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Por Carlos Malamud (*)

La proximidad del 50 aniversario del golpe de estado que el 24 de marzo de 1976 sumió a la Argentina en un pozo de oscuridad y la hizo vivir su peor pesadilla es un momento idóneo para reflexionar sobre la democracia en América Latina.

Esta reflexión surgió con fuerza en el encuentro anual de Solidaridad Democrática, el proyecto regional de la fundación Forum 2000, impulsada en su día por el político checo Václav Havel, y que este año se reunió en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Más allá de lo que puedan indicar unos índices elaborados para medir la fortaleza y el estado de salud democráticos, como los de Freedom House o The Economist, la evidencia empírica muestra que al convertirse las transiciones de la dictadura a la democracia en un vago recuerdo, pese a su profunda revalorización de la democracia y sus instituciones, las jóvenes generaciones la dan hoy por descontada.

Consideran que se trata de algo permanente, inherente a sus vidas y que, como tal, no requiere defensa ni reflexión en torno a sus valores, potencialidades y capacidades.

Por eso, es importante preguntarse de dónde venimos y hacia dónde podemos ir si continúa la actual deriva política, tanto global como regional, lastrada por los avances de populismos y experiencias iliberales múltiples.

En este momento de ascenso de los populismos de derecha, xenófobos y autoritarios, el ejemplo de Nayib Bukele y su política de mano dura son el ejemplo a seguir en buena parte de la región.

Sin embargo, por su localismo y sus características especiales es un patrón difícil de replicar fuera de El Salvador. Por su parte, el proyecto bolivariano, tras la captura de Nicolás Maduro, la profunda crisis cubana y las derrotas electorales en Bolivia y Honduras se encuentra en franco retroceso.

En la actual coyuntura, las democracias latinoamericanas, como las del resto del mundo, afrontan otros grandes desafíos, como la crisis de los sistemas de partidos, la emergencia de nuevos caudillos, muchos de ellos outsiders, las batallas o guerras culturales y la excesiva fragmentación de la oferta política.

Las elecciones de Costa Rica, Perú y Colombia se caracterizan por una sobreoferta descomunal, que resta legitimidad a los electos y multiplica el número de grupos parlamentarios, afectandodirecta y negativamente a la gobernabilidad.

A esto se suma el impacto negativo de las redes sociales sobre la actividad política y los procesos electorales.

Llegados a este punto es necesario dar al menos una buena noticia.

El último informe del Latinobarómetro recuerda, más allá de la persistencia de amenazas de todo tipo, el carácter resiliente de las democracias latinoamericanas.

Aquí hay dos ejemplos que pueden marcar la pauta de desarrollos futuros: la elección de Bernardo Arévalo y de Rodrigo Paz como presidentes de Guatemala y Bolivia.

El primero se impuso a una tupida trama de políticos, jueces y fiscales corruptos, ligados a la derecha y al narcotráfico. El segundo acabó con más de 20 años de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) y su máximo líder, Evo Morales.

Quizá también habría que recordar, por considerarlo un valor esencial de un relato cada vez más imperativo y necesario de construir en favor de la democracia, que las democracias en América Latina surgieron simultáneamente a la invención de las nuevas repúblicas tras la desintegración de los imperios español y portugués.

Por eso, es importante señalar que desde la primera mitad del siglo XIX sus sociedades votaban para elegir autoridades y representantes cuando el sufragio se ejercía en muy pocos países del mundo. Incluso en Europa, con muchos vestigios feudales, no abundaban las naciones que transitaban en esa dirección.

Hoy América Latina se enfrenta a lo que muchos denominan un nuevo giro, en este caso hacia la derecha o incluso hacia la extrema derecha.

Lo importante es determinar es si estamos ante un nuevo vaivén o ante un simple y coyuntural golpe de péndulo, relacionado con el calendario electoral y el voto de castigo a los oficialismos (voto bronca o voto de cabreo), recurrente en la política regional, o si se trata de un fenómeno más profundo, estructural y de largo plazo.

Esto último podría ocurrir si el apoyo político, ideológico y económico de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) impulsada por Donald Trump y el húngaro Viktor Orban, o el de la Iberoesfera y del Foro de Madrid del líder de Vox Santiago Abascal se concreta en estructuras consolidadas y duraderas.

El desenlace de la guerra de Irán y las elecciones intermedias en Estados Unidos podrían ser un buen indicador del rumbo futuro del proceso. También será importante saber si Donald Trump, amparado en su Corolario a la Doctrina Monroe, seguirá apoyando a “sus” candidatos, como en Argentina y Honduras, y cuál será su impacto. Y más si, como amenaza, la contrapartida por su derrota es el retiro de cualquier ayuda estadounidense.

Nuevas evidencias, favorables o contrarias al anunciado giro, provendrán de los resultados de las elecciones presidenciales aún por realizar en 2026.

El triunfo en Costa Rica de la candidata del actual presidente Rodrigo Cháves, precedido el año anterior de la victoria de José Antonio Kast en Chile, dieron un aviso importante.

La evolución de algunos de los temas más preocupantes para los latinoamericanos, como la seguridad pública, la lucha contra el crimen organizado y su relación con las migraciones y la forma en las que los procesen los diversos electorados seguirán marcando la pauta durante bastante tiempo.

Por eso, lo que pase en los próximos comicios en Perú, Colombia y Brasil podría señalar la capacidad de resistencia de algunas izquierdas o el inevitable giro a la derecha y con ello el rumbo futuro de las democracias latinoamericanas.

(*) Carlos Malamud es historiador, analista político e investigador del Real Instituto Elcano en España.

Temas:

democracia América Latina

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