Será el Mundial con el efecto más modesto en mucho tiempo
En México, donde se juegan 13 partidos, es donde el efecto será más visible y aún así sería del 0,13% del PBI, según Moody’s, una estimación en línea con la de la mayoría de los analistas. Al ser una economía de menor tamaño relativo, el mayor consumo vinculado con el torneo se amplifica.
En Estados Unidos, pese a la escala del evento, con 78 partidos en 11 ciudades, será apenas perceptible: un 0,05% del PBI. Y finalmente en Canadá, con 13 partidos al igual que México, un 0,07% del PBI.
Además, el impulso económico derivado del evento siempre es relativo ya que hay que considerarlo en relación al gasto público que se destinó. Un buen ejemplo, como se ve en el gráfico, es Catar 2022.
Logró un impacto récord del 1% del PBI pero fue el anfitrión que más invirtió en la historia de los Mundiales. A su vez, resulta evidente que esta edición 2026 reportará los beneficios más magros en mucho tiempo.
Es cierto, por otro lado, que la FIFA había dicho que proyectaba un flujo de ingresos de u$s 30.500 millones para las tres economías anfitrionas y un beneficio de u$s 40.900 millones adicionales para el PBI global.
Mejor tomarlo todo con pinzas.
Como dicen en el banco de inversión francés Natixis, recibir al Mundial no es el catalizador de crecimiento que muchos quieren vender. Pero sin duda ofrece una visibilidad extraordinaria y para economías maduras como en el caso Estados Unidos puede resultar una estrategia de promoción de marca-país y un ejercicio de “soft-power”.
Ahora, ¿por qué tan poco impacto?
Sin inversión en infraestructura, sin “elefantes blancos”
El factor determinante para que este Mundial derrame tan pocos beneficios económicos para sus anfitriones es la infraestructura.
En todos los casos, los países ya cuentan con estadios, transporte, etc y no hay necesidad de hacer grandes inversiones.
Eso tiene, por supuesto, su desventaja. La economía no se mueve, no se generan empleos, minimizando cualquier aporte al PBI. Es lo contrario de lo que ocurrió en el Mundial pasado, Catar 2022, o en Brasil 2014.
Pero al menos, así, en esta Copa se evitaron los “elefantes blancos”. Una trampa que se repite en muchos Mundiales.
Estadios que cuestan fortunas y que luego casi no se usan como monumentos olvidados.
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a la cabeza de la FIFA, Gianni Infantino.
Brasil construyó para la Copa de 2014 el estadio de Brasilia, el segundo más caro del mundo, después del mítico estadio de Wembley, en Inglaterra, y el de Manaos, en plena selva amazónica, para que se disputaran sólo cuatro partidos, un símbolo de gasto público desperdiciado.
En 2022, Catar fue el ejemplo más extremo al haber transformado el país en materia de infraestructura para el evento.
No sólo construyó estadios, también el metro de Doha, aeropuertos y hoteles. Y aún quedan dudas sobre el efecto económico de largo plazo de esa gigante inversión.
Catar fue el Mundial más caro de la historia con un gasto de u$s 220.000 millones. Inicialmente, había proyectado desembolsar u$s 20.000 millones. Sí, la brecha es casi imposible.
El presupuesto de los anfitriones siempre se queda corto
Pero es otra constante. Ningún país anfitrión termina gastando lo presupuestado. Y a la hora de considerar el beneficio económico, hay que esperar a ver qué tan mal calcularon los costos de hospedar el evento.
En Rusia 2018, por ejemplo, la previsión inicial fue de u$s 8.000 millones y se terminaron gastando u$s 12.000 millones. En Brasil 2014, la cuenta se encareció de u$s 10.000 millones a u$s 15.000 millones.
Hasta en Alemania 2006, con una economía desarrollada, más infraestructura y una idiosincrasia austera, no lograron ajustarse a los números que se habían propuesto (aunque por poco): gastaron u$s 6.000 millones en lugar de u$s 5.000 millones.
Con un presupuesto original de u$s 14.000 millones, lo mismo se espera que ocurra en este Mundial 2026, incluso sin “elefantes blancos” a la vista. De ese total, u$s 11.000 millones corrieron por cuenta de Estados Unidos.
El efecto “turismo desplazado” y hoteles con capacidad ociosa
Hay otras cuestiones que tampoco ayudan en esta Copa.
Por un lado, un fenómeno de “turismo desplazado”. Los turistas que llegan a los países anfitriones, sobre todo a Estados Unidos, desplazan al flujo habitual de visitantes en esta temporada alta, de modo que no suponen un valor económico añadido.
Y fundamentalmente, el problema de la demanda. La concurrencia de hinchas no está respondiendo a las expectativas de la industria.
Según una encuesta entre más de 200 hoteles en 11 ciudades anfitriones que realizó la American Hotel and Lodging Association, casi el 80% reportó que las reservas estaban por debajo de las previsiones.
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Ceremonia de inauguración del Mundial 2026 en la ciudad de México, Estadio Banorte.
Muchos extranjeros tuvieron problemas para obtener visas, apuntan en el sector. Pero hay un componente geopolítico que no se puede soslayar.
En Natixis lo mencionan y sostienen que desde 2025 el turismo internacional a Estados Unidos viene declinando, algo que también afecta la concurrencia. Es el sentimiento anti-Trump.
Y desde ya, para muchos de los fanáticos que hubieran querido ir, además del precio de los vuelos, el costo estratosférico de las entradas fue una gran parte de la decisión.
El factor entradas y la revancha histórica de la FIFA
Pero ahí hay toda otra historia.
Hace falta retrotraerse al Mundial 1994 celebrado en Estados Unidos.
Entonces tampoco fue necesario invertir en nuevos estadios ya que, al igual que hoy, los partidos se jugaron en los que se construyeron para satisfacer a los dueños de los equipos de NFL.
Aquel campeonato funcionó para la economía como una estrategia a pérdida pero no importaba: desde un principio estaba claro que el fin era implantar el fútbol en Estados Unidos para luego lanzar la Major League Soccer (MLS).
En realidad los organizadores estadounidenses intentaron subir el precio de las entradas de la final pero la FIFA insistió en mantener los tickets baratos para llenar el estadio.
“La FIFA vio el Mundial de 1994 como una inversión para el futuro”, dice Szymanski, apunta el coautor de Soccereconomics. “Ahora ven este torneo como la cosecha de esa inversión”.
La entrada más barata para la final de 2026 cuesta u$s 11.000.
Con un récord de u$s 11.000 millones en ingresos brutos (70% más que en Catar 2022), parece que la única que sí sentirá el impacto en este Mundial es la FIFA.