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La adhesión de Ucrania a la Unión Europea (UE) es una urgencia geopolítica.

No es fortuito que Volodimir Zelenski haya elegido una ocasión tan sensible como el cuarto aniversario de la invasión rusa a su país para reclamar la aceptación en el bloque.

Ucrania se vería fortalecida no sólo por la integración en sí misma (paraguas institucional) sino por la protección que deriva de la cláusula de defensa mutua que obliga a todos los miembros (ver aparte).

Pero para la Unión Europea es una cuestión mucho más compleja. A esta altura, después de cuatro años de guerra atroz, poner a Ucrania bajo su ala es simplemente lo correcto.

Es la movida estratégica necesaria y la única forma de sostener su credibilidad.

Pero una adhesión “fast-track” de los ucranianos la planta frente a varios dilemas. Por empezar, la incorporación de un país que aún no reúne los requisitos técnicos necesarios.

Y es acá donde la urgencia choca con el manual.

Los miembros de la UE y la cláusula de defensa mutua

La nueva dinámica de ampliación hecha a medida de Ucrania ya tiene nombre: “Reverse enlargement”.

Un concepto que hace alusión al hecho de que el orden se revierte: primero se suma al país y después se establece un período de transición para que logre alcanzar los objetivos formales (reformas) exigidos.

Claro que esta nueva lógica de adhesión acarrea varios riesgos.

El riesgo de crear un bloque con miembros de segunda

Kiev recibió el estatus de candidato en 2022 luego de la invasión y a fines de 2023 se aprobó que comenzaran las negociaciones. El proceso, sin embargo, está trabado por la oposición de Hungría.

Como advierte el think tank European Policy Centre (EPC), una de las amenazas que despuntan en esta incorporación acelerada es la creación de miembros de “segunda clase”.

El propio Zelenski lo vio venir y fue muy explícito al respecto cuando aclaró que no aceptaría una membresía “a mitad de camino”.

Ser parte de la Unión Europea siempre implicó igualdad: igualdad de derechos, igualdad de obligaciones, igual peso en las decisiones.

No puede haber una UE con distintas categorías de miembros.

La coyuntura vuelve ahora necesaria una diferenciación durante los períodos de convergencia. Pero una diferenciación estrictamente temporal.

El riesgo es que los miembros en transición, que aún no alcanzaron las metas pero fueron admitidos, se perpetúen en esa situación como miembros de segunda.

De ser así, las bases democráticas del club europeo temblarían.

Sumarse al club lleva en promedio nueve años

Ucrania puede desencadenar una nueva ampliación de la UE

Aceptar a Ucrania abre además una puerta.

Igualmente estratégico, y en línea con la tradición europea, sería aplicar la misma lógica a otros países que vienen invirtiendo años -o incluso décadas- en adecuarse a los requerimientos europeos.

¿Sería justo incorporar a Ucrania y no a Moldavia? ¿O dejar de lado a todos los países de los Balcanes occidentales?

Después del ingreso de Croacia en 2013, Albania, Bosnia y Herzegovina, Kosovo, Montenegro, Macedonia del Norte y Serbia siguen el proceso de acceso al bloque, lo que contribuiría a la estabilidad y seguridad en la región.

status

Todos creyeron en la palabra europea de que el camino eran las reformas.

Si ahora se habilita un mecanismo acelerado basado en factores geopolíticos, la UE debería ofrecer las mismas reglas a todos los candidatos.

También tienen hoy estatus de candidatos Georgia y Turquía, con lo que suman un total de diez. Kosovo es considerado un candidato potencial.

Llegamos entonces a un bloque que pasaría a tener más de 30 miembros y que ya no podría seguir funcionando como hasta ahora.

La UE debería cambiar. Replantearse cómo se toman las decisiones, cómo se organiza la acción colectiva, cómo se asignan los recursos del presupuestos.

Pero es una reforma que puede hacerse en simultáneo con todo lo demás.

Porque son tiempos para moverse rápido. Y porque Ucrania no puede ser sólo una inclusión simbólica.

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