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España lleva siglos celebrándose a sí misma. Hay fiestas de fuego, de agua, de caracoles, de santos y de lo que se les ocurra. Algunas huelen a pólvora, otras a humo, a mar o a aceite hirviendo. Pero Haro tiene una particularidad: huele a vino.

A litros y litros de tempranillo arrojados sobre ropa blanca, zapatillas condenadas para siempre y a una tierra que, después de horas de batalla, termina convertida en barro violeta.

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Porque la Batalla del Vino no se contempla: se atraviesa. Se pega a la piel, se seca bajo el sol y deja en el aire ese perfume áspero de bodega abierta y uva fermentada. Miles de personas suben cada fin de junio a los Riscos de Bilibio armadas con botas, cubos y pistolas de plástico para participar en una celebración donde el vino abandona toda solemnidad y vuelve a algo mucho más esencial: la alegría salvaje de ensuciarse juntos.

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La fiesta se huele antes de verse. Sabe a camiseta blanca que jamás volverá a ser blanca, a tierra húmeda mezclada con humo de chuletillas al sarmiento (de cordero lechal asadas a la brasa sobre una fogata de sarmientos) y a esa felicidad desprolija que aparece cuando un pueblo deja de posar para el turista y se entrega, sin maquillaje, a lo que realmente es.

En apenas unas horas, más de 10.000 personas terminan teñidas de morado. En las últimas ediciones se utilizaron cerca de 40.000 litros de vino. Pero sin embargo, lo más curioso no es la cantidad que se lanza, sino que nadie parece lamentarlo demasiado en una región donde el vino funciona casi como una religión pagana.

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El poder de Baco y el origen del festejo

La historia tiene varias versiones, como toda buena tradición española. La más difundida dice que nació como una romería en honor a San Felices de Bilibio, un ermitaño del siglo VI. Cuenta la leyenda, que los vecinos de Haro subían a misa, compartían almuerzos, botas de vino y canciones. En algún momento, porque las mejores tradiciones siempre nacen de algún exceso, alguien decidió manchar al de al lado con un chorro de tinto. Después otro, y otro más y así, todo fue y vino. El juego terminó convirtiéndose en legado y en 1949, apareció oficialmente el nombre “Batalla del Vino”.

Existe otra teoría menos piadosa y bastante más castellana: antiguas disputas territoriales con Miranda de Ebro. Según esa versión, los "jarreros" - cuyo nombre evoluciona del gentilicio “harero”-, acudían a los riscos para reafirmar su dominio sobre la zona. No resulta tan extraño. En España, incluso los conflictos territoriales terminan alrededor de una mesa llena de vino.

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Rioja: donde el vino es paisaje y memoria

Entender Haro obliga a entender primero La Rioja. Aquí el vino no es una copa elegante sobre un mantel de lino. Es economía, memoria y geografía emocional. La Denominación de Origen Calificada Rioja es la más antigua de España y supera las 66.000 hectáreas de viñedo repartidas entre Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental. El tempranillo sigue siendo el corazón de los tintos riojanos, acompañado de garnacha, graciano y mazuelo.

En Haro, además, el vino tiene liturgia propia. Ahí está el Barrio de la Estación, donde bodegas históricas como Bodegas López de Heredia, CVNE o La Rioja Alta ayudaron a construir el prestigio internacional del vino español cuando la filoxera devastaba Francia y los comerciantes bordeleses cruzaban la frontera buscando salvación en estas viñas.

Quizás por eso la Batalla del Vino resulta tan fascinante: porque rompe durante unas horas toda la solemnidad del Rioja. El vino deja de ser discurso técnico, puntuación de expertos o ceremonia de cata para volver a ser pueblo, ruido y desorden feliz.

¿Hay algún “zafarrancho" parecido en el mundo?

Algo parecido, sí. Igual, no tanto.

En Buñol está la Tomatina y en Asturias, la pequeña localidad de Llamigo organiza su propia guerra del vino inspirada directamente en Haro.

Pero lo riojano tiene algo difícil de exportar: esa mezcla exacta entre fervor popular y vino verdadero. La subida al amanecer, las peñas compartiendo tortillas, caracoles en salsa, chorizo, panceta y chuletillas; las bandas desafinadas; y el vino corriendo por las zanjas como si la tierra sangrara tempranillo.

Debe haber pocas cosas más mediterráneas que desperdiciar miles de litros de vino sólo para celebrar que seguimos juntos un verano más.

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El color del vino y el paso del tiempo

Los veteranos dicen que la verdadera batalla empieza cuando termina la batalla. Cuando el sol seca la ropa pegada al cuerpo y todo Haro desciende nuevamente hacia la Plaza de la Paz entre canciones desafinadas, resaca profunda y un olor a vino inapelable.

Ahí aparece otra Rioja: la de los pinchos, las barras repletas y las conversaciones interminables que duran hasta que hasta que el cansancio gana por cansancio.

Entre tanto descontrol sobrevive un detalle: muchos guardan cada año su camiseta manchada sin lavar, como si la prenda funcionara como una fecha histórica estampada sobre la tela. Un calendario diferente. Una forma de recordar aquella mañana en que se abrazaron a desconocidos curtidos en taninos.

Porque quizá de eso se trate finalmente esta fiesta. De entender que el vino nunca fue sólo una bebida. Era una excusa. Para brindar, discutir, enamorarse un rato, cantar mal con amigos y volver a casa como se pueda.

Tal vez, mientras existan lugares capaces de celebrar así las pequeñas alegrías, estaremos a salvo de algún algoritmo que nos indica que hacer, de alguna inteligencia que nos dice que no hacer y del tiempo invertido, que valdrá la pena reconocer.

Vamos a por ello!

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Batalla vino La Rioja

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