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De repente, Javier Milei se detuvo.

Dejó que el silencio inundara a las diez mil personas que lo escuchaban en el estadio cubierto de Madrid y esperó el momento y el clima adecuados.

Después de 27 meses como presidente y de diez años de transitar eventos y estudios de televisión, Milei ya sabe cómo manejar las curvas de acción y reacción de las audiencias que lo escuchan.

- Recibí una economía con 3.000 puntos de riesgo país y lo llevamos a 500 puntos básicos…

Hasta ahí nada nuevo. La canción conocida de cómo bajó la inflación, del equilibrio fiscal y de cómo logró reducir el riesgo país a un sexto del índice recibido. Fue entonces cuando llegó la sorpresa.

- Pero si tomamos el riesgo país más allá del primer mandato, el riesgo es de 200 puntos básicos. Si se considera más allá del primer mandato. El primer mandato -insistió- pero, eso, si la gente quiere, habrá otro…

Lo dijo casi susurrando. Sin el estallido habitual de los finales de algunas de sus frases, cuando quiere dejar en claro un concepto, o cuando quiere que una denuncia contra algún enemigo quede perfectamente clara.

Pero todo el mundo entendió.

Javier Milei, por primera vez y en un país extranjero, expuso claramente su intención de ir por la reelección.

Por un segundo mandato. Por otros cuatro años, los que permite la Constitución. Si la gente quiere, fue la única condición que dejó en suspenso. Nada menos.

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Era el final de una semana tremenda.

En Madrid, se sabe, Milei se siente demasiado a gusto. Se rodea de amigos. Por la mañana se había reunido con Santiago Abascal, el líder de Vox, el de la derecha dura española que le dio un lugar en un mitin partidario en 2022. “Cuando yo no era nadie”, suele decir el presidente argentino con tono dramático. Una amistad de hierro que incomoda a los dirigentes del Partido Popular, más moderados, pero con más posibilidades de llegar al poder.

Después se reunió con Jesús Huerta del Soto, el economista gurú de los libertarios al que Milei trata casi como a un padre. Y a continuación recibió al empresario argentino Martín Varsavsky y a su esposa alemana e influencer, Nina. Todos amigos incondicionales con los que fue bajando los decibeles de una semana en la que inauguró la Argentina Week en Nueva York, en la que asistió a la asunción del presidente chileno Antonio Kast, y en la que debió enfrentar la tormenta auto provocada por su jefe de gabinete, Manuel Adorni, al llevar a su esposa en el avión presidencial hacia EEUU.

En el hotel Hyatt Regency Hesperia de la avenida Castellana, muy cerquita del estadio Santiago Bernabéu, Milei se fue recomponiendo de los golpes y hasta se puso el mameluco de YPF para las fotografías con sus invitados que dieron vuelta el hemisferio caliente de las redes sociales.

Para la noche del sábado, entró al estadio Vista Alegre con la energía recuperada.

En la primera fila estaban el canciller Pablo Quirno (al que hizo poner de pie para que lo aplaudieran), el embajador argentino en Madrid, el empresario Wenceslao Bunge; el economista español Daniel Lacalle; la diseñador y aristócrata español Agatha Ruiz de la Prada y el ministro consejero de la Embajada argentina, el diplomático Sebastián Laino.

La performance de Milei en el evento amigable del Madrid Economic Forum tuvo momentos que sus fanáticos ya reconocen y algunas sorpresas.

Entró a los saltos con Panic Show de La Renga y le dedicó sus peores adjetivos al presidente español, su enemigo Pedro Sánchez al que llamó "impresentable que podría dejar a España peor que la Argentina"; al Socialismo en todas sus personificaciones; a la dictadura que tambalea en Cuba y al movimiento que considera como génesis de todos los males argentinos: el kirchnerismo.

Le dedicó un par de elogios a Donald Trump. “Nos va a salvar”, confió Milei hablando de la guerra de EEUU contra Irán, pero sin ofrecer mayores detalles.

Y propuso la innovación de una especie de clase de economía que abundó en detalles demasiado técnicos que cortaron un poco la algarabía de un público que estaba rendido a sus pies de antemano.

Milei se sometió a un riesgo imprudente cuando el sábado madrileño marchaba hacia las diez de la noche. Paseó su discurso por “el problema de los economistas neoclásicos”, por la “teoría de los precios”, habló del segundo teorema del bienestar de John Stuart Mill, de Jenofonte y del concepto de eficiencia y cantó loas al progreso tecnológico.

Pero esto es España. Y por mucho que adoren a Murray Rothbard y a Robert Lucas Junior, los españoles sienten que el universo pasa a un segundo plano cuando se acerca la hora de la cena.

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El presidente argentino Javier Milei y el economista español Daniel Lacalle.

El estallido contra Paolo Rocca y Javier Madanes

Por eso, unos cuántos anticiparon su salida, se fueron en busca de tapas y mariscos, y dejaron el estadio antes de que el presidente argentino terminara su discurso. Algunos de ellos se perdieron las tremendas críticas a dos mega empresarios compatriotas con las que Milei volvió al tono atronador que más les gusta a sus seguidores.

Habló de FATE, la fábrica de neumáticos argentinos que acaba de cerrar y despedir a 920 empleados el día en que se votó la reforma laboral, y volvió a acusar a su ahora ex dueño -Javier Madanes Quintanilla- de “extorsionador”.

Enseguida tuvo sus tres minutos de castigo para Paolo Rocca, el hombre más rico de la Argentina y CEO de la multilatina Techint, a quien también había despedazado en Nueva York, ante el silencio de muchos de los empresarios que lo respetan, que lo admiran y que lo envidian.

De impecable traje y chaleco azul, combinado con una corbata celeste que hizo olvidar al chaleco petrolero, Milei englobó en la enésima acusación de corruptos a empresarios, periodistas y dirigentes políticos.

Habían pasado unos 85 minutos, quizás demasiados, pero volvió a levantar el ánimo de sus seguidores con “Se viene el estallido”, el himno de la Bersuit Vergarabat que el pelado Cordera y sus amigos le dedicaron a Carlos Menem cuando la fiesta de los años ’90 se empezaba a transformar en una pesadilla.

Justamente, Carlos Menem y Cristina Kirchner fueron los dos únicos presidentes que lograron ser reelectos para un segundo mandato desde que la Argentina recuperó la democracia allá por 1983.

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El presidente de Argentina Javier Milei, en Madrid, junto al canciller Pablo Quirno y al líder de Vox, Santiago Abascal.

Los presidentes no peronistas aún no lo han logrado.

Fracasó Raúl Alfonsín, que no llegó a reformar la Constitución. El gobierno fallido de Fernando De la Rúa terminó demasiado pronto. Y Mauricio Macri dilapidó su oportunidad después de derrotar a Cristina en las elecciones legislativas y cuando parecía que nada ni nadie podría detenerlo.

Ahora es Javier Milei el que va por otros cuatro años de mandato.

Con sus perros y sus maestros de economía. Con su chaleco de YPF y su lista cada vez más extensa de enemigos. Ya está más cerca que Alfonsín y que Macri. Ahí, a nada de lograrlo.

Solo le falta atravesar el ánimo impredecible de la Argentina. El país adolescente que siempre es promesa y que se ha transformado, durante más de medio siglo, en un exitoso laboratorio del fracaso.

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