos a matar a todos’. Durante dos años, por lo menos una vez por semana escuchaba esa frase. Que va a volver a haber un 7 de octubre y que va a ser peor”.
El niño de Gaza
Las primeras alarmas de “Tzeva Adom” –”código rojo” en hebreo– despertaron a los vecinos del kibbutz sobre las 6 de la mañana. Con cuartos de seguridad en todas las casas y un domo de hierro que neutraliza cualquier misil desde el exterior, para los israelíes es habitual refugiarse unos minutos antes de seguir con su vida normal.
Para Eitan Horn, la madrugada del 7 de octubre no fue la excepción. Dejó el celular en el living y fue en calzoncillos al cuarto de seguridad, tentado por el sueño a quedarse otra vez dormido. Su hermano Iair, que tenía el WhatsApp activo, le pidió al cabo de unos minutos que no se durmiera. Enseguida apagó la luz y el ventilador. “Entonces escucho los primeros tiros y el primer Allahu Akbar”, la declaración en árabe de que “Dios es grande”.
“Iair estuvo forcejeando con la manija de la habitación, nos disparaban de todos lados y de hecho entraron balas. Ahí me dice de cambiarme de posición. En un momento decide soltar la manija y que sea lo que Dios quiera. Entra un terrorista con el arma, él intenta taparme y de hecho se lo llevan sin revisar el resto del cuarto. Perdí la noción del tiempo. Me quedo unos minutos sentado, hasta que decido que voy a salir a fumar mi último cigarrillo”, relata hoy Eitan Horn.
Israel ha sido muy enfático en que el 7 de octubre no solo se infiltraron terroristas con la vincha verde de Hamas, y ha revelado imágenes de que también entraron vecinos de Gaza que aprovecharon a saquear las casas devastadas.
Eitan Horn fue testigo de eso. Al salir de su casa, y mientras lo abordaban los combatientes y buscaba en el piso el cadáver de su hermano, se le acercó un tumulto de “niños y mujeres y ancianos” que lo empezaron a grabar. “Uno me intenta bajar el calzoncillo y un niño de entre 10 y 12 años saca un cuchillo e intenta acuchillarme, pero como en esa época pesaba 133 kilos, el cuchillo rebota en mi grasa en la espalda”.
El argentino israelí nunca más supo del destino de ese niño, pero lamenta: “Si no lo mató la responsabilidad (en la guerra en Gaza) que tiene Hamas, hoy está aprendiendo a manipular un arma para esperar al próximo 7 de octubre”.
A sabiendas de que quizás muchos no le crean “nada” de lo que dice, y con la necesidad de aclarar que no todos los musulmanes “son lo mismo”, asegura que en cautiverio le mostraron un libro de estudios de primer grado: “Ahí estaba escrito: ‘Hay que matar a un judío, te asegura un lugar en el paraíso’”.
Las denuncias
Al bajarse en Gaza con la cabeza cubierta por una sábana, Eitan Horn recuerda que otro tumulto se acercó a escupirlo y a gritarle. “De lo que entendía: que me iban a matar, que me lo merecía, que soy un judío desgraciado y que nos merecemos lo peor. Que Alá es grande”.
Lo primero que pudo ver cuando lo desvelaron fue que estaba entrando a un hospital con un “cartel bien grande sobre que ahí funcionaba gracias a las donaciones de la UNRWA”, la agencia de refugiados mayoritariamente manejada por palestinos y denunciada por Israel de estar infiltrada por Hamas, a tal punto que la administración de Benjamin Netanyahu desalojó y derrumbó la sede de la organización en Jerusalem.
“Me revisan, me visten de doctor y me suben a una ambulancia también donada por la UNRWA”, continúa Horn, que más de una vez repara en que durante su cautiverio fue testigo de cómo la ayuda humanitaria estaba en manos de Hamas.
“Por unas semanas nos dieron cartones de leche, parte de la ayuda humanitaria de la ONU, que estaba escrito en inglés que venía de Sudáfrica y que era leche materna para bebés. Si tomábamos eso y arriba los bebés se mueren de hambre, antes de fijarse lo que hizo o no el gobierno de Israel, tenemos que hablar de lo que hizo el grupo terrorista Hamas”, denuncia el ex rehén.
En su relato no faltan las carencias de comida –230 mililitros de agua cada 24 horas y medio pan de pita o unos cuatro dátiles para comer– ni la falta de higiene –duchas improvisadas con botellas de litro y medio una o dos veces por semanas, o en contadas ocasiones la posibilidad de usar los baños de los comandantes–.
“Lamentablemente para la gente que dona dinero para Gaza no entiende que eso no llega a los ciudadanos, sino que se usa para la infraestructura de los túneles”.
Horn también ha denunciado abusos sexuales. Como parte de una enfermedad cutánea que no fue tratada durante su tiempo en cautiverio, sufrió de erupciones de pus y sangre. “Un día tengo una en la entrepierna y cometí el error de comentarles. Durante mucho tiempo venían “doctores” a tratarme que no solo se reían de mí desnudo, sino que aprovechaban y movían de un lado para el otro el miembros. También, mientras nos bañábamos con una botella, a veces en la mitad del túnel o en las habitaciones de los comandantes, una o dos veces me ayudaron a enjabonarme”.
Otros rehenes directamente fueron violados, de acuerdo a las denuncias.
Israel
Eitan Horn decidió quedarse en Israel. Durante su cautiverio, solía decirle a los terroristas que era argentino y que de nada les servía tenerlo allí. Le preguntaban si se iba a quedar en Israel y respondía con énfasis que no, que volvería a su país natal.
“Hoy no hay Estado más seguro para el pueblo judío. Y también, si me voy, consiguieron otra pequeña victoria en lo que trataron de hacer”.
Horn fue uno de los 254 rehenes tomados por Hamas el 7 de octubre de 2023, una sangrienta mañana de sábado en la que fueron asesinadas más de 1.200 personas en Israel. Su hermano Iair salió unos meses antes en las primeras entregas durante las negociaciones de alto al fuego, al tiempo que Eitan vio la luz del día por primera vez en más de dos años el 13 de octubre de 2025, ya en la última tanda. Su abrazo con su hermano Amos Horn y sus sobrinas en el hospital es hasta hoy el momento más feliz desde su liberación.