Hay comedias que parecen destinadas a mutar con el paso de los años sin perder un solo ápice de su frescura original. “El otro lado de la cama” es una de ellas.
Cuando se estrenó la película a principios de siglo, pocos anticiparon que esa historia sobre el desamor, los celos y las contradicciones de la juventud urbana terminaría por convertirse en un clásico contemporáneo.
La versión teatral se afianzaba con paso firme en su segunda temporada en la sala 2 del Nuevo Teatro Alcalá, lo que confirma que el vodevil moderno no solo sigue vivo en la cartelera madrileña, sino que ha encontrado un tempo dramático y musical preciso.
Para entender el engranaje de esta obra hay que remontarse a su premisa fundamental. La trama sitúa al espectador ante dos parejas de amigos cuyas vidas afectivas saltan por los aires en un juego de dominó. Por un lado, Guillermo y Natalia; por el otro, Ernesto y Paz.
Cuando Natalia decide dejar a Willy argumentando que se ha enamorado de otro - sin confesar que ese “otro” es, Ernesto, el mejor amigo de su novio -, se desencadena una espiral insostenible de mentiras, chantajes emocionales, sospechas infundadas y secretos compartidos a medias.
El éxito de su argumento radica en retratar con humor salvaje las miserias de unos personajes que procuran la libertad mientras quedan atrapados en sus propias neurosis.
La infidelidad actúa aquí como un catalizador humorístico donde la culpa, la cobardía masculina y la necesidad desesperada de afecto van de la mano.
El reto de la adaptación
Llevar a las tablas una película tan arraigada en el imaginario colectivo español (con el libreto original de David Serrano) exigía una reescritura que no sonara a copia desvaída.
El gran acierto de esta versión teatral de Borja Rabanal radica en cómo abraza sin complejos la convención del género musical de cámara.
Lo que en el cine eran secuencias en espacios reales y cortes de montaje, en el escenario del Nuevo Teatro Alcalá se transforma en una arquitectura teatral dinámica.
Las canciones de Tequila, Los Rodríguez, Coque Malla o Los Ronaldos funcionan como soliloquios cantados.
La transición entre el diálogo ácido y el número musical ocurre de forma orgánica: cuando los personajes ya no pueden sostener la presión de sus embustes o la angustia de sus rupturas, se lanzan a cantar.
La adaptación teatral consigue que el espacio de la cama, convertida en el epicentro simbólico de la escenografía, sea el confesionario donde la comedia física y el vodevil de puertas que se abren y cierran funcionen con precisión.
Sostener una comedia de enredo durante casi dos horas exige una energía física y un timing cómico impecable. El reparto de esta segunda temporada demuestra una entrega escénica incontestable.
Ricky Mata en el papel de Alberto derrocha un carisma desbordante. Su gestualidad expansiva y su manejo del ridículo provocan las carcajadas más francas de la función.
A su lado, Agustín Otón compone a un Willy de contenida mezquindad, logrando que un personaje esencialmente cobarde resulte entrañable a ojos del espectador.
Adrià Olay, en tanto, aborda a Ernesto, con una veta cómica y una solvencia escénica que lo convierte en el catalizador del enredo.
En el frente femenino, el peso de la función recae con solidez sobre Ariana Bruguera (Natalia) y Mònica Macfer (María), respaldadas por la solvencia cómico-vocal de Núria Herrero (Paz).
Bruguera demuestra una gran madurez actoral al pasar de la ingenuidad aparente a la determinación más tajante.
Macfer, en tanto, despliega un torrente de energía en cada número musical, dominando la voz y el espacio escénico con naturalidad pasmosa.
La química entre todo el elenco es palpable; no hay desajustes en las réplicas rápidas y los coros musicales suenan afinados, compactos y cargados de dinamismo.
Dinamismo sin pausa
La dirección escénica de Joan Olivé es, sin duda, el motor invisible que le permite a la obra fluir sin altibajos. Entiende que la comedia de enredo vive del ritmo.
En lugar de apostar por grandes artificios escenográficos que entorpezcan el fluido de la representación, la puesta en escena confía en un diseño limpio (a cargo de Pizarro Studio) y en una iluminación expresiva que delimita con agilidad el dormitorio, el bar o la calle.
El trabajo de dirección brilla especialmente en las composiciones corales. Olivé mueve a sus actores con soltura, usando el espacio de la sala 2 para crear una cercanía casi íntima con el espectador.
El humor no se fuerza con histrionismo desmedido; nace del contraste entre la gravedad con la que los personajes viven sus pequeños dramas ridículos y la ligereza con la que el público los contempla.
La labor de Ernest Fuster, de esta forma, se luce con arreglos frescos musicales que respetan el espíritu del pop español.
El éxito popular de un clásico
El fenómeno de “El otro lado de la cama” es amplio y constante. La película fue galardonada con el Biznaga de Oro al Mejor Largometraje y a la Dirección en el Festival de Málaga y con el Goya al Mejor Sonido y otras varias candidaturas.
La versión teatral ha demostrado una salud de hierro. Su adaptación ha sido reconocida con el Premio Broadway World como Mejor Musical de pequeño formato este año.
Su prolongado éxito en la cartelera madrileña, que celebra ya dos temporadas consecutivas a sala llena, consolida a la obra como un referente indiscutible de la comedia musical española.