La política está llena de apuestas minimalistas.

Sueños de poder que comienzan en el pago chico, en esos lugares de las ciudades que mejor conocen los dirigentes que quieren llegar a la cumbre.

Bill Clinton salía los días de lluvia y se paraba en los semáforos de las calles más pobres de Little Rock, en Arkansas. “Soy Bill Clinton y quiero ser presidente”, decía ese joven alto y desgarbado a los conductores que lo miraban a través de las ventanillas mojadas. La mayoría de ellos se reía y arrancaban antes de bajar los vidrios. Pero ese abogado insistente terminó gobernando los Estados Unidos durante dos mandatos. Ocho años en los que bajó el desempleo, redujo a cero la abultada deuda estadounidense e hizo crecer la economía más poderosa del planeta.

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Su afición a las mujeres y un escándalo sexual con una joven becaria que pasó por la Casa Blanca destrozaron su reputación y la sociedad norteamericana lo recuerda más por sus errores que por sus virtudes de gobernante. Aún así, todavía anda el loco Bill dando charlas de ex presidente por unos cientos de miles de dólares.

Pedro Sánchez, Axel Kicillof y Zohran Mamdani.

El español Pedro Sánchez también comenzó su historia de caudillo socialista montado en un Peugeot 407 negro con el que recorrió toda la península ibérica.

Financiado por su suegro, que regenteaba un par de sospechosos cabarets en Madrid, y ayudado por algunos amigos entusiastas se hizo primero con la presidencia del PSOE para llegar finalmente a la Moncloa, después de forzar una encerrona parlamentaria contra el gobernante de entonces, el aburrido derechista Mariano Rajoy.

Alto, bien parecido y dueño de un inglés que es pura envidia española, Pedro Sánchez lleva ocho años en el poder, aunque los últimos tres lo muestran tambaleando y sobreviviendo gracias a sus pactos con lo peor de la izquierda, lo peor del fundamentalismo catalán y los vascos nostálgicos del terrorismo de ETA.

De los cuatro que lo acompañaban en el Peugeot, dos están presos por corrupción, y los otros dos investigados por la Justicia. Uno de ellos es su esposa, Begoña Gómez, al que un juez entrometido investiga por supuesto fraude en el manejo de fondos públicos. Pese a que hasta ahora siempre ha salido indemne de todas las crisis, nadie apuesta un euro hoy por el futuro político de Pedro Sánchez.

París se viste de Argentina Week

En cambio, la apuesta de Javier Milei para lograr su reelección en Argentina y quedarse otros cuatro años en el poder del país de la incertidumbre, no sucede hasta ahora en las rutas argentinas.

El Presidente viene anudando varias iniciativas que juegan su suerte en Europa.

Hace diez días estuvo en los Estados Unidos. Más precisamente en la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde se dedicó a criticar ferozmente a sus conductores. Los mismos a los que ahora acude en defensa de las islas Malvinas y apuntando a las empresas que pretenden hacer negocios con los kelpers y las petroleras británicas que explotan las aguas de soberanía argentina.

Esa apuesta de Milei, fértil en el plano emocional, luce mucho más compleja cuando se trata de obtener algo en la disputa con Londres. La guerra de 1982 y la alianza histórica del Reino Unido con los Estados Unidos son una barrera por ahora infranqueable, aunque las jugarretas de Donald Trump le abren al gobierno argentino un poco más de espacio para moverse en ese terreno resbaladizo.

El presidente Javier Milei, durante su discurso en The Economic Club en Nueva York.

Aplacado el efecto Malvinas, ahora es París el objetivo de Javier Milei.

El Presidente llega a la Ciudad Luz con medio gabinete, una decena de dueños de grandes empresas argentinas y trece gobernadores para mostrar que, además de la bandera de Vaca Muerta, la neominería y esa reserva noble que es la agro industria, puede mostrar que más de la mitad de quienes gobiernan la Argentina lo acompañan en el marketing de un país diferente y con menos incertidumbre.

Javier Milei no solo será el expositor central de Argentina Week, sino que aprovechará la ocasión para reunirse el jueves en Palacio del Elíseo con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, tal vez -y por pura química personal- el dirigente de la derecha moderada europea con el que mejor se lleva.

En los paneles parisinos se podrá ver y escuchar al ministro de Economia, Luis Caputo; al canciller Pablo Quirno y al enérgico presidente de YPF, Horacio Marín, quien se ha convertido en el líder de la inversión interna. Ademas, estarán el desregulador Federico Sturzenegger y el ministro de Salud, Mario Lugones.

Todos para alinear a los CEOS y Country Managers argentinos, encabezados por Marcos y Alejandro Bulgheroni (Pan American Energy); Marcelo Mindlin (Pampa Energía); Alejandro Elztain (Cresud); Mariano Bosch (Adecoagro); Juan Pablo Bagó (laboratorios Bagó); Martín Migoya (Globant) y Julián Escuder (Pluspetrol), entre otros.

Entre las muchas tareas que en estos días ha tenido el embajador argentino en Francia, Ian Selecki, está la de sumar directivos de empresas francesas y europeas importantes. Total, Glencore, Danone, Louys Dreyfus, ENI y los bancos españoles Santander y BBVA son algunas de las que serán parte de la Argentina Week parisina.

Hay quienes creen que, después de París, Milei pueda aceptar una invitación de su economista español preferido -el anarco capitalista Jesús Huerta del Soto- para hacer en octubre un viaje a Madrid y seguir ampliando la agenda de contactos empresarios en esa ciudad a la que ha viajado en seis ocasiones.

Nada es casualidad en la agenda europea de Milei. Un señal de advertencia a Londres, un guiño a Madrid y un aterrizaje contundente en París, con empresarios argentinos y europeos apuntando a las inversiones futuras, y con trece gobernadores con los que viene negociando la estrategia electoral del decisivo 2027.

A diferencia de Bill Clinton o de Pedro Sánchez con su Peugeot, javier Milei no arrancó su historia política en las calles de la Argentina. Comenzó a cosechar seguidores de los estudios de televisión como economista disruptivo y desde allí no paró hasta ser diputado nacional y finalmente presidente.

Ahora pretende quedarse cuatro años más en el poder. Por eso, ha elegido esta escala del otoño europeo para enviar una señal inconfundible a la dirigencia global y a los mercados del destino que quiere para la Argentina si logra el objetivo que ningún presidente no peronista pudo conseguir.

En la Argentina lo esperan una economía aún sin velocidad de crucero, un peronismo que hará cualquier cosa para cerrarle el camino y una sociedad expectante que lo ha visto todo, y que espera siempre tiempos mejores.

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